Mi padre siempre fue un tío ausente. De esos que aparecen cada seis meses con una promesa vacía en la boca y desaparecen al día siguiente sin mirar atrás. Por eso, cuando mi abuela falleció y el mundo de mi madre se vino abajo, todo se fue a la mierda. Ella no supo lidiar con el dolor; prefirió beber, drogarse y hacer como si nada le importara, dejando que nuestra vida se consumiera poco a poco.
Así fue como un día llegué a casa y me encontré a los de servicios sociales parados en la puerta con una furgoneta blanca de esas que parecen de secuestro. Vinieron específicamente porque unos vecinos metieron las narices donde no debían; se pasaban el día cotilleando sobre nosotras y eso les llegó a los oídos. No sé muy bien cómo, solo sé que cuando soltaron todo su rollo diciendo que mi madre pasaba la mayoría del tiempo bebiendo, desaparecida por ahí, y que cuando volvía solo había discusiones. Solo buscaban demostrar que no era apta para tener mi custodia y que me tenía que ir con mi padre.
Esos señores que apenas conocía y había visto cuatro veces en mi vida se creían con derecho a decirme qué hacer y con quién vivir, solo porque mi madre estaba medio loca y no sabía cómo afrontar sus problemas. Todo según los puñeteros cotillas del barrio, que hablaban sin conocerla y a los que ellos creían sin tener la otra versión. Al oponerme, me obligaron a irme cerca de él para tenerme controlada. Lo cual a mí me parece una verdadera chorrada, porque en unos meses cumplo los dieciocho y me largaria de aquí,de todos modos.
Pero se adelantaron. Y otra vez me soltaron el discurso de que todavía soy menor y necesito que alguien se ocupe de mí. Por más que intentaba decirles que podía apañármelas sola y que mi madre, aunque pareciera que no, se pasaba más tiempo sobria que borracha, no me creyeron. Si no les hacía caso y me mudaba cerca de él, le quitarían la custodia a mi madre y tendría que vivir un infierno en la casa de ese tipo, donde se cree que el dinero cae de los árboles y su familia es perfecta.
Me llamo Alisson Miller, tengo diecisiete años y hoy me he mudado a este maldito lugar. No estoy aquí por gusto. Estoy aquí porque un juez o el destino decidieron que mi padre tenía que ejercer de adulto por una vez, obligándome a estar cerca de su nueva, millonaria y perfecta vida
☆
Ya había pasado una semana desde que los de servicios sociales habían venido a vernos. Nos dio el tiempo justo para poder encontrar una casa donde vivir y una universidad donde pudiera seguir estudiando.
Me desperté a las cinco de la mañana para poder estar lista y terminar de meter las cosas en las cajas; a las siete llegaba el camión que nos ayudaría con la mudanza. Mamá se levantó apenas treinta minutos antes de que vinieran a recogernos. Le dejé una aspirina y un vaso de agua encima de la mesa porque ayer había bebido un montón; y, aunque nunca en mi vida he tenido resaca, sé cómo combatirla mejor que ella.
Escuché sus pasos arrastrándose por el pasillo, arrastrando los pies con esa pesadez típica de sus mañanas de resaca. Cuando asomó la cabeza por la cocina, con los ojos entrecerrados por la luz y frotándose las sienes, vio el vaso y la aspirina.
-Alisson, cielo... -empezó a decir, con esa voz ronca y cargada de una culpa que ya me sabía de memoria. Dio un paso hacia mí, intentando buscar mi mirada-. Lo de ayer... de verdad que yo no quería...
-Tómate la pastilla, mamá -la interrumpí, sin mirarla, concentrada en precintar la última caja de cartón con todas mis fuerzas-. No tenemos tiempo para esto.
Abrió la boca para replicar, para soltar alguna de sus típicas excusas, pero el destino se puso de mi parte. El estruendo de un motor pesado rompió el silencio de la calle y dos bocinazos secos resonaron desde fuera.
El camión de la mudanza ya estaba aquí.
-Vienen a por las cosas. Moveros si no queréis que nos cobren el doble -solté a los operarios que ya llamaban al timbre, pasando por el lado de mi madre sin darle opción a réplica mientras me colgaba la mochila al hombro.
El caos de los hombres cargando cajas y muebles de un lado a otro se convirtió en mi refugio perfecto para no tener que cruzar ni una sola palabra más con ella.
Empezamos a cargar las cosas y en menos de una hora ya habíamos dejado la casa vacía. Dejé las llaves sobre la mesa del comedor para que el casero se pasara a por ellas en cuanto se despertara.
Al salir, escuché que mi madre me llamaba con la voz un poco ronca por no haber dormido bien y por tener la resaca de su vida.
-Alisson, cariño... -Puso esa voz suave que usa cada vez que la caga conmigo para intentar solucionar las cosas-. ¿Te vas a despedir de Olivia? Erais muy amigas y no quiero que por mi culpa os separeis...
-Déjalo, mamá -le espeté, sin pararme a pensar en el tono que acababa de usar con ella. Estaba enfadada, vale, ¿pero cómo era posible que, por mucho que se la hubiera pasado bebiendo, no se hubiera dado cuenta de que me había peleado con Olivia? ¿Acaso ya no sabía ni dónde vivía? Pues no, claro que no, si llevaba más de una semana viviendo a base de cervezas y de los chupitos que se tomaba cuando se iba al bar. Vale, conciencia, ya sabemos que tú también estás enfadada con ella por tocar el tema de Olivia. Aunque, más bien, para ser sincera, estaba dolida. Olivia y yo éramos amigas desde que tengo uso de razón y, hasta hace unas semanas, antes de que pasara todo esto de los servicios sociales, éramos inseparables. Hasta que en una fiesta a la cual yo no había ido, ella se había besado con mi ex, Alan. Y a ver, no es que él me siguiera interesando, pero joder, eres mi amiga; se supone que al menos tienes que tener un poco de respeto hacia mí, ¿no?
El camión volvió a dar un bocinazo que me dejó prácticamente sorda y eso me devolvió a la realidad. Creo que es mejor irme sin despedirme de nadie y que todo se quede como está. Total, aquí ya no tengo nada; todos mis amigos se han puesto del lado de Olivia y ella ya no me habla. Y si bien había pasado una semana recibiendo mensajes y llamadas suyas, no me apetecía mucho hablar del tema, más que nada porque sabía que la iba a mandar a la mierda por lo que había hecho.
Subimos al coche siguiendo al camión. Tuve que conducir yo porque mi madre apenas podía caminar de la resaca que tenía y, si no quería que nos estampáramos contra él, era mejor que condujera yo.
Pasaron exactamente cuatro horas. Necesitaba descansar y estirar las piernas, así que le dije a mi madre que le mandara un mensaje al del camión para que parara en la próxima estación de servicio; así podríamos comer algo y, de paso, echar un poco de gasolina. Llevábamos todo el viaje metidas en un silencio sepulcral, uno de esos que resultan jodidamente incómodos, por lo que la orden que le di a mi madre fue la primera palabra que salía de mi boca desde que nos pusimos en marcha. Ella ni rechistó. Se limitó a teclear con los dedos torpes en la pantalla del móvil, soltando un leve quejido cuando el brillo del teléfono le dio directo en los ojos.
Unos diez minutos después, las luces del camión comenzaron a parpadear a la derecha, desviándose hacia una gasolinera de carretera que parecía sacada de una película de terror: un cartel luminoso medio fundido, un asfalto agrietado por la lluvia y un olor penetrante a gasoil y comida frita. Aparqué el coche a unos metros de los surtidores y apagué el motor. El repentino silencio dentro del coche se me echó encima como un peso enorme. Mi madre se quedó quieta, mirando a la nada a través del parabrisas mojado, como si tuviera miedo de romper el hielo.
-Voy a por algo de comer -solté secamente, abriendo la puerta antes de que se le ocurriera decir nada-. Quédate aquí si quieres.
Al bajar, el aire frío de la autovía me golpeó la cara y, por primera vez en cuatro horas, sentí que podía respirar. Entré en la tienda de la estación dispuesta a pillar un par de sándwiches y un café cargado que me mantuviera despierta el resto del trayecto. Al mirar el móvil vi que eran recién las once de la mañana. Estaba agotada; ayer no había dormido nada bien, la cabeza me daba vueltas y no podía dejar de pensar en lo que iba a ser este jodido viaje. Al salir de la tienda de la gasolinera, con los sándwiches y el café en las manos, me di cuenta de que el clima no estaba muy agradable que digamos. Estaba a punto de llover y, si no nos dábamos prisa para llegar, nos pillaría toda la tormenta en la carretera.
Ok es mi primera vez escribiendo,espero que os guste y estaré tratando de actualizar seguido!!
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Aunque el alma este rota
RomanceDicen que el destino no se equivoca, pero a mí me ha mandado directa al infierno. O bueno, a lo que los demás llaman un "paraíso": Lake Forest. Obligada a empezar de cero en un mundo de apariencias, dinero fácil y familias perfectas que dan asco...
