Prólogo

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Hubo una época, no hace mucho tiempo, en el que vivíamos en un lugar de cuentos de hadas.
Era el año de 1918, y mi hijo, Imperio Ruso, era el country representante de la Rusia Zarista.

Estando allí, celebramos el tricentenario del reinado de los Romanov.

— Jajaja, ay, papá. — exclamó el hijo de en medio del gran imperio.

Y esa noche, ninguna estrella brillaba tanto como mi querido y dulce nieto, URSS, el mayor de mis nietos varones.
Él me suplico que no volviera a París, y mandé a hacer un obsequio especial para él.
Así la separación sería menos dolorosa.

— ¿Para mí?, ¿Un alejero abuela? — revisó la pequeña caja de música con minuciosidad — ¿Esto no es más para las niñas?

— ¡Third!, ¡Tú lugar es la cocina! — dijo un sirviente, tomando a uno de los jóvenes moribundos que habitaban el palacio y que, al cumplir la mayoría de edad, se convertiría en un fiel y simple lavaplatos del lugar.

— Solo escucha… — dijo la Rus de Kiev dándole vuelta a la llave de la caja.

— ¡Es mi canción abuela! — el joven de no más de diez años se vió emocionado al escuchar la música con felicidad.

— Podrás escucharla todas las noches para que te arrulle, y pensarás en mí.

— Es un vals, para tí, y recuérdame siempre. — comenzó a tararear la mujer mayor.

— Con amor.

— Junto a mí.

— Una vez, en diciembre…

— Lee lo que dice. — insito la mujer.

— “Juntos en París”, ¡Ah!, ¿De verdad?, ¡Ay, te amo abuela! — el pequeño soviético se abalanzó sobre ella, con alegría incontenible.

Pero, jamás estaríamos juntos en París, ya que, una malvada sombra tenebrosa había descendido sobre el palacio en el que residían los rusos.

Su nombre era Kaiser, creímos que era un hombre de bien, pero era un impostor, ambicioso y peligroso.

— ¿Cómo osas regresar al palacio? — espeto el zarista al ver al hechicero frente a él.

— Pero, soy tu confidente, ¿O no?

— ¿Confidente?, ¡Ja!, tú eres un traidor, ¡Largo!

— Crees que te librarás de mi con tanta facilidad, por los oscuros poderes investidos en mí, yo, te maldigo con un conjuro.

Los nobles a su alrededor se horrorizaron al oír aquello, en lo que el brujo se habría paso entre ellos.

— Recuerda mis palabras. — se giro hacia los demás para finalmente darse la vuelta y señalar a su “igual” con un dedo — tú, y tu familia, morirán, en quince días, no descansaré hasta ver el fin de los rusos y la perdida de su territorio, ¡Para siempre!

Cegado por su odio hacia Zarist y su familia, Kaiser vendió su alma a cambio del poder para destruirlos.

A partir de ese momento, la chispa de la miseria en nuestro país engendro una llama que pronto destruiría nuestras vidas por siempre.

— ¡Deprisa! — gritó uno de los guardias del ejército blanco, guiando tanto a los nobles como a la realeza hacia un lugar supuestamente “seguro”.

URSS se detuvo abruptamente, dándose la vuelta — ¡Mi caja de música! — corrió de regreso al interior de su hogar, siendo seguido detrás por su matriarca.

— ¡URSS!, no vayas, ¡Regresa!

— ¡URSS!

Ambos fueron detenidos por el pequeño hijo de los sirvientes, Third Reich, un niño que prometía mucho a pesar de no tener sangre real.
— ¡Apresurense!, síganme conozco una salida.

— ¡Rápido URSS!

— ¡Kaiser!, se va a escapar. — gritó el Austrohúngaro, compañero inseparable del alemán, observando desde fuera.

— ¡Mi caja de música!  — intentó volver, pero fue detenido por el niño menor.

— ¡Corran, corran! — cerró la puerta tras de sí intentando protegerla con su propio cuerpo, pero fue noqueado por los revolucionarios.

Los dos countrys corrían desesperados sobre el río congelado buscando alejarse lo mejor posible del caos a su alrededor.

— ¡Abuela! — exclamó el pequeño mientras sus piernas comenzaban a ceder al cansancio.

— No te apartes de mí.

De pronto, la pierna del niño fue rápidamente sujetada por el causante de todo aquello, haciendo que éste primero tratara de soltarse.

— ¡Káiser! — gritó la mayor sin perder el agarre en su adorado nieto.

— ¡Suéltame!, ¡Por favor, abuela!

— No te escaparas de mí, niña, eso nunca. — de pronto el hielo a sus pies se fragmento, provocando que el cuerpo del alemán se hubiera completamente en el flujo de agua helada.

Y así con prontitud, abuela y nieto llegaron a la parada de tren que estaba abarrotada por todas las demás personas que, al igual que ellos, estaban aterradas.

— ¡URSS!, ¡Corre! — insistió la Rus de Kiev, logrando subir al tren que comenzó su marcha sin esperar a nadie.

Pero el niño no pudo seguir el ritmo.

— Abuela. — el pequeño soviético trato de seguir corriendo, de poder subir al vagón, más el cansancio y el largo trayecto recorrido hasta allí comenzaban a cobrarle factura.

— Lindo, dame la mano, y no me sueltes. — por suerte habían logrado enlazar sus manos, lo único que faltaba era conseguir subir al niño al tren en movimiento.

Parecía fácil, y sin embargo, lamentablemente el soviético se había quedado atrás.

— ¡No! — intentó continuar, en serio que sí, pero terminó tropezando y chocando fuertemente su cabeza, y en parte su ojo derecho, contra el suelo frío.

— URSS. ¡URSS!

Incontables vidas se perdieron esa noche, todo lo que fue se había derrumbado para siempre. Y a Soviet, a mi añorado nieto, nunca más lo volví a ver.

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⏰ Last updated: Jul 27 ⏰

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