Cuando decidí casarme con Sebastián Lombardi, nunca pensé que fuera a desarrollar más ganas de matar de las que ya tenía en ese momento.
Ese hombre me vuelve loca. Simplemente es como si su único propósito en esta vida fuera jugar con mi paciencia.
Observé a través del cristal de mi copa de champán cómo se movía por el salón. Sebastián no caminaba; dominaba el espacio. Tenía esa arrogancia típica de la mafia italiana, la postura de un hombre acostumbrado a que el mundo se arrodille antes de que él siquiera pida permiso. Traje a medida, la camisa abierta un par de botones desafiando la etiqueta, y esa sonrisa ladeada que prometía problemas a cualquiera que se cruzara en su camino.
Me buscó con la mirada desde el otro lado de la estancia. No bajé la cabeza. En la mafia rusa nos enseñan desde niños que el miedo se huela tan rápido como la sangre, y yo me negaba a darle el gusto de verme parpadear.
-Demasiado seria para ser una prometida en su fiesta de compromiso, principessa -su voz resonó cerca, demasiado cerca.
Había cruzado el salón sin que yo lo escuchara acercarse. Se detuvo a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio vital con el aroma a tabaco caro, perfume amaderado y peligro puro.
Giré el rostro despacio, mirándolo desde mi altura con la frialdad que solo los inviernos de Moscú pueden enseñar.
-No estoy seria, Sebastián. Estoy evaluando -respondí en un tono pausado, casi aburrido, sosteniendo la copa con una estabilidad impecable-. Evaluando qué parte de tu anatomía sería la más fácil de esconder si vuelves a invadir mi espacio sin mi permiso.
Sebastián no se echó hacia atrás. Al contrario, la comisura de su labio se elevó aún más, y sus ojos oscuros me recorrieron con un descaro que me erizó la piel bajo la seda de mi vestido.
-Fiera -murmuró, inclinándose hacia mi oído para que solo yo pudiera escucharlo-. Me encanta. Pero vas a tener que aprender una cosa, Ekaterina: en Turín, las reglas las pongo yo.
Mantuve la espalda recta, acerqué mi copa a sus labios y con una sonrisa helada le susurré de vuelta:
-Y tú tendrás que aprender otra, capo: en el momento en que me pusiste este anillo, no firmaste una rendición. Compraste a tu peor enemiga bajo tu propio techo.
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Lazos de sangre
ActionUna alianza sellada en hierro. Una guerra declarada en sangre. Un amor nacido en la oscuridad. Para la aristocracia del crimen organizado, el matrimonio no es una promesa de amor, es una transacción militar. Ekaterina Soglova, la letal y helada pri...
