Prólogo

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El reino de Al-Zahir se erigía sobre dunas doradas, rascacielos de cristal y una riqueza ancestral que parecía no tener fin. Ahí, bajo el sol abrasador del Medio Oriente, Jeon Jungkook había sido educado no como un hombre, sino como un soberano implacable. Como el único heredero del trono de Al-Zahir, la debilidad nunca había sido una opción para él.

Desde muy joven aprendió que el poder se ejercía con la mirada y se consolidaba con la frialdad. Con un físico imponente, esculpido por años de disciplina militar y entrenamiento, Jungkook era una figura intimidante allá donde fuera. A sus veintisiete años, no solo dominaba la política de su país, sino que dirigía los conglomerados petroleros y financieros más influyentes del mundo. Lucía trajes de alta costura a la medida, pero jamás se despojaba de las insignias de su linaje: gruesos anillos de oro en sus dedos con el sello real grabado, un recordatorio constante para quienes lo rodeaban de que él pertenecía a una estirpe de reyes.

Para Jungkook, las personas eran fáciles de leer y aún más fáciles de comprar. Salir de Al-Zahir para viajar a Nueva York no era más que otro movimiento estratégico en su tablero de negocios millonarios. No esperaba sorpresas; nadie se atrevía a desafiar su autoridad o alterar su gélido autocontrol.

A miles de kilómetros de ese mundo de lujos ilimitados, la realidad de Park Jimin era una batalla diaria contra el colapso.

Tres años atrás, un trágico accidente automovilístico le arrebató a sus padres en una sola noche, dejando a Jimin, con apenas veintiún años, como el único sostén de su hogar. Tuvo que enterrar sus propios sueños para convertirse en el pilar de sus dos hermanos menores: Jiwoo y el pequeño Minjun.

Minjun, de apenas siete años, era la luz de sus ojos. Un niño dulce e inocente que aún dependía de Jimin para todo y que requería cuidados, medicinas y una educación que su hermano mayor prometió proteger a costa de lo que fuera.

Jiwoo, en cambio, de diecinueve años, era una herida constante en el corazón de Jimin. Dominada por el resentimiento y la envidia, Jiwoo no perdonaba la pobreza en la que vivían. Ver a su hermano mayor esforzarse hasta el agotamiento solo despertaba en ella una actitud rebelde y celosa; siempre le llevaba la contraria, le reprochaba no darles la vida que merecían y le exigía dinero para caprichos que la familia simplemente no podía permitirse.

Para mantener un techo sobre sus cabezas y pagar la academia de danza donde enseñaba, Jimin trabajaba hasta el límite. Poseía un talento innato, una belleza delicada y una silueta moldeada por la danza oriental: caderas de una flexibilidad hipnótica, un abdomen plano y firme, un cabello rubio como el oro y unos inusuales y profundos ojos grises. La danza no era un simple pasatiempo para él, era su santuario y su arte.

Sin embargo, el dinero de la academia no bastaba. Con las deudas de alquiler acumuladas y Minjun necesitando nuevos libros para la escuela, Jimin se vio acorralado a tomar una decisión desesperada: aceptar un contrato de última hora para bailar en un evento privado y exclusivo en un rascacielos de Manhattan. Un trabajo que pagaría suficiente para saldar la renta de varios meses.

Esa noche, en el piso sesenta y cuatro de un rascacielos sobre la Quinta Avenida, los dos mundos colisionaron.
Jungkook se encontraba sentado en la mesa central del área VIP. Sostenía un vaso de cristal mientras sus dedos, pesados por los anillos de oro, marcaban un ritmo pausado. Hablaba en un árabe grave y fluido con su séquito personal, ignorando a los diplomáticos neoyorquinos que intentaban halagarlo. Todo a su alrededor le resultaba aburrido.

Hasta que la luz del salón se atenuó y las notas de un laúd llenaron el espacio.

Cuando Jimin avanzó hacia la pista, el murmullo de la multitud desapareció. Su rostro estaba cubierto hasta la altura del puente de la nariz por un velo de seda transparente que solo dejaba al descubierto su frente, su cabello rubio y una mirada gris abrumadora. El vestuario, ajustado a sus caderas, acentuaba cada movimiento ondulatorio de su cuerpo con una elegancia que rayaba en lo divino.

Jungkook se tensó en su asiento. Sus ojos oscuros quedaron atrapados en la cadencia de ese abdomen plano, en la suavidad de sus giros y en la soltura de su cintura. Pero lo que detuvo el corazón del príncipe fue el momento exacto en que Jimin, en pleno clímax de la música, alzó el rostro hacia la zona VIP.

A través de la fina tela del velo, los ojos grises de Jimin chocaron directamente con la mirada de Jungkook. No hubo sumisión. No hubo la timidez que Jungkook estaba acostumbrado a ver en los demás. Jimin lo sostuvo con una altivez desafiante, una llama encendida que parecía atravesar al magnate de parte a parte.

Jungkook apretó el cristal de su vaso, sintiendo cómo el control que había mantenido durante toda su vida se desmoronaba en un segundo. Quería saber qué rostro se escondía tras la seda. Quería saber quién era el dueño de esa mirada que no se arrodillaba ante su presencia.

Aquella noche en Nueva York, la necesidad de sobrevivir de Jimin acababa de cruzarse con el deseo absoluto de un príncipe acostumbrado a poseerlo todo. Y la obsesión estaba a punto de comenzar.








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⚠️ Advertencias ⚠️

Mpreg (Embarazo Masculino).

Obsesión y Dinámicas de Poder.

Drama e Intensidad Emocional.

Violencia y Muertes gráficas.

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Kookmin_22.

La obsesión del principe | KMStories to obsess over. Discover now