Promesa

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El olor a pan recién horneado sacó del sueño y de la cama a Emil. Fue al baño a tomarse una ducha mientras tarareaba la marcha Die Wacht am Rhein. Cuando se decidía a afeitarse el poco vello de su mentón y de su labio superior, pudo ver su reflejo en el espejo: portaba un rostro ovalado con ojos verdes profundos, una nariz respingada y el cabello de un amarillo opaco heredados de su madre. Su barbilla marcada reflejaba un ceño inocente pero poseía poco vello facial, algo que siempre detonaba burlas por parte de su padre, quien venía de tierras otomanas.

—¡¡¡Escuchad, oh glorioso pueblo alemán!!! El Kaiser requiere su fusil y bayoneta. El Imperio añora la soberanía y dignidad que le fue arrebatada por los sucios Inselaffen y los putos Froschfresser. ¡Juventud, uníos al cuerpo de Musketiere! ¡Bonos de guerra y títulos os aguardan! —aclamaba con euforia el megáfono del camión reclutador, haciendo que Emil soltase una leve risa.

—No hace falta que gritéis tanto, ya voy en camino —susurró Emil para sí mismo frente al espejo. Terminó de alistarse y, mientras vestía el uniforme gris con entusiasmo y gallardía, proclamó en voz alta—: París caerá antes del otoño y yo mismo izaré la bandera en la plaza de la capital.

 Terminó de alistarse y, mientras vestía el uniforme gris con entusiasmo y gallardía, proclamó en voz alta—: París caerá antes del otoño y yo mismo izaré la bandera en la plaza de la capital

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Al bajar las escaleras hacia el comedor, vio a su madre. Era una mujer de ojos cansados y figura frágil que en ese momento le daba de comer a su padre. El hombre yacía sentado en su silla de ruedas, con la mirada perdida y el cuerpo paralizado; una cruel enfermedad lo afligía, haciendo que el gigante fuerte y lleno de historias que solía ser fuera ahora solo como un triste tapete que requería cuidados constantes.

—Madre... estoy por irme —exclamó el joven Emil con el tono de voz que solo un muchacho orgulloso tendría, manteniendo la postura erguida que le habían enseñado en la academia militar.

—¿Qué diablos dices, niño? —respondió su madre, molesta pero con un deje de leve angustia en la mirada—. Ven y come pronto, que debo irme al trabajo y necesitaré que cuides a tu padre en mi ausencia.


—Mamá, sabes bien que no puedo... El Imperio me ha llamado y requiere que lo defienda con orgull...

Antes de que Emil pudiera terminar la oración, su madre lo golpeó furiosamente con la mano abierta. El impacto seco hizo que su tono gallardo y su postura erguida se desmoronaran en un rostro lleno de confusión y sorpresa.

—¿Imperio?... ¡¿De qué carajos me hablas, niño?! —gritó su madre, sentándose con brusquedad mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas—. ¡Admite que esta puta farsa solo es para evitarnos y escapar de tus responsabilidades!

En el suelo, la cuchara con comida yacía tirada y olvidada, bajo la mirada fija y vacía de su padre.


—Bien sabes que tu padre dio todo de sí para tener un ahorro y poder mandarte a una universidad —exclamó ella, dando una larga y amarga calada a su cigarrillo—. Todas las carencias que pasamos en esta casa fueron solo para que tú estudies y tengas un mejor futuro.

—Gástalos... —exclamó secamente el joven hacia su madre. Sus puños se cerraron y se notaba en su tono que contenía lágrimas e impotencia.

—¿Qué balbuceas? —dijo su madre, mientras sus ojos penetraban el ser de Emil.

—Gástalo todo, madre, y tengan una mejor vida. Contrata a alguien para cuidar de mi padre, no lo sé, pero ya no dejes ninguna moneda para mí —decía con pequeñas lágrimas escapándose de sus ojos.

—¿Cómo siquiera te atreves a suger...

La amargura y la impotencia salieron a la luz. Con un grito que retumbó en el comedor, Emil dijo frustradamente:

—¡No me voy porque los odie!... O porque quiera escapar de mis deberes... Me voy porque las carencias en esta casa seguirán atormentándonos si continúo con ustedes. —Emil se acercó a su madre y la tomó por los hombros—. Madre, el ejército me pagará por ir a la gran Guerra y al fin dejarán de vernos menos solo por tener un apellido extranjero.

Ella lo miró por un momento, impactada por sus palabras. Después, brotaron lágrimas de sus ojos y puso las manos en las mejillas de él buscando algún tipo de consuelo; parecía casi como si solo estuviera viendo a un niño con aires de grandeza.

—¿Qué hemos hecho para que desees tanto abandonarnos? —dijo su madre entre lágrimas.

Pero el joven se mantuvo firme en su decisión. Soltó las manos de su madre y se dirigió con paso decidido hacia la salida.

—Juro que les escribiré... Pueden cobrar mi Löhnung cada doce del mes. A veces se atrasa un poco... Eso me informaron.

Así vio por última vez a sus padres: su madre, desconsolada, lloraba sentada con el cigarrillo temblando entre los dedos; su padre lo miraba directamente a los ojos, con un profundo dolor que solo se denotaba en sus lágrimas y en su ceño caído.

—Los amo... Papá, mamá.

Cruzó la puerta, dejando atrás su hogar entre llantos y angustia. Con el pecho oprimido pero la mirada fija en el frente, se dirigió afligido hacia la estación de trenes que lo llevaría directo al infierno del Somme.







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Holap...eh estoy realmente oxidado xdxdxdxdddd, asi que bueno,se me vino a la mente traerles esta obra que escribe una tarde (lo admito en ortografia me ayudo gemini xdxd)  , tambien me vi muy influenciado por battlefield 1 y sin novedad en el frente asi que pido perdon de antemano si caigo en cliches ,es mi primera novela belica ,estoy emocionado jeje

Gracias por leer Mis terroncitos de azucar con miel :D 

La Gloria del CienoStories to obsess over. Discover now