Draco Malfoy siempre creyó que su vida estaba destinada a ser extraordinaria
Convertirse en un gran mago. Llevar el apellido Malfoy con orgullo. Heredar la fortuna y el prestigio de su familia. Quizá incluso convertirse en el mejor alumno de Slyther...
Una cosa era saber de magia, sentirla y usarla con naturalidad como cualquier otro mago; otra muy distinta era verla manifestarse... Si es que a 'eso' se le podía llamar manifestación.
El undécimo cumpleaños de un mago siempre era importante. Era el día en que llegaban las cartas de admisión a las escuelas mágicas, el primer paso formal hacia un mundo que, aunque conocido, aún guardaba secretos. Como cualquier niño de su edad, Draco Malfoy había esperado ese cumpleaños, con más emoción que cualquier otro cumpleaños en lo que llevaba de vida.
Y entonces, en la madrugada del cinco de junio, algo lo despertó. Un sonido agudo, insistente. Como un pitido que parecía taladrarle la cabeza.
Ni siquiera había salido el sol.
Draco frunció el ceño, removiéndose entre las sábanas de seda. Intentó ignorarlo al principio, enterrando el rostro en la almohada, pero el sonido no cesó. Al contrario, parecía intensificarse, como si exigiera su atención.
Y entonces lo vio.
Flotando frente a él, suspendidas en el aire como si no pertenecieran a este mundo, unas palabras brillaban con una luz verde fosforescente.
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El niño parpadeó varias veces, convencido de que seguía soñando. Se incorporó lentamente en la cama; el corazón comenzó a latir con más fuerza mientras el resplandor iluminaba tenuemente su habitación.
Y al poco tiempo las palabras cambiaron.
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El aire parecía volverse más denso.
Draco, aún adormilado y claramente malhumorado, se frotó los ojos con ambas manos, como si eso bastara para disipar su visión. Pero cuando volvió a mirar, las palabras seguían ahí. Inmutables.
El niño tuvo el impulso inmediato de gritar.
¿Qué se suponía que era eso?
Sin embargo, el miedo llegó antes que la voz. Lo dejó rígido, atrapado entre la incredulidad. Su mente, aún torpe por el sueño, intentaba comprender lo que a sus ojos se mostraba.