La princesa que nadie veía

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El Reino de Wonderland nunca despertaba de la misma manera dos veces. Algunas mañanas, el cielo era color lavanda y las nubes tenían forma de relojes. Otras, los caminos cambiaban de lugar antes de que el primer habitante saliera de casa. Incluso los rosales parecían ponerse de acuerdo para florecer donde nadie los esperaba. Pero había una costumbre que jamás cambiaba. Cada mañana, antes de que el castillo despertara por completo, Pink Hearts recorría los jardines. No porque estuviera obligada. Sino porque era el único momento del día en el que sentía que el reino también la escuchaba. Las flores la saludaban inclinando los pétalos. Los conejos blancos corrían a su alrededor. Los pájaros se posaban sobre sus hombros sin miedo. Ellos sí conocían su nombre.

-Buenos días, Margarita.

La margarita abrió lentamente sus pétalos.

-Buenos días, princesa Pink.

Ella sonrió.

Le gustaba cuando las flores decían su nombre completo. La hacían sentir importante.

-¿Dormiste bien?

-Muchísimo. Aunque la rosa roja de al lado no dejó de roncar.

-¡Yo no ronco! -protestó la rosa.

Pink soltó una pequeña risa. A veces pensaba que las plantas tenían más personalidad que muchos nobles. Continuó caminando mientras el sol comenzaba a iluminar el enorme castillo de corazones. Un grupo de sirvientes cruzó el jardín cargando varias cajas.

-¡Buenos días! -los saludó ella.

Todos respondieron con una sonrisa.

-Buenos días, princesa.

Ninguno dijo "Pink". No era algo malo.
Simplemente... No lo hacían. Ella siguió caminando.No dejó que aquello le quitara el buen humor. O al menos eso intentó.

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Dentro del castillo, el ambiente era completamente diferente. Los criados iban y venían preparando el viaje hacia Auradon. Vestidos, baúles, libros y regalos diplomáticos. Todo debía estar listo antes del mediodía. La Reina de Corazones supervisaba cada detalle desde el gran salón.

-¡Ese baúl va al carruaje principal!

-¡No, el vestido rojo oscuro es para Red!

-¡Con cuidado! ¡Es porcelana de Wonderland!

Pink entró dando pequeños saltos.

-¡Buenos días, mamá!

La Reina levantó la vista apenas un segundo.

-Buenos días, querida.

Volvió inmediatamente a revisar una lista interminable.

-Red, asegúrate de llevar la capa ceremonial.

-Ya la tengo.

-Perfecto.

Pink permaneció unos segundos esperando.Quizás su madre también tenía alguna tarea para ella.

Quizás...

-Pink.

Sus ojos brillaron.

-¿Sí?

-¿Podrías revisar que tus maletas estén listas?

-¡Claro!

Era una tarea sencilla, muy sencilla. Pero ella sonrió igual.

-Enseguida.

Subió las escaleras casi brincando.No porque aquella misión fuera importante. Sino porque, al menos por un momento, sintió que también era necesaria.

Cuando el destino aprendió a esperarnosStories to obsess over. Discover now