El pasillo estaba en silencio. Ese silencio raro que se siente antes de que algo se rompa.
A mi izquierda, el hombre que me enseñó a amar sin condiciones y después me enseñó, sin querer, que las condiciones sí existen — solo que él las puso todas del lado de su propia vida, y a la mía la dejó afuera.
A mi derecha, el hombre que llegó sin pedir permiso, que no prometió nada porque no tuvo que hacerlo, y que aun así se ganó un lugar que yo juraba que no tenía vacantes.
Y en el medio, yo. Con la bata blanca todavía puesta, con el estetoscopio de otra persona colgando en mi cabeza como un recordatorio de que en esa clínica todos sabíamos escuchar corazones ajenos, menos el propio.
Alguien acababa de decir una frase. Siete palabras. Nada más.
Siete palabras que le dieron la vuelta a los últimos seis años de mi vida, y que me dejaron ahí parada, sin saber hacia dónde caminar, con dos hombres esperando una respuesta que ni yo misma tenía.
Marisol dice que en esa clínica todos guardamos secretos con bata blanca encima. Yo siempre pensé que el mío estaba bien guardado.
Me equivoqué.
Porque a veces uno cree que ha cerrado una puerta, cuando en realidad solo la dejó entreabierta esperando que alguien, algún día, la empujara de nuevo.
Ese día, alguien la empujó.
Y yo, que me pasé la vida diagnosticando lo que le pasaba a los demás, no tenía ni idea de cómo se llamaba lo que me estaba pasando a mí.
Pero bueno. Para entender cómo llegué hasta ese pasillo, hay que empezar por el principio.
Por un lunes cualquiera. Por un café frío. Por un sobre que no debí abrir.
KAMU SEDANG MEMBACA
Diagnóstico: Corazón roto
RomansaElla diagnostica corazones ajenos. El suyo es el único que no sabe curar. Fabi tiene 34 años, dirige el mejor laboratorio clínico de Caracas y una reputación que se ganó a pulso. Lo único que no logra controlar es su corazón - todavía roto por el ho...
