Alcalde y Máscara

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Konoha era una ciudad grande, ruidosa y orgullosa de su orden. O al menos eso intentaba proyectar. Kakashi Hatake, alcalde desde hacía tres años, conocía demasiado bien las grietas debajo del barniz. Había ganado las elecciones con una sonrisa perezosa, un ojo cubierto por el cabello y la promesa de "menos discursos, más resultados". La gente lo quería porque parecía no querer el poder. Él, en realidad, solo quería que la ciudad no se desmoronara mientras dormía.

Cada mañana llegaba al ayuntamiento con el mismo café negro y el mismo monótono saludo a su secretaria. Cada noche revisaba informes de seguridad, presupuestos y, de vez en cuando, fotografías borrosas de un hombre con máscara naranja que el departamento de policía llamaba "Tobi".

Tobi era el fantasma de Akatsuki. La banda no era un grupo de aficionados: controlaba contrabando, protección ilegal, lavado de dinero y, según los rumores más oscuros, eliminaciones discretas. Nadie había visto nunca su cara. Solo la máscara de espiral, la voz distorsionada y esa forma casi juguetona de desaparecer después de cada golpe.

Kakashi lo había visto por primera vez en una reunión de emergencia. Las cámaras de seguridad del puerto mostraban a un hombre de espaldas, de pie sobre un contenedor, mirando hacia la ciudad como si le perteneciera. El alcalde se quedó mirando la imagen más tiempo del necesario.

No fue amor a primera vista. Fue curiosidad. Y la curiosidad, en alguien como Kakashi, era peligrosa.

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La primera vez que se encontraron en persona fue un accidente... o eso quiso creer.

Kakashi había insistido en inspeccionar personalmente un almacén municipal en el distrito este después de un incendio sospechoso. Iba solo, con su habitual chaqueta oscura y las manos en los bolsillos. El edificio olía a humo y a metal quemado. Cuando entró en la nave principal, una figura estaba de pie entre las sombras, apoyada contra un pilar.

Máscara naranja. Espiral negra.

-Buenas noches, señor alcalde -dijo la voz, distorsionada, casi cantarina-. Qué diligente. Pensé que los políticos solo aparecían en las fotos.

Kakashi no sacó el teléfono. No gritó. Solo inclinó la cabeza ligeramente.

-Tobi. O como prefieras que te llame esta noche.

El hombre se rio, un sonido corto y distorsionado.

-Tobi está bien. Aunque me gusta más cuando la gente intenta adivinar quién hay debajo.

Se acercaron uno al otro sin prisa, midiendo distancias. Kakashi notó la forma en que Tobi se movía: ligero, seguro, como alguien que había aprendido a desaparecer antes de aprender a caminar. Tobi, por su parte, estudió el ojo visible del alcalde, la postura relajada que escondía tensión, la forma en que no parecía asustado.

-Viniste solo -observó Tobi-. Valiente... o estúpido.

-Curioso -corrigió Kakashi-. Quería ver si eras real.

Tobi inclinó la cabeza. La máscara reflejó la luz débil de una farola rota.

-¿Y? ¿Lo soy?

Kakashi sonrió bajo la máscara de tela que siempre llevaba.

-Más de lo que esperaba.

Esa noche no se detuvieron. No se arrestaron. Solo hablaron. Tobi le contó, con esa voz falsa, cómo Akatsuki no era solo violencia: era un sistema paralelo que llenaba los huecos que el gobierno dejaba. Kakashi le contestó que los huecos existían porque gente como él los abría. Ninguno cedió. Ninguno se fue del todo.

Cuando Tobi desapareció entre las sombras, Kakashi se quedó solo en el almacén, con el corazón latiéndole de una forma que no recordaba desde hacía años.

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