<Prólogo>

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El agua no dejaba de caer. El 25 de julio en Miami se había convertido en una pesadilla de categoría 5, y el viento rugía con la fuerza suficiente para arrancar los cimientos de la poca vida que Xeno Houston había logrado construir.

Refugiado bajo las raíces expuestas de un árbol derribado, Xeno temblaba incontrolablemente. Solo llevaba puestos unos shorts empapados.

Sus brazos, pálidos y cubiertos de moretones por los escombros, rodeaban un bulto envuelto en cobijas empapadas: Xellene. Su hermana menor.

Su beta.

La única razón por la que seguía respirando.

Si cerraba los ojos, el dolor en su pierna derecha latía al ritmo de sus peores recuerdos. La muerte de su madre, el desprecio en los ojos de su padre al ver los resultados médicos a sus diez años... Omega Dominante.

Dos palabras que habían sido una sentencia. En una familia de Sigmas y Betas, él era el error, la decepción, el fenómeno que tuvo que criar a su hermanita sobre un restaurante de mariscos porque nadie más lo haría.

Pero nada de eso importaba ahora. El frío se le estaba calando en los huesos. La hipotermia lo estaba arrastrando hacia la oscuridad, y si él moría, Xellene no tendría a nadie.

Apretó los dientes, luchando por mantener la consciencia.
A varios metros de distancia, las luces de un vehículo militar blindado cortaron la densa cortina de lluvia.

El Comandante Stanley Snyder observaba la destrucción a través del parabrisas bañado en agua. A sus 28 años, era el comandante más joven de las fuerzas marítimas, un título ganado a base de disciplina fría y una obligación impuesta por sus padres para salvar a sus hermanas menores, Charlotte y Luna, del ejército.

Stanley era un Enigma Dominante, y su mera presencia solía exigir sumisión, un mecanismo de defensa endurecido por un oscuro trauma del pasado que casi le cuesta la vida.

-Señor, no hay movimiento -informó el conductor-. Es poco probable que alguien haya sobrevivido a la intemperie con esta temperatura.

Stanley entrecerró sus afilados ojos dorados. Algo a la orilla del camino destruido llamó su atención.

Un contraste blanco entre el lodo y las ramas oscuras.
-Detén el vehículo -ordenó con voz grave.

Bajó del blindado, ignorando la lluvia helada que golpeaba su uniforme militar. Se acercó a lo que parecían ser dos cadáveres. La escena era horrenda. Uno de ellos, un chico de cabello albino completamente empapado, sangraba profusamente de la pierna derecha mientras protegía un bulto inerte con su propio cuerpo.

El chico no estaba muerto.

Estaba sufriendo.

Stanley dio un paso más, cauteloso, cuando un aroma débil pero inconfundible logró filtrarse a través del olor a salitre, lodo y lluvia. Arándanos. Era sutil, apagado por el frío y el miedo, pero el instinto del Enigma lo reconoció al instante, erizándole la piel.
Era un Omega.

Los ojos oscuros como el océano del chico se abrieron a medias, desenfocados, encontrándose con la imponente figura del militar antes de que la consciencia lo abandonara por completo.

Silencio en mi CuelloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora