Prólogo - La arena.

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Estaba siendo un pésimo día para ser una semi-diosa, o al menos así se sentía Merlian. Descansaba tendida en la arena de cara al cielo. A su alrededor poderosas nubes de arena rodeaban la zona como murallas, el círculo giraba pero no se estrechaba, encerrando todo lo que estaba adentro de él. El sol era inusualmente brillante ese día, arruinando la casi nula tranquilidad que podía tener. Incluso así, con los gritos amortiguados por los fuertes vientos y su piel quemándose en la arena, quería dormir.

«Pero no es momento de descansar...» pensó con demora. Sabía que debía levantarse, pero se le dificultaba. Hacía tiempo que no descansaba.

Su cuerpo le dolía y por costumbre intentó regenerarse. Fue en vano, claro está, pues las arenas ya no la escuchaban. Nunca fueron suyas en primer lugar. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la molesta sensación de picor en su espalda. La razón le decía que se levantará, gran parte de ella solo quería quedarse ahí, dormir en la arena y fingir que nada malo estaba ocurriendo, que su vida aún tenía sentido.

—¡Despiertenla! —Gritó una voz. «Quizás Saudro» pensó.

Escuchó pasos apurados venir hacia ella, supuso que la persona tenía cierta habilidad para moverse en el desierto. Alguien la agarró de los hombros y la sacudió. Su amiga Kaely la miró con un rostro lleno de preocupación.

—¡El peso de aquella que toque será más liviano! —dijo con poder en su voz. Merlian se sintió más ligera de golpe, lo que la sacó de su estupor. Se levantó con ayuda de Kaely y miró a su alrededor.

Cerca a ella habían varias personas azotadas por los fuertes vientos. Contó cabezas y se sintió mareada al saber que eran menos, y que el destino de los demás era incierto.

—¡Merly, Lun no despierta!—gritó Kaely con un lamento que rara vez escuchaba— . Usó el bastón!

Merlian se volteó hacia sus compañeros. Saudro estaba arrodillado en la arena mientras sostenía a Lunhde, quien tenía una expresión de calma imposible para la situación. Merlian lo envidio.

—¡Los que duerman despertarán! —Gritó Saudro, quien cayó dormido al instante. Pero ni rompiendo su ley pudo despertar al Emperador de la Suerte. Así de fuerte parecía ser el antiguo artefacto.

«No» se dijo Merlian con una claridad inesperada. «El bastón y su contra efecto era fuerte, pero no tanto. Debe haber sido amplificado»

Entonces, con una ira que la terminó de despertar, fijó su mirada hacia arriba. Los demás ya lo hacían. En el cielo azul, una canoa volaba sobre el aire, dando vueltas sobre el pequeño desierto. Una figura estaba parada en ella, mirando con calma aquel escenario.

—Essau....—dijo con un gruñido impropio de ella.

La razón por la que estaban ahí. Un traidor. Un hombre sin corazón, Setracsed.

Merlian apartó la mirada y vio la desesperación en los ojos de los demás. Quien hace unos momentos reía con ellos ahora parecía listo para hacerlos sus enemigos. No sólo a ellos, sino al mundo entero. Lejos del grupo vio a Otum, Emperador de las Cadenas, cuya mirada fría dictaba sentencia sobre Setracsed.

Mientras tanto, el hombre con muchos nombres se mantuvo en silencio. Su expresión era un misterio por la máscara que llevaba. Lentamente levantó su mano izquierda, en la cual llevaba un gran reloj de arena.

Merlian supo que era la hora y volvió a ver a sus aliados. Tomó el suspiró más profundo de su vida, y gritó con una fuerza desconocida.

—¡Manténganse unidos! —dijo lo primero que se le ocurrió, no tenía cabeza para inventarse un discurso—. ¡Nuestro enemigo es claro, sometan a Essau!

Dio una orden vaga sin mucha confianza. Incluyendo a ella, solo cuatro podrían hacerle frente a Setracsed. Otum no era de confianza y Lunhde había caído en coma. Solo quedaban ella y Auryn.

«Auryn...» Sintió pesar al mirar a la mujer, pues en sus ojos ya no había rastros de emoción. De todos los presentes, ella fue la más afectada por la situación.

La rabia dentro de Merlian aumentó y miró hacia arriba. El reloj en la mano del hombre empezó a brillar. Entonces los vientos arrastraron la arena con más fuerza y las nubes se cerraron, listas para devorarlo todo.

El hombre siguió en la barca con postura relajada. Merlian deseaba arrancarle la máscara para ver su rostro. Se preguntaba si su calma era otra mentira, o si estaba a punto de desafiar a las Leyes con tranquilidad, como si fuese a comer un bocadillo. El hombre bajó la cabeza, difícil de ver por la luz. Merlian sintió que la miraba. Quizás era su manera de desafiarla, como era habitual en él.

«Ignor... Fardes di esturet.... Langüan.... »

A medida que la luz se hacía más fuerte Merlian escuchó las voces antiguas. Las ignoró y se concentró en Setracsed, al verlo tan impoluto se sintió revitalizada. Decidió que todavía quedaba algo por lo que vivir. Frustrar los planes del traidor al que llamó amigo y salvar a la humanidad.

Voluntades sagradas.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora