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La teoría del desastre

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"Dicen que la vida universitaria es la mejor etapa, pero nadie te advierte que el principal requisito es sobrevivir a ella sin perder la cordura en el proceso."

El campus de la Universidad de St. Jude tiene una extraña manera de hacerme sentir como una extraña en mi propio hábitat. Entre el olor a libros viejos y el constante murmullo de gente que parece tener su vida perfectamente resuelta, yo solo intento sobrevivir a mis clases de veterinaria sin morir en el intento.

«Otra vez tú, Nova», mi conciencia se despereza con sarcasmo mientras observo a un grupo de estudiantes de administración caminando como si fueran dueños del lugar. «Mirando a la nada, pensando en todo y sin haber terminado ni la mitad de las lecturas. Un plan brillante».

Mi monólogo interno fue interrumpido por el sonido de unos tacones que, honestamente, no pertenecían a la facultad de veterinaria. Levanté la vista y, por supuesto, ahí estaba ella. Cara Montgomery, impecable como siempre, cruzando el patio con esa energía que parecía decir que el mundo era su pasarela privada.

—¿Acaso no tienes algo que se llama vida? —le solté, levantando una ceja mientras cerraba mi libreta de apuntes.

Cara ni se inmutó; se detuvo frente a mí con esa sonrisa pícara que la caracteriza.

—Darling, desde que aparecí en tu camino es que la tienes tú, pedazo de pitufa.

No pude evitar soltar una carcajada. Ese intercambio de insultos cariñosos era nuestro idioma universal. Mientras ella me empezaba a contar cualquier drama insignificante de su facultad, mi mente hizo ese pequeño flashback inevitable.

Caminaba por el pasillo del último año de bachillerato, intentando concentrarme en la lista de términos biológicos para el examen, cuando el mundo colisionó. Un impacto seco, un sonido de cartón arrugado y, de repente, una mancha marrón y humeante descendía por una melena roja que, hasta hace dos segundos, estaba impecable.
La dueña del cabello, que ahora parecía una zanahoria accidentada, se quedó paralizada. Me miró, miró su blusa, miró su pelo y luego soltó.

—¿Eres imbécil o te entrenas para esto?

Yo, con mi instinto de supervivencia brillando por su ausencia, no pude evitarlo. Recordé ese meme que tanto nos obsesionaba y solté.

—¡Estúpida, mi pelo! —dije imitando el tono dramático a la perfección.

Ella me miró, procesando la estupidez que acababa de salir de mi boca, y de repente, una risita salió de su garganta. En diez segundos, ambas estábamos dobladas de la risa en medio del pasillo.

Ahora que lo recuerdo, mirando hacia atrás (pienso mientras observo a Cara reírse de alguna tontería en la cafetería, años después), tengo que admitir que en ese preciso momento, mientras ella intentaba limpiarse, pensé: "Vaya, qué chica tan mona".

«Sé lo que estás pensando » me digo a mí misma, sabiendo que mi conciencia está ahí para juzgarme. Sí, lo pensé. Fue un pequeño lapsus, soy humana, ¿ok? Pero jamás, ni en un millón de años, podría ver a mi "pequeña zanahoria" de otra forma que no fuera como mi hermana. Es un código sagrado.

—Soy Cara —dijo ella en aquel entonces, secándose una lágrima de la risa.

—Nova —respondí yo, sonriendo de verdad por primera vez en toda la semana.

Y así, con una mancha de café y un par de frases ridículas, nació nuestra amistad. Fue el inicio de todo.

—¿Qué pasa ?—preguntó Cara, sacándome de mis pensamientos mientras se sentaba a mi lado en la cafetería, dejando su mochila sobre la mesa como si fuera la dueña del lugar.

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