Bahía Escondida no era un lugar para guardar secretos.
Las casas de madera envejecida por el salitre, las callejuelas de tierra y la vieja plaza central formaban un lugar donde todo se sabía de inmediato.
En ese rincón de la costa patagónica actual, la vida de Valeria transcurría entre muestras de agua y el peso de una investigación inconclusa que su padre le había dejado en herencia: documentos que señalaban al municipio por lavado de dinero y venta ilegal de tierras fiscales.
Todo su cotidianidad se había desestabilizado con el regreso de Martina. Siete años atrás, Martina se había marchado a la capital del país para convertirse en fotoperiodista, dejando atrás una amistad adolescente que siempre había coqueteado con los límites del amor. Cuando volvió a instalarse en la vieja casa de su abuela, el pueblo entero murmuró, pero para Valeria su presencia fue como una canción que creías olvidada y en una radio muy lejana vuelve a sonar.
El reencuentro no ocurrió bajo un cielo dramático ni con una banda sonora cinematográfica, sino en el lugar más previsible y aburrido de todo Bahía Escondida: el almacén sobre la calle ramos mejia de Don Elio, el único negocio del pueblo que mantenía abiertas sus puertas durante la siesta agobiante de enero.
Valeria estaba allí revisando unas etiquetas en busca de suministros para sus muestras de agua cuando escuchó que la campanilla de la entrada sonaba con demasiada fuerza. Al levantar la vista, el tiempo pareció contraerse de golpe.
Siete años eran una eternidad a los veintiocho. La última vez que se habían visto, Martina se había despedido en la estación de micros con los ojos llenos de lágrimas y una valija demasiado grande para sus diecinueve años, decidida a comerse el mundo con su cámara fotográfica. Ahora estaba de vuelta. Llevaba una campera de cuero marrón gastada, el cabello ligeramente más corto, varias cicatrices invisibles moldeadas en la mirada y esa misma postura desafiante que siempre lograba descolocar a Valeria.
-¿Valeria? -murmuró Martina, deteniéndose en medio del pasillo de maderas crujientes, con una lata de atún en la mano y la respiración suspendida.
A Valeria se le resbaló un anotador de las manos. El corazón le golpeó las costillas con una fuerza desmedida. Durante años, había intentado convencerse de que lo suyo había sido solo un afecto de adolescencia, una ilusión de verano que la distancia se había encargado de apagar. Pero bastó ver la forma en que Martina mordía ligeramente su labio inferior -un viejo tic de nerviosismo- para comprender que nada se había esfumado; simplemente había quedado suspendido en pausa, esperando el momento exacto para estallar.
-Hola, Martina -logró decir Valeria, con una voz que sonó mucho más firme de lo que sentía por dentro.
El intercambio inicial fue tenso, lleno de formalidades vacías y preguntas sobre cómo andaban las cosas. Pero en un pueblo chico, la privacidad es un bien escaso.
Apenas cruzaron la puerta del almacén, las vecinas que tomaban sol en la vereda empezaron a murmurar, y las miradas curiosas se clavaron en ellas como espinas.
Para Martina, que ya se había acostumbrado al anonimato de las grandes ciudades, la presión social de Bahía Escondida se sintió de inmediato como una soga al cuello.
Los días siguientes no hicieron más que avivar la tensión. Martina se había instalado en la vieja casona de su abuela, intentando ordenar papeles y recuerdos, mientras Valeria lidiaba con sus análisis en el laboratorio municipal y con los oscuros documentos que su padre le había legado sobre las irregularidades del municipio.
Se cruzaban ocasionalmente en la plaza o en los senderos, intercambiando saludos distantes que quemaban por dentro, conscientes de que el aire entre ellas estaba cargado de una electricidad insostenible.
Fue una tarde en la que el calor patagónico se volvió denso y pegajoso cuando el límite se rompió. Martina apareció sin avisar en el pórtico de la pequeña oficina de Valeria, con la cámara colgada al hombro y una expresión de agotamiento absoluto.
-No aguanto más -dijo Martina, sin preámbulos, apoyando la espalda contra el marco de la puerta de madera-. En este pueblo no se puede respirar. Si respiro hondo, tres personas ya se enteraron de qué lado del pecho lo hice. Necesito ir a un lugar donde no haya gente metiche, ni murmullos, ni juicios. ¿Que te parece si vamos un rato a la costa? Como cuando eramos chicas
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bajo el refugio de la marea | OneShot
ActionParticipando del challenge #WpFicPrompt En el claustrofóbico pueblo patagónico de Bahía Escondida, los secretos nunca duran demasiado. Siete años después de haberse marchado en busca de un futuro a través de su lente, Martina regresa para descolocar...
