Prólogo

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27 de agosto de 2006

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27 de agosto de 2006.

Mamá siempre me cepillaba y hacia una trenza antes de dormir.

Mi cabello ese día lo tenía enmarañado.

La luz naranja del sol se metía por las ventanas, pero el piso era frío bajo mis pies mientras iba a la sala.

—Carolina, péiname. —Le llevé el cepillo a mi hermana mayor.

Ella estaba de pie y me miró desde arriba sin apartar el teléfono de su oreja. Era tan alta que yo no le llegaba ni a la cintura.

Estaba enojada, seguro que sí, frunció el ceño y dijo:

—Ahora no, Vivi. Estoy tratando de llamar a papá. —Volvió a marcar el número desde el teléfono de casa.

Papá no había vuelto desde la mañana, mamá no había vuelto desde hace días.

Vi a la abuela pasar de la sala a la cocina, la seguí, corrí detrás de ella. Cuando llegue a la cocina me subí a un banquillo junto al fregadero, donde la abuela se servía un vaso de agua.

—Tita, péiname. —Alcé mi mano con el cepillo.

La abuela se quedó quieta unos segundos, dejo el vaso en el mármol de la encimera, y se acerco a mi. Sus ojos acuosos y nariz roja me llamaron la atención. Me quitó el cepillo de las manos con cuidado.

—Date la vuelta, Vivi. —Su voz sonó ronca.

Sonreí y me di la vuelta. La abuela comenzó a desenredar los nudos de mi cabello, inhale el aroma a lavanda y a abuela.

Un tirón, dos y tres, pero no me importó, mi cabeza cosquilleaba y las manos de la abuela acariciaban mi cabello.

Ella murmuraba algo que no había entendido hasta que escuché su llanto.

Caballito blanco, llévame de aquí, llévame a la tierra donde yo nací. —Ella lloraba mientras cantaba.

No cantaba nunca en el día. Siempre era antes de dormir.

—Tita, no me voy a dormir, ¿por qué me cantas Caballito blanco? —Me di la vuelta para verla y la abuela tenía la cara mojada y mocos en la nariz.

Ella negó con la cabeza y se limpió la cara con la manga de su suéter tejido.

—Ay, mi Vivi, tienes los mismos ojos de tu mami.

La abuela me abrazó con fuerza, me quise zafar de su abrazo, pero la abuela era más fuerte que yo, así que terminé dejando que me abrazara hasta que dejó de llorar.

Terminó de peinarme, ella ya no lloraba, pero tampoco volvió a cantar.

Me quedé en la sala viendo la televisión con la abuela a mi lado, Carolina seguía de pie junto al teléfono marcando números una y otra vez.

Papá no contestaba. Y Carolina más bufaba.

Mucho tiempo después, mucho, no sé cuánto, papá entró por la puerta.

No traía corbata, y su boca estaba muy fruncida, como cuando jugamos a hacer caras raras.

La abuela y Carolina corrieron a donde estaba papá. Se detuvieron frente a él sin decir nada, lo miraron con atención.

Papá estaba quieto.

Luego negó con la cabeza.

E hizo un sonido que nunca voy a olvidar.

Un lamento seguido de un llanto que me asustó.

Era como si a quien veía no era mi papá.

Seguido de él, mi abuela y Carolina lloraron.

¿Pero dónde estaba mamá? ¿Me peinaría mañana para dormir?

¿Pero dónde estaba mamá? ¿Me peinaría mañana para dormir?

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