Dos almas despiertan en los cuerpos del otro tras un misterioso accidente. Separados por miles de kilómetros, deberán aprender a vivir una vida que no les pertenece mientras buscan una forma de regresar. Entre el amor, la pérdida y la esperanza, des...
Sebastián y Natalia eran de esas parejas que parecían hechas la una para la otra. Él, con su mente analítica y su capacidad para resolver cualquier problema; ella, con su calidez y esa forma única de hacer que el mundo se sintiera más pequeño y manejable. Llevaban años juntos, y en ese tiempo habían construido algo que ambos creían sólido como piedra.
Hasta que llegó el correo.
Era un martes por la tarde cuando Sebastián lo abrió casi sin querer, entre decenas de notificaciones sin importancia. El asunto decía: *Felicitaciones - Beca Internacional de Excelencia Académica - Tokio, Japón.* Lo leyó tres veces antes de que las palabras tuvieran sentido: beca completa, alojamiento pagado, un año de estudios en una de las universidades más prestigiosas de Asia, y al finalizar, una posibilidad real de incorporarse a una empresa tecnológica de primer nivel.
Natalia lo supo por el grito que escuchó desde la sala.
Corrió a verlo y lo encontró de pie frente a la pantalla, con los ojos brillantes y una sonrisa que no cabía en su cara. Ella también sonrió, aunque algo en su pecho se apretó sin que pudiera explicarlo todavía.
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Los días siguientes fueron una mezcla extraña de alegría y ansiedad. Natalia, decidida a apoyarlo, le enseñaba japonés todas las tardes con una paciencia que a Sebastián le parecía conmovedora. Él se defendía bien en inglés y tenía nociones de francés y portugués, pero el japonés era un territorio completamente nuevo, un idioma que parecía construido con otra lógica del mundo.
-*Ohayou gozaimasu* -repetía Natalia, señalándole la boca para que imitara la forma-. Buenos días. Lo primero que vas a necesitar.
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-*Ohayou goza...* -Sebastián fruncía el ceño, y ella se reía.
-Otra vez.
Eran momentos como esos los que hacían que todo pareciera posible. Que la distancia fuera solo un detalle.
Pero Sebastián seguía pensando. Pensaba mientras estudiaba, mientras empacaba, mientras fingía dormir por las noches con Natalia apoyada en su hombro. Pensaba en los husos horarios, en los meses que se volverían años, en la forma en que las personas cambian cuando la vida las separa. Había visto esa historia antes, en amigos, en primos. Siempre comenzaba con videollamadas llenas de amor y terminaba en silencios incómodos que nadie sabía cómo romper.
No quería eso para ella. No quería eso para ninguno de los dos.
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La noche antes del vuelo, cuando el departamento de Sebastián ya olía a maletas y a despedida, le pidió a Natalia que se sentara con él.
-Tengo que decirte algo -comenzó, y el tono de su voz fue suficiente para que ella dejara de sonreír.
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Lo que siguió fue una de las conversaciones más difíciles que Sebastián había tenido en su vida. Intentó ser honesto sin ser cruel, claro sin ser frío. Le dijo que la quería demasiado para ofrecerle una versión a medias de sí mismo a través de una pantalla. Que una relación a distancia no era solo difícil, sino injusta para ambos. Que ella merecía a alguien presente, cercano, real.
Natalia lo escuchó en silencio durante un momento que pareció eterno.
Luego respondió que eso no tenía sentido. Que había maneras de hacerlo funcionar. Que otros lo lograban. Que ella estaba dispuesta.
-No es cuestión de estar dispuestos -dijo él con suavidad.
-Entonces, ¿de qué es cuestión? -la voz de Natalia se había endurecido-. ¿De que prefieres irte antes que quedarte conmigo?
-No es así.
-¿Entonces cómo es, Sebastián? Porque desde aquí parece exactamente así.
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Discutieron. Con palabras que dolían precisamente porque las dos personas conocían exactamente dónde apuntar. Natalia le reprochó años de relación tirados por una oportunidad laboral. Él intentó explicar que no era una competencia, que no se trataba de elegir entre ella y Japón, sino de hacer lo más honesto para los dos. Ninguno convenció al otro. Finalmente, el silencio se instaló entre ellos como un tercer cuerpo en la habitación.
Fue entonces cuando Sebastián, con la voz algo quebrada, le hizo la última petición:
-¿Me acompañarías al aeropuerto mañana? Como último favor.
Natalia tardó en responder. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana.