Empezaba un día más en mi vida. Sonaba el despertador a las siete de la mañana pero, como siempre, apuré hasta el último minuto en la cama; tanto que, cuando me di cuenta, solo me daba tiempo a vestirme y asearme por los pelos. Salí de casa corriendo para irme a trabajar, llegando con el tiempo justo al local.
Hace poco que incorporamos a nuestra carta los desayunos instagrammeables y me estoy encargando yo personalmente de ello; luego, a eso, tengo que sumarle mi jornada de trabajo habitual. Sí, sé de sobra que no debería, pero mi carácter responsable, sumado a lo mucho que me involucro personalmente con el negocio en el que trabajo, hizo que cuando se propuso ampliar las opciones de la cafetería me presentara voluntario al momento y aportara mis propias ideas. Unos meses después tengo que reconocer con resignación que ya no tengo edad para currar doce horas al día, pero por ahora no sé cómo decir que no. La mañana transcurre con normalidad. Tengo la inmensa suerte de encajar tan bien con mis compañeros que se hacen llevaderas las oleadas de gente que atendemos todos los días en la barra. Además, centrarme al cien por cien en el trabajo hace que no pueda pensar en la mierda de vida que llevo.
Al salir del trabajo tengo que pasar obligatoriamente por la farmacia a comprarle las pastillas a mi madre. Una vez más me pregunto si este esfuerzo diario por intentar cuidarla, aunque sea viviendo en casas separadas, merece realmente la pena. Cada día aguanto menos su presencia y sé que ella se da cuenta perfectamente; pero, en vez de preguntarse por qué, lo único que hace es presionarme más. Su cuadro clínico actual no se lo deseo ni a mi peor enemigo, pero es que, siendo justos, ella misma se buscó llegar a ese punto crítico después de estar veinte años sin hacer caso a nada de lo que le decían los médicos.
Llego a la farmacia, la dueña me saluda amable y me pregunta cómo va mi madre. Yo, haciendo un buen uso de la hipocresía social, asiento con la cabeza cuando me dice la típica frase de: «Qué pena que esté así». Nadie sabe la situación real de la relación con mi madre; siempre aparentamos de cara a la galería una unión que no existe, aunque también es verdad que cada uno hacía lo que quería sin molestarnos mucho en cómo estaba el otro, excepto cuando ella necesitaba realmente mi ayuda.
Llegué a la puerta de su casa y ya oí al perro ladrar desde el pasillo. Tengo que decir que ese animal tiene una paciencia infinita, pero creo que siempre se alegra de verme.
—Hola —dije en cuanto vi a mi madre sentada en el sofá—. Pasé por la farmacia y Luisa me dio recuerdos, dice que hace mucho que no te ve.
Ella me contestó ya de malas maneras, con su tono impositivo:
—Dijiste que venías a las cuatro.
Intento recordarle con calma que a las cuatro es precisamente cuando salgo de trabajar, pero no hay manera de hacerla entrar en razón. Ella ya comienza a quejarse, a decir que hago siempre lo que me da la gana y que siempre la pongo en el último lugar de mis prioridades. Ya está. Mis ganas imperiosas de marcharme de allí hacen que me quemen las manos. Fumo un pitillo rápido en el balcón y, después, bajo al perro a la calle para que haga sus necesidades. Cuando vuelvo a subir al piso, le pregunto si necesita algo más, pero como todavía está enfadada me dice tajantemente que no. Me despido con una excusa tonta; no me apetece forzar nada más en esa casa.
Paro en mi bar de confianza del pueblo y me pido un café con hielo. Mientras me lo traen a la mesa, contesto los mensajes de WhatsApp de mi mejor amiga, Lu. Curioso cómo la vida te va cruzando con personas que comparten el mismo nombre pero pertenecen a mundos totalmente distintos; a ella siempre la llamo Lu para diferenciarla de otras Lucías que marcaron mi pasado de forma irremediable. Miro también un poco Grindr a ver qué se cuece por la zona. Cuando llegué a este pueblo ya contaba con que mis opciones de conocer a alguien serían bajas, pero nunca imaginé que iban a ser total y absolutamente nulas. En este lugar todo el mundo está metido muy dentro del armario o, incluso, juran y perjuran ser heteros ante cualquiera. Con lo bien que me vendría tener un follamigo...
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Destino Forjado
General Fiction¿Se puede recuperar el control de tu vida a los treinta y cinco años?Diego siempre sintió que su existencia pertenecía a los demás, hasta que un acontecimiento inesperado lo cambia todo. Decidido a sanar, empieza a ir a terapia para conectar con su...
