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Chaddick siempre había sentido que había algo extraño en Tristan.
No le gustaba pelear. No le gustaba entrenar para volverse más fuerte ni más musculoso. No parecía interesado en convertirse en el príncipe perfecto que todos esperaban. Al principio, Chaddick lo veía como un completo desperdicio. No entendía cómo alguien podía rechazar un lugar en la Escuela del Bien. Ser un príncipe era mucho mejor que terminar convertido en un Never, ¿o no?
Por eso, más de una vez se quejaba con Tedros.
-¿Sabes cuántos chicos darían cualquier cosa por estar acá? ¿Por estudiar en nuestra escuela y tener la oportunidad de convertirse en héroes? Y, mientras tanto, Tristan actúa como un cobarde. Ni siquiera parece esforzarse.
A Chaddick le había costado muchísimo ser aceptado. No provenía de una familia real como la mayoría de los alumnos, ni era hijo de un gran héroe. Había conseguido ese lugar únicamente gracias a su esfuerzo. Entrenaba todos los días hasta quedar exhausto, intentando alcanzar a quienes tenían habilidades mágicas o años de experiencia desde pequeños. Pero, por más que se esforzara, nunca lograba superarlos.
Esa frustración terminaba descargándola sobre Tristan.
Porque Tristan representaba todo aquello que Chaddick jamás se permitiría ser.
-Déjalo, Chaddick -respondió Tedros con indiferencia-. Después de todo, si no aprueba... ya sabes en qué terminará.
A Tedros el asunto le daba igual. Bastante tenía con su propio mal humor por culpa de cierta princesa.
En ese momento, una espada cayó al suelo con un fuerte estruendo detrás de ellos.
Ambos se giraron de inmediato.
Estaban en los vestuarios y creían estar solos.
Pero no lo estaban.
Tristan permanecía inmóvil junto a una de las paredes, con la cabeza baja. Había escuchado absolutamente todo.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
Chaddick notó cómo los ojos de Tristan comenzaban a llenarse de lágrimas, no las soltó, pero no escondía su tristeza.
"Maldición...", pensó.
No había querido que él escuchara aquello.
-Perdón... -murmuró Tristan con la voz quebrada antes de salir corriendo.
Chaddick se quedó inmóvil, sintiendo un nudo en el estómago.
Seguía creyendo que Tristan debía dejar de rechazar su destino como príncipe, pero decir todo aquello a sus espaldas había sido un golpe demasiado bajo.
Cuando volvió a mirar a Tedros, este le dedicó una mirada de desaprobación que dijo mucho más que cualquier sermón.
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