Capitulo I

73 9 24
                                        

Me senté frente a mi Mac e hice lo mismo que llevaba haciendo durante las últimas cuatro horas: intentar escribir la primera frase.

El cursor parpadeaba sobre la pantalla con una paciencia casi ofensiva. Una, dos, tres veces. Esperaba. Como si supiera que, tarde o temprano, volvería a borrarlo todo.

Y tenía razón.

Después de eliminar la primera línea por enésima vez, acepté algo que llevaba demasiado tiempo intentando evitar.

No existía una manera elegante de empezar esta historia.

Tendría que hacerlo exactamente como ocurrió.

Soy residente de Psiquiatría y estoy cursando mi último año. Durante mucho tiempo pensé que la decisión de estudiar medicina había nacido de la curiosidad. Después entendí que no. La curiosidad solo fue el síntoma visible de algo mucho más profundo.

Siempre tuve una idea que jamás me atreví a decir en voz alta.

Nunca quise ser una psiquiatra más.

No me bastaba con diagnosticar, tratar pacientes o publicar artículos que terminarían olvidados en alguna revista científica. Yo quería encontrar ese caso. Ese que obligara incluso a los colegas más brillantes a cuestionar todo lo que creían entender sobre la mente humana.

Escribía por esa misma razón.

No por vocación.

Ni por catarsis.

Escribía porque estaba convencida de que, en algún lugar del mundo, existía una historia tan extraordinaria que merecía sobrevivir a quienes la protagonizaran.

Y yo pensaba encontrarla.

Qué irónico resulta recordar eso ahora.

Porque las historias verdaderamente peligrosas nunca aparecen cuando uno las busca.

Las historias verdaderamente peligrosas esperan.

Y cuando por fin deciden mostrarse...

ya es demasiado tarde para apartar la mirada.

El teléfono vibró sobre el escritorio antes de que pudiera seguir escribiendo.

Ni siquiera necesité mirar la pantalla para saber quién era.

—¿Aló? Aurora, la doctora ya llegó al pabellón. Vas tarde. Sabes que para entrar al hospital hay que pasar un montón de controles de seguridad; esto es casi una aventura. Pensé que te emocionaba. ¿Entonces por qué llegas tarde?

Sonreí sin darme cuenta.

Tan Helena.

Siempre conseguía que un reclamo sonara sospechosamente parecido a una muestra de cariño.

Lo admito.

Me desperté temprano.

Estaba lista desde hacía casi una hora.

Si soy completamente sincera, llevaba tres días preparándome para aquella mañana. Había revisado mi mandil dos veces, cargado la laptop, ordenado las notas y comprobado, más veces de las necesarias, que no olvidaba absolutamente nada.

Nada...

Excepto una llanta.

Una bendita llanta baja.

Silenciosa.

Paciente.

Esperando el momento exacto para arruinar mis planes.

A veces pienso que el universo tiene un sentido del humor bastante cuestionable.

—Lo sé. Ya casi llego —respondí mientras cerraba la Mac con un suspiro resignado.

Bruno DelvalStories to obsess over. Discover now