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«gustos exóticos»

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Era una mañana tranquila. Ya había desayunado y dejado la casa en orden antes de empezar con la rutina de siempre. Como hoy no tenía clases, me había dado el lujo de levantarme un poco más tarde.
El día transcurrió sin mayores novedades detrás del mostrador: niños que entraban corriendo a comprar golosinas y se iban entre risas, y algunos adolescentes de mi edad -o un poco mayores- a los que simplemente ignoré. Aunque la gente suele decir que varios de ellos son «lindos», a mí me parecían completamente normales y corrientes. Quizás es que en el fondo no tengo ganas de enamorarme, o tal vez... mis gustos son un poco exóticos.
-Qué pereza -suspiré para mí misma, dejándome caer sobre la silla de plástico tras atender a una vecina.
-Disculpa, quiero comprar algo.
La voz sonó desde el otro lado del mostrador. Me extrañó bastante; a esa hora la calle solía quedar desierta.
-¿Quién será? -murmuré mientras me ponía de pie sin mucha prisa.
Salí a atenderlo con la mirada fija en el mostrador, convencida de que daría igual quién fuera: para mí, todos los clientes terminaban viéndose exactamente iguales.
-Quiero estos dulces, por favor.
Seguí la dirección de su mano y me fijé en las golosinas que señalaba.
-Claro, un momento.
Entré a buscar una pequeña bolsa de papel y metí los dulces dentro. Con el paquete listo, finalmente me digné a levantarlo a ver a la cara.
Mala idea.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, sentí un escalofrío helado recorriéndome la espalda. Mi cuerpo se estremeció de golpe y el corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Quedé completamente paralizada, hipnotizada por la intensidad de sus ojos. Tenía el cabello negro, ligeramente desordenado cayéndole sobre la frente, y una piel pálida que hacía resaltar aún más sus facciones. Pero no eran solo sus ojos o su rostro; había algo en toda su presencia, una vibra extraña y magnética que pareció congelar el tiempo. Por un segundo, el ruido de la calle desapareció y sentí que solo estábamos él y yo en todo el mundo.
Me le quedé viendo fijamente, incapaz de articular palabra, hasta que su voz me devolvió de golpe a la realidad.
-¿Estás bien? -preguntó, ladeando un poco la cabeza.
-¿Eh? Ah... sí, sí, perdón -balbuceé, sintiendo cómo el calor se me subía a las mejillas.
Le entregué la bolsa a toda prisa, evitando a toda costa volver a mirarlo a los ojos por la pura vergüenza. Él me tendió las monedas, me dio las gracias con amabilidad y dio media vuelta para marcharse.
Me quedé apoyada contra el marco de la puerta, viendo cómo su silueta se alejaba poco a poco por la banqueta.
-Gustos exóticos... -murmuré en un suspiro, sonriendo de lado mientras lo seguía con la mirada hasta que dobló la esquina.

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