El cuarto diablo

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I. Miércoles

Por causa de los antibióticos no podía consumir licor, y a esa hora, qué bien me hubiera venido un whiskey o un bourbon, doble, puro, sin hielo. Lo hubiera saboreado lentamente, al calor de una melodía de Miles Davis o de Thelonious Monk. Hubiera leído unas páginas de Kafka (de las que casi recito de memoria por tanto leerlas) o me hubiera visto por enésima vez Casablanca. Pero podría recaer en la infección. Qué lástima, porque hubiera sido lo único que me habría ayudado a conciliar el sueño.

Llevaba tres noches largas sin dormir y ya era justo que lo hiciera, pero a esa hora no podría conseguir ni un Valium; ni siquiera unas gotas de valeriana. Ya pasada la media noche me sentí agotado y me alisté para caer en brazos de Morfeo. Pero una vez en la cama, aunque seguía sintiendo cansancio, el sueño se disipó como el humo de un disparo. Con la luz apagada, mi mente trataba de reconocer las grietas del techo, identificando formas de duendes y otras criaturas, adivinando sonrisas, paisajes, invocando viejos recuerdos... y de pronto reconocí un rostro. Ojos, nariz, labios sonrientes. Era el cúmulo de todas las grietas que alcanzaba a ver desde mi posición en la cama. Me incorporé un poco para ver más, febril, curioso, empujado por lo que yo pensaba que era una casualidad o un producto de mi imaginación. Quise encender la luz, pero temí que ya no pudiera reconocer la forma si no la hallaba con la iluminación que creía apropiada. Sin embargo, cedí y la encendí, tanteando la mesa con mis manos, sin quitar la vista del techo.

En efecto, la imagen, resultado de mi mente exaltada por las medicinas, la fiebre y el insomnio, desapareció y ya solo había en el techo grietas y telarañas. Me senté de nuevo al borde de la cama y luego me levanté con cara de decepción. Caminé hacia la cocina mirando los dedos de mis pies descalzos. Me serví un vaso de vino sin tregua, hasta el tope y cuidando de no derramar ni una gota caminé de nuevo hasta mi habitación y lo puse junto a la mesita y me senté en la cama resignado. Me acomodé para encender la televisión o para leer sin decidirme cuál haría; aunque estaba seguro de que me bebería el vino. Eché un último vistazo al techo antes de apagar la luz.

II. Domingo

El primer diablo apareció frente a mí la noche del domingo. Había tenido fiebre desde el viernes en la tarde y me había esforzado por dormir con ayuda de medicinas, pensando que amanecería mejor, pero toda la noche me revolqué en mi cama en medio del dolor y el sudor. El sábado en la noche estaba extenuado y no soportaba más; llamé a mi amigo que es médico y se presentó en un lapso de una hora y media, como lo había prometido. Traía consigo la medicina. Me hizo un examen superficial y sin emitir diagnóstico, me dio las medicinas, me hizo algunas recomendaciones y me dejó solo de nuevo, con náuseas y con deseos de aplastarme la cabeza contra el asfalto. Al fin la medicina hizo su efecto y llegué vivo a la mañana del domingo. Encendí al despertar el televisor y vi las noticias y un partido de fútbol, sin entender nada de lo que veía, sin opinar, solo pasaba el tiempo y mi vida, mientras yo estaba enfermo, en modo automático, abúlico, con pensamientos perniciosos, ojeras y desasosiego. Calenté una pizza vieja en el microondas y fue todo lo que comí durante el día junto con una leche achocolatada que también estaba en el refrigerador. Deambulé por el apartamento invocando fantasmas febrilmente, recuerdos venidos a menos, que me hacían sentir avergonzado y humillado y agudizaban mi agonía. Me metí los dedos a la garganta para vomitar lo que me hubiera hecho daño, pero me detuve en cuanto sentí el sabor de la medicina. Sonó mi celular y no lo contesté. Sonó el teléfono de la casa y lo miré hasta que de nuevo se hizo silencio sin tocarlo. No quería hablar con nadie. Sin darme cuenta, llegó la noche y con la noche, el aburrimiento desesperante que no divirtió nada y la medicina hizo efecto y dormí. Entonces, en medio del febril sueño apareció el primer diablo. Tenía facciones felinas, pero no tenía pelos en la cara y los del cuerpo no eran más que del abrigo que lo cubría. Cuando movía sus manos, de veía a través de ese traje que no llevaba nada más puesto.

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