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*CAPÍTULO 1 | 3:12 AM*

Pleno julio. Noche lluviosa con un frío que quema, irónicamente. Las calles desiertas. La galería de Güemes estaba muerta, todo cerrado, olor a humedad. El viento hacía que lloviera de costado, empapando todo a su paso.

La única luz prendida en toda la cuadra era un pequeño local de tatuajes. _Bajo la piel_, se podía leer en unas letras rojas gastadas. A lo lejos se oía el peculiar zumbido de la máquina y hacía eco en tanto silencio.

La puerta de metal chirrió al abrirse, dando paso a ella.
1,60m de ira e inquietud en la mirada, totalmente empapada.
Un buzo negro tres talles más grande que ella, con una capucha que le cubría la cara y dejaba salir unos mechones rojos rebeldes. Una campera negra de cuero, gastada, que se veía pesada de tanta agua. Pantalón ajustado roto en ambas rodillas, botas de cuero desalineadas y viejas.

Entró como un huracán. No pidió permiso ni se disculpó cuando dejó todo mojado a su paso. Se limitó a cerrar la puerta tras ella y se apoyó en esta misma, como si estuviera más segura allí dentro.

Alessandro se limitó a escanearla con la mirada. La piel blanca le tiritaba y algo decía que no era de frío. Tenía los nudillos mal vendados, llenando de sangre las sucias tiras.

Se levantó de su lugar con una tranquilidad inquietante, dejando la máquina en una bandeja. Provocó un sonido del metal chocando con el acero. No hizo preguntas como "¿qué te pasó?", "¿estás bien?" o "¿llamo a la policía?". Solo se limitó a observar, cauteloso, mientras se quitaba la tinta de las manos.

-No voy a preguntarte nada, ni acercarme sin tu permiso -dijo con un tono de voz suave y gruesa-. Pero hay que limpiar esas heridas.

Ella lo siguió con la mirada, expectante, a la defensiva.
El silencio se instaló entre ellos. Afuera, la lluvia sonaba más fuerte contra el local. Lo que significaba que podía ganar tiempo allí. Así que, de la nada, ella soltó:

-¿Podés tatuarme?

Alessandro no se movió. Unos ojos intensos color miel se clavaron en ella, viendo con detalle sus movimientos. Mientras se sacaba esa vieja campera mojada y se quitaba la capucha, dejó ver su rostro. Intacto a comparación de sus manos. Unos mechones rebeldes se le pegaban en la frente, haciendo que el rojo intenso de su pelo resaltara su tez blanca, sus labios gruesos y sus ojos azules cargados de ira... y algo más.

-Tenés que curarte las heridas -dijo el nuevamente, cautivo con su belleza.

Ella rió con amargura, adentrándose en el local.
-No necesito tu lástima, tatuador.

Él se pasó las manos por el pelo, alborotándolo aún más.
-No es lástima. Y no voy a obligarte a hacerlo. Pero es la regla: si entrás sangrando a mi local, te limpio -dijo en un tono de voz tranquilo y divertido, acercándose al sillón de cuero negro que estaba en el rincón.

Por primera vez en años, ella no levantó los puños a la defensiva. Estaba cansada, harta de todo ese día. Y ese hombre simplemente se limitó a esperar respuesta. No forzó. No interrogó.

-Puedo limpiarme sola -dijo ella, acercándose al lavamanos que estaba delante de un gran espejo. No le importó no pedir permiso. Se quitó las vendas, las arrojó en el tacho y se lavó sin hacer ningún tipo de mueca-. ¿Tenés algo para que pueda vendarlas? -preguntó con voz áspera.

Él se levantó tranquilo y sacó de abajo de la camilla un botiquín. Se acercó, tendiéndoselo.

Ella levantó la vista y lo miró a través del espejo. Parado justo detrás de ella. 1,87m de alto, con mirada intensa color miel, tatuajes por doquier, cabello rubio alborotado. Tuvo que levantar la cara para encontrarlo.

Se tensó al instante que sus manos se rozaron. Él volvió a darle la espalda y caminó nuevamente al sillón.
Le estaba dando el control. Le estaba dando espacio. Agarrando la situación con pinzas.

-Entonces, pelirroja, ¿qué querés tatuarte? -soltó de repente para cortar la tensión del ambiente-. Depende cómo estén tus heridas. Veremos si estás apta para tatuarte, ¿te parece?

La pregunta quedó flotando, entre el ruido de la lluvia que no cesaba afuera, el olor a tinta y alcohol, y la mirada intensa de él.

Ella, sin contestar, con las manos apoyadas en la bacha, lo volvió a mirar a través del espejo. Se dio la vuelta tranquila. Se sacó despacio el buzo por arriba, quedando únicamente en un top deportivo. Él la miró expectante, apretando la mandíbula. No por sus prominentes pechos, sino por las marcas viejas en su cuerpo que se camuflaban con tinta. Se puso de costado, dejando ver un moretón que se estaba casi extinguiendo en el costado de sus costillas.

-Quiero algo grande, que tape todo esto -dijo ella, pasando un dedo por el contorno del moretón, con la voz apagada.

Silencio.

-Vos elegís -dijo él, tendiendo un libro de dibujos-. Decime cuál querés y empezamos.

Ella sonrió al ver uno en particular. Era una risa de maldad pura. Y a él le pareció de lo más tierna.

-Quiero este -había dicho ella, con emoción. O tal vez algo más que no podía descifrar. Era una serpiente enroscada en una calavera con una espada atravesada.

-De acuerdo, vos mandás, rojita -soltó él con gracia-. Subí a la camilla y ponete cómoda. ¿Querés que ponga anestesia en la zona?

-No -dijo ella, mirando directo a sus ojos-. Quiero que el dolor borre el recuerdo.

La tensión se volvió palpable. Dejando un sinfín de preguntas que no tendrían respuestas.

Ella se recostó en la camilla. Él se sentó a un lado y, con el tono más dulce, dijo:
-Avísame si querés que pare. Y lo haré.

Ella no tenía ni idea de lo que se escondía detrás de ese chico rudo lleno de tatuajes. De lo dulce que él era.

Y él no se imaginaba que el Huracán Amelia iba a arrasar con su cordura y todo a su paso.

MUROS DE TINTACerita yang bikin terobses. Temukan sekarang