El Hilo Invisible (One Shot)

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​El alambrado perimetral de la cancha del colegio le dejaba rombos marcados, fríos y oxidados, en las yemas de los dedos.

​Lionel tenía cuarenta y ocho años, la vida a medio desarmar y la costumbre inquebrantable de apoyarse contra el tejido metálico todos los martes y jueves a las diez de la mañana. No miraba a los pibes correr detrás de la pelota embarrada, ni le prestaba atención al silbato que colgaba de su propio cuello. Miraba la vereda.

​Por ahí pasaba Helena.

​Treinta y ocho años, carpetas apretadas bajo el brazo, un sobretodo oscuro que le marcaba la cintura y un paso firme que retumbaba contra las baldosas flojas de la ciudad

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​Treinta y ocho años, carpetas apretadas bajo el brazo, un sobretodo oscuro que le marcaba la cintura y un paso firme que retumbaba contra las baldosas flojas de la ciudad. Tenía una de esas miradas que te acomodan las ideas sin necesidad de abrir la boca. Lionel llevaba meses observando esa rutina, tragándose la cobardía de no saber cómo encarar a una mina que parecía tener el mundo resuelto, mientras él era un caos ambulante.

​Pero cuando un tren te cruza de frente, hasta el más plantado improvisa.

​La interceptó a la salida de Dirección. El pasillo estaba vacío, oliendo a lavandina barata y tiza. Ella acababa de firmar la planilla de asistencia y se estaba acomodando la bufanda.

​-Helena, ¿te jodo un segundo?

​Le habló cruzándose de brazos, intentando que los hombros anchos camuflaran cómo le latía el pulso en la garganta.

​-Me salió una oportunidad para viajar a Inglaterra. Un curso de entrenamiento intensivo, pero te soy sincero... soy un desastre con el idioma. Cero. ¿Me darías una mano?

​Ella se detuvo. Lo midió de arriba a abajo, deteniéndose una fracción de segundo extra en los ojos oscuros y la barba prolija de Lionel, y sonrió. Una sonrisa que le iluminó la cara.

​-No tengo drama. Si querés, nos juntamos en la biblioteca cuando los chicos entran al aula y el lugar queda vacío.

​Aceptó al instante.

​Entre manuales de tapas gastadas y diccionarios con olor a encierro, la biblioteca se convirtió en su refugio clandestino. Las clases de inglés eran una excusa barata que ambos sostenían con elegancia. Compartían el café intomable de la máquina del pasillo mientras él le contaba que, además de lidiar con adolescentes a la mañana, entrenaba gratis a los pibes de un barrio carenciado por las tardes.

​Ella lo escuchaba apoyando el mentón en las manos, con una atención tan devota que a Lionel le quemaba la piel.

​-La lengua va detrás de los dientes superiores, Lio. Prestá atención a la fonética.

​Le explicaba ella, gesticulando cerca de su rostro, dejando que el aroma a vainilla de su perfume lo mareara un poco.

​-Te juro que lo intento, pero sueno como un perro masticando chicle.

​Él se rascaba la nuca avergonzado. Ella soltaba una carcajada que resonaba entre los estantes de madera y, sin pensarlo, le acomodaba el cuello de la campera deportiva. Esos roces mínimos, fortuitos, los dejaban a los dos en un silencio denso, cargado de todo lo que no se animaban a decir.

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