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-Empaca tus cosas. Vamos a salir -ordenó su madre, con esa voz que siempre sonaba molesta, como si hablarle fuera una carga.

Sebastián, de dieciséis años, alzó la mirada desde el colchón viejo que compartía con cucarachas. No preguntó, porque sabía que cuando preguntaba, lo golpeaban. Pero algo en su pecho se apretó. Su mamá llevaba semanas rara. Había vendido la televisión, el microondas... incluso su chaqueta favorita. Ahora, lo miraba con una mezcla de impaciencia y desprecio.

-¿A dónde vamos? -preguntó bajito, como si eso cambiara algo.

-Tú solo empaca. Y apúrate -dijo encendiendo un cigarrillo. La habitación se llenó de humo y del olor rancio de desinterés.

Sebastián se agachó y empezó a meter su ropa en una maleta vieja que apenas cerraba. No tenía mucho: dos camisetas, un pantalón roto, un peluche chiquito que escondía entre los calzoncillos para que su mamá no se burlara. Lo abrazó sin que ella lo viera. No sabía por qué, pero sentía un nudo raro en el estómago. Algo peor que de costumbre.

El taxi llegó una hora después. Nadie hablaba. Su madre solo miraba por la ventana y le lanzaba indirectas como: "no la vayas a cagar donde vas, porque ya estoy harta de ti". Él asentía, apretando los labios para no llorar. No lo hacía por miedo. Llorar era un lujo. Pero por dentro, se rompía.

Llegaron a una casa grande, con portones negros y vidrios polarizados. A Sebastián se le secó la garganta. Eso no era una casa cualquiera.

-¿Dónde estamos? -susurró.

-No hagas preguntas. Solo bájate y cierra la boca -dijo ella. Y luego, antes de tocar el timbre, le lanzó una mirada que él no entendió. Era como si lo estuviera viendo por última vez... pero sin una gota de cariño.

El portón se abrió y un hombre trajeado los hizo pasar. Adentro, todo olía a madera cara y perfume de lujo. Otro hombre los recibió. Alto, de cabello oscuro y barba perfectamente cuidada. Tenía mirada seria, pero no cruel.

-¿Es él? -preguntó con voz grave.

-Sí. Llévatelo. Ya está todo saldado. No me llames más -dijo su madre, soltando la maleta en el suelo y dándose la vuelta.

-¿Mamá...? -balbuceó Sebastián. El peluche sobresalía por la maleta.

Ella no respondió. Ni siquiera volteó. Simplemente salió como si hubiera dejado una bolsa de basura.

Y entonces, todo el aire se fue del cuerpo de Sebastián. Quiso correr tras ella, gritar, llorar... pero sus piernas no se movieron.

El hombre alto se acercó despacio. No con amenazas, no con gritos. Se agachó frente a él y le habló con voz tranquila:

-Hola, Sebastián. No voy a hacerte daño. Nadie aquí va a hacerlo. Estás a salvo ahora.

Sebastián no respondió. No sabía cómo. Todo lo que conocía acababa de dejarlo... como si nunca hubiera importado.

Pero por primera vez en años... alguien lo miraba sin odio.

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Personajes

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Un hogar en la mafiaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora