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Guerra de colores

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Este AU es mi proyecto de «estoy lesionada, mamá. Y como no me permiten moverme, me dediqué a escribir».

Este capítulo es corto y con pocos detalles a propósito.

Piensa que la etiqueta de «narrador poco confiable» debería estar parpadeando en neón.

1. Alicent

—En los pergaminos recuperados de los viejos templos se advierte que un hombre puede esquivar las flechas y espadas de sus enemigos, pero jamás la soga que los dioses atan a su espíritu desde su primer aliento.

—Menuda sarta de estupideces.

Bajó la mirada hacia la cabecita plateada y dorada en su regazo, que tenía una mueca petulante. La princesa siempre tenía tendencia natural a enfurruñarse y Alicent lo encontraba adorable.

Pero su mimada amiga no podía conocer eso de ella o lo usaría como un garrote en su contra.

Rhaenyra tenía demasiado poder.

—En Yi Ti así lo creen, princesa.

La princesa se estiró como un gato malcriado en el regazo de Alicent y suspiró mientras sus dedos jugueteaban con los anillos de su otra mano.

—Sigue...

—Cada ser nace con un lazo amarrado a su alma. Se puede huir a los confines del mundo e intentar romper el lazo con aislamiento, pero ese hilo es más viejo que las montañas y más persistente que las mareas —pasó a la siguiente página y miró de reojo a Rhaenyra por encima de su libro, y se dio cuenta de que ella la miraba con sus profundos ojos púrpura como las flores silvestres, oscuros como cardos. Aparte la mirada sintiéndose un poco nerviosa.

—Al final de todos los días, cuando las eras caen y las ciudades se vuelven polvo, solo quedarán dos almas unidas por el nudo eterno que ningún mortal posee la fuerza para desatar.

Rhaenyra se incorporó.

—¿Crees en eso, Alicent? ¿En una fuerza imparable que gobierna nuestro destino sin importar cuánto luchemos?

—No lo veo así. Es bonito pensar que hay alguien destinado a ti.

Rhaenyra hizo una mueca desdeñosa.

—Impuesto, no destinado.

—¿Por qué te enfada algo que debería parecerte bonito?

—Porque si todo está destinado a ser, ¿qué sentido tiene pelear, Alicent?

—Princesa, ¿esto es sobre vuestra...?

—¡No lo digas! —la interrumpió.

Rhaenyra tiempo después le dio un lazo de seda rojo.

«Si un día me alejo de ti, este lazo me lo tirará y yo también lo haré contigo».

Los ojos de Alicent ardieron cuando, después de que Viserys anunciara la boda, Rhaenyra se había deshecho de su pequeño y humilde lazo atado en la muñeca.

Una de las damas de Antigua que su tío Hobert había mandado para atenderla en su boda le arrebató el lazo porque estaba a punto de convertirse en reina

—Ya no eres una niña —le había dicho su padre con semblante duro cuando la atrapó buscando el lazo entre retales de tela y demás basura.

«¡Lo soy!», quiso gritarle.

En el septo, miró de reojo cómo Rhaenyra había tenido la audacia de presentarse vestida de negro.

Alicent no lo sabía, pero ese color la perseguiría durante décadas.

Rhaenyra, años después, más adulta y más cínica, caminará colocándose al comienzo de las escaleras que llevan al trono y sonreirá:

—He tomado una decisión respecto a mi futuro marido —empezará, y a Alicent se le subirá el corazón a la garganta y buscará entre la corte a su padre.

¿Él sabía algo? Por su expresión sorprendida, ella dirá que no.

—Después de estas lunas viajando, he encontrado prometido. Seis lunas después, como manda la tradición, me casaré con Tyland Lannister

Lo primero que le vino a la mente fue un león dorado y luego el fondo rojo. Rojo.

Alicent, desde ese día, odió el rojo.

El día de la boda de la princesa heredera, la reina consorte Hightower apareció con un vestido verde.

El lazo rojoStories to obsess over. Discover now