Capitulo 1

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De lo único que estaba segura era de que no iba a poder cortar esta maldita calabaza.

Apoyé ambas manos en el mango del cuchillo de chef, descargando todo mi peso hacia abajo, pero el metal apenas logró hundirse un par de centímetros en la cáscara dura y opaca. Solté un suspiro frustrado que sopló un mechón rebelde que caía sobre mi frente y me erguí, cruzándome de brazos para mirar a mi enemiga sobre la mesada.

Cocinar definitivamente no era lo mío. Si esto fuera una guerra de limpieza, el apartamento ya habría ganado de largo: los azulejos de la cocina brillaban, las especias estaban alineadas de forma impecable y no había una sola mota de polvo en todo el living. Pero la comida..., la comida requería un talento que yo claramente no había heredado.

—Ay, Nonna, me hubieras enseñado a usar un cuchillo antes de enviarme a Italia —murmuré para mí misma, frotándome los brazos por el frío.

Afuera era la primera semana de diciembre y Verona se sentía como una heladera. Apenas llevaba un mes viviendo acá y el invierno de Italia me estaba pegando un cachetazo de realidad. Extrañaba mi casa, y sobre todo, extrañaba las historias de mi abuela. Ella siempre me hablaba de su Italia natal con los ojos iluminados, pintando esta ciudad con palabras tan vivas que, en cuanto junté los ahorros y conseguí la beca para estudiar italiano, no lo dudé. Nacida y criada en Estados Unidos, hija de una madre uruguaya y un padre chileno, mi español era limpio y sin modismos, pero el vínculo con las raíces de la Nonna siempre había sido mi motor. Por eso armé las maletas, crucé el océano con la meta de entrar a la facultad de Historia y Literatura el año entrante, y me instalé en este rincón del mundo.

Para mantenerme, había conseguido trabajo en una pequeña cafetería de la que unos españoles eran dueños, a unas pocas cuadras de casa. Allí, por suerte, se me exigía un muy básico italiano, ya que, bueno, era una cafetería española al final de cuentas. No era el empleo de mi vida, pero servir espressos y cornettos a los locales me ayudaba a practicar el idioma, pagaba el alquiler de este apartamento antiguo y me dejaba las tardes libres para vagar por las calles medievales, perdiéndome entre los callejones de piedra gris que, con las luces navideñas recién colgadas, parecían sacados de un cuento.

El problema era que ninguna de mis lecturas de literatura clásica me servía ahora mismo para descuartizar una calabaza para la cena. Tenía los dedos congelados y el estómago rugiendo.

Volví a tomar el cuchillo, decidida a no dejarme vencer. Justo cuando iba a lanzar un segundo o tercer asalto, un sonido ahogado viajó a través de la delgada madera de mi puerta principal.

Clac.

Pasos pesados y el eco seco de una llave girando en la cerradura. El apartamento de enfrente.

Me quedé congelada, con el cuchillo a medio aire. En el edificio solo conocía a una pareja de ancianos encantadores en el piso de abajo; resultaba que los italianos eran un poco... reacios a hablar conmigo. El apartamento que estaba cruzando el pasillo había sido un misterio absoluto durante mis primeros treinta días. La puerta permanecía cerrada a cal y canto, las ventanas que daban a la calle estaban siempre oscuras y jamás me había cruzado con un alma. Llegué a pensar que estaba deshabitado o que era de algún turista que prefería el verano.

Dejé el cuchillo sobre la mesada y, movida por una mezcla de curiosidad y desesperación culinaria, caminé descalza hacia la entrada. Me pegué a la madera y miré por la mirilla.

El pasillo común estaba casi a oscuras, pero alcancé a ver el borde de la chaqueta pesada y oscura de un hombre, seguido del sonido rotundo de una puerta cerrándose de golpe. Alguien acababa de entrar.

Miré de reojo hacia la cocina, donde la calabaza seguía burlándose de mí. Quizás el nuevo vecino era un ser humano normal. Quizás tenía un cuchillo mejor, o más fuerza, o simplemente un poco de piedad por una estudiante muerta de hambre.

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