POV Fátima.
El frío de diciembre no se sentía como una estación; se sentía como una burla personal del universo.
A veces pienso que estoy viviendo la vida en un bucle de la mala suerte, un retorno eterno donde cada patrón se repite con un sentido retorcido que definitivamente no le está dando luz a mi existencia.
No, ninguna luz.
Es más bien una bombilla parpadeante en un pasillo oscuro que está a punto de fundirse por completo.
Como si no hubiera bastado con tener que dejar la universidad a medias porque mi hermano se enfermó.
Un año entero de hospitales, de olor a antiséptico y de ver cómo se apagaba su luz, para que al final muriera.
Un año después, el vacío absoluto.
Y justo cuando crees que has tocado el fondo del pozo y que lo único que queda es mirar hacia arriba, la vida te demuestra que siempre se puede excavar un poco más: mi súper esposa me engañó.
Sería un maldito cliché contar que me engañó con su secretaria.
Sinceramente, Julia no tiene secretaria, trabaja en una agencia de diseño gráfico de medio pelo.
Ya no me quedan mejores amigas y creo que, a estas alturas, en este pueblo de mierda ya no queda una sola mujer con la que no me haya engañado.
Pero dicen que no hay más ciega que la que no quiere ver, y yo fui la campeona mundial del escapismo visual.
No quería ver lo obvio.
Mientras mi hermano agonizaba en una cama de hospital, mi mujer estaba en mi propia casa metiendo a cuanta mujer y hombre se encontraba.
Porque esa fue la guinda del pastel: resulta que Julia ni siquiera era tan gay como yo pensaba.
El espectro de su traición era deliciosamente inclusivo.
Qué absoluta mierda ha sido mi vida.
—¡Fátima, por el amor de Dios, detente un segundo! ¡Solo escúchame! —el grito de Julia rebotó contra las paredes desnudas del dormitorio.
Yo no la miré.
Seguí tirando mis camisetas dentro de la maleta de lona vieja con la velocidad de un maníaco.
Las prendas volaban por los aires, algunas aterrizando dentro del bolso, otras cayendo al suelo alfombrado.
—¡Vete a la mierda, Julia! —escupí, sin importarme que la voz se me quebrara en la última sílaba.
—¿Puedes esperar aunque sea? ¡Déjame explicarte! No es lo que tú crees, las cosas con ella... y con él... fue una confusión, yo estaba sobrepasada con lo de tu hermano y tú no estabas presente...
Se me congelaron las manos sobre unos jeans desgastados.
Me giré despacio, sintiendo una furia helada correr por mis venas.
—¿No estaba presente? ¡Mi hermano se estaba muriendo, Julia! ¡Tenía cáncer! ¿Dónde se supone que debía estar? ¿Aquí, aplaudiéndote tus orgías de consuelo? No me interesan tus malditas explicaciones de mierda —dije, azotando la cremallera de la maleta con tanta fuerza que casi me llevo los dientes del cierre.
Agarré el bolso por las asas y caminé hacia la salida.
Al pasar por el rellano de las escaleras, vi un bulto peludo y tembloroso.
El perro.
Nuestro perro.
Bueno, técnicamente lo compramos juntas, pero yo era la que lo sacaba a pasear a las seis de la mañana bajo la lluvia mientras ella roncaba.
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Mi eterna Gasparín.
FanfictionHay muchas preguntas que Fátima se hace. ¿Por qué solo yo puedo verla? ¿Qué le ocurrió a esta chica? ¿Qué estaré yo pagando en esta vida?
