Mucho antes de que Jurassic World abriera sus puertas, un experimento secreto fue creado en las profundidades de Isla Sorna. Un proyecto que nunca apareció en los registros de InGen y cuya existencia fue borrada de la historia.
Años después, mientra...
Isla Sorna, Archipiélago de las Cinco Muertes diciembre de 2001
Una tormenta azotaba Isla Sorna con una intensidad poco común para aquella época del año.
Las gruesas gotas de la lluvia golpeaban la espesa vegetación mientras el viento soplaba con fuerza, agitando las copas de los árboles como si intentara arrancarlas de raíz. El rugido de los truenos se mezclaba con los sonidos de las criaturas que dominaban la isla, creando una sinfonía salvaje que recordaba constantemente que aquel lugar pertenecía a otro tiempo.
A simple vista, la isla parecía estar completamente abandonada.
Después de los recientes acontecimientos ocurridos allí, InGen había retirado oficialmente a la mayor parte de su personal. Los informes públicos aseguraban que todas las investigaciones habían sido suspendidas y que las instalaciones permanecerían cerradas de manera indefinida.
Eso era lo que el mundo debía creer.
Porque bajo aquella inmensa jungla peligrosa...
La realidad era muy distinta.
Oculto bajo toneladas de roca y acero reforzado, un ascensor descendía lentamente hacia un nivel inexistente en cualquier plano oficial de InGen.
Un laboratorio construido hace algunos años atrás.
Un laboratorio cuya existencia solo conocía un reducido grupo de personas.
Cinco científicos.
Cinco personas en todo el mundo conocían aquel lugar.
Ningún directivo de InGen.
Ningún miembro del consejo administrativo.
Ningún gobierno.
Solo ellos.
Cuando las puertas se abrieron, una inmensa sala iluminada por luces blancas apareció ante los presentes.
Filas de servidores procesaban información genética sin descanso.
Incubadoras artificiales permanecían activas.
Brazos robóticos manipulaban muestras biológicas con una precisión milimétrica.
En enormes pantallas holográficas se proyectaban millones de pares de ADN desplazándose constantemente, formando secuencias que ningún otro laboratorio del mundo habría sido capaz de interpretar.
No había logotipos.
No existían registros digitales conectados a la red principal de InGen.
Ningún documento mencionaba aquel lugar.
Para la compañía...
Ese laboratorio jamás había existido.
En el centro de la sala permanecía un hombre observando cada uno de los datos con absoluta concentración.
Vestía una impecable bata blanca sobre un suéter negro de cuello alto.
Sus manos descansaban detrás de la espalda mientras observaba las secuencias genéticas con absoluta serenidad.
No había nerviosismo en su rostro.
No había dudas.
Solo la expresión de un hombre convencido de que estaba a punto de cambiar la historia de la ingeniería genética.
Era el doctor Henry Wu.
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