Keiji Shimizu siempre creyó que las cosas más importantes de la vida se encontraban en los pequeños momentos... Una conversación tranquila, una taza de café caliente o una tarde bajo la lluvia.
Pero cuando su camino se cruza con el de Itsuki Takamin...
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El cementerio permanecía prácticamente vacío. Solo el sonido de las gotas golpeando las lápidas rompía el silencio de aquella tarde gris.
Un joven permanecía inmóvil frente a una tumba. No llevaba paraguas. Nunca le había gustado esconderse de la lluvia. Bajó lentamente la mirada hacia el ramo de orquídeas preciosas que sostenía entre las manos.
—Volví... —murmuró con una sonrisa apenas visible. —Llegué un poco tarde este año. Perdón por eso.
Guardó silencio unos segundos. Parecía esperar una respuesta que sabía perfectamente jamás llegaría, pero guardó la ilusión.
—La chica parlanchina del café volvió a regañarme. Dice que sigo llegando tarde igual que siempre... Supongo que algunas cosas nunca cambian —dejó escapar una pequeña risa, una de esas que nacen más de la nostalgia que de la alegría. —Aunque... Sigue preparándome dos cafés por la costumbre. Y es ridículo porque el segundo café ya no tiene dueño...
El viento recorrió el lugar.
El joven levantó la vista hacia el cielo cubierto de nubes.
—¿Sabes? A veces me descubro buscando tu silueta entre la gente, inconscientemente. Es ridículo... Lo sé. Pero hay días en los que, por un instante, siento que vas a aparecer de la nada para decirme que exagero demasiado. Sueño contigo todos los días y debo sonreír como te lo prometí hace años —negó con la cabeza y dejó el ramo frente a la lápida. —Pero no puedo, aún —se hincó. —Sigues ganando las discusiones... Incluso después de tanto tiempo.
Permaneció de pie un momento más.
Luego metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un viejo separador de libros. Lo observó unos segundos antes de sonreír con melancolía.
—Todavía lo conservo.
Una ráfaga de viento casi se lo arrebató de las manos.
Lo sujetó con fuerza.
—No te preocupes... Cumplí mi promesa.
Volvió a guardar el separador. Antes de marcharse, apoyó con cuidado la palma de su mano sobre la fría piedra de la tumba.
El nombre grabado en la lápida aún dolía como si fuera ayer. Una punzada atravesó el corazón de aquel joven.
La lluvia que parecían lágrimas, cubría la lápida.
—Nos veremos después... Mi amor.
Se dio la vuelta. No miró atrás.
La lluvia continuó cayendo, llevándose consigo las palabras que nunca fueron ni serán respondidas.
Cinco años antes...
El sonido insistente de una alarma rompió el silencio de un pequeño departamento.
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