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Habían crecido juntos, desde la infancia.

Estuvieron juntos hasta que entraron en la adolescencia.

Y para Max no existía otra persona más bella que Sergio, lo supo desde que se conocieron en aquella reunión familiar a la que los padres de Sergio asistieron. Lo supo cuando tenía cuatro años.

—Max.—Sophie mencionó mientras tomaba unos platos y los colocaba en la mesa.

—Tonto, te habla mi mamá.—Victoria mencionó dejando un zape en la nuca del rubio.

Max finalmente salió de sus pensamientos, normalmente se la vivía en las nubes.

—¿Qué pasó amá?—Preguntó, dirigiendo su mirada hasta su madre.

—¿Le diste de comer al ganado?—Preguntó la mujer terminando de acomodar los platos.

Los ojos de Max se abrieron de más. Tras escuchar aquello se levantó de la mesa de la cocina.

—Ay mijo, si no le cayeras bien al patrón ya te habría echado de aquí.—Mencionó sophie soltando una risa.

Max salió casi corriendo de la cocina, llevándose por delante el marco de la puerta.

—¡Auch!—Se quejó, sobándose la frente.

—¡Fíjate por dónde caminas!—Gritó Victoria entre risas desde el interior de la cocina.

Él solo levantó una mano en señal de que la había escuchado y siguió su camino.

El sol de la mañana ya calentaba con fuerza. Cruzó el patio de tierra, tomó un costal de alimento y caminó hasta los corrales. Apenas abrió la puerta, las vacas comenzaron a acercarse con la calma de quien conoce perfectamente el horario de la comida.

—Ya sé, ya sé, no me regañen ustedes también.—Murmuró con una sonrisa mientras llenaba los comederos.

El sonido del alimento cayendo fue acompañado por los mugidos del ganado. Max observó unos segundos cómo los animales comenzaban a comer y soltó un suspiro aliviado.

—Pensé que hoy sí se me iba a olvidar de verdad.

—Y casi se te olvida.

La voz grave hizo que Max volteara enseguida.

Don Antonio caminaba hacia él con las manos detrás de la espalda y su inseparable sombrero bien acomodado sobre la cabeza. A pesar de la expresión seria que casi siempre llevaba, sus ojos mostraban una calidez difícil de ocultar.

—Buenos días, patrón.

—Buenos días, muchacho.

Don Antonio le dio una palmada amistosa en el hombro al llegar a su lado.

—¿Cómo amaneciste?

—Bien, un poco distraído, nada más.

—Eso ya lo sé desde hace años.—Soltó una risa baja.—Si no fuera porque trabajas duro, ya te habría descontado unos cuantos días por andar con la cabeza en otro lado.

Max sonrió con algo de vergüenza.

—Lo siento. Mi amá ya me dio el sermón.

—Y con justa razón.

Ambos observaron en silencio al ganado durante unos instantes.

—Pero también sé que cuando te toca trabajar, respondes.—Don Antonio cruzó los brazos.—Has estado aquí desde que eras un niño. Me acuerdo cuando apenas podías cargar un balde con agua y aun así insistías en ayudar.

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⏰ Last updated: Aug 02 ⏰

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