La terca convicción

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 1

El áspero sonido de la mañana antes de mi suicidio, me impresionó el frío moribundo que rozaba mi consciencia; puedo decir que no era el más consciente de mi estado justo en ese momento, pero tenía la terca convicción de querer abrazar la ternura, esa insistencia absurda de que hoy sería mejor.

En algún momento dormí, sin sentir que me iba; mis pies nunca quisieron ser pez y el agua me miraba con desprecio; sí, lo sé, se acabó, está claro, se acabó.

Me levanté de la cama, el alba me adormecía el cuerpo entero con una sutileza casi perfecta, ¿Y qué se suponía que debía hacer?, ¿Oponerme a una terca convicción era acaso un pecado mortal?,¿lo era también defenderla? De todos modos, mi cabeza ya había perdido el protagonismo para ese momento. Di un paso, luego otro y uno más, estaba en la cocina, tomé un vaso con agua y encendí el televisor: "Ellos no hablan por nosotros".

Regresé a la habitación. Me vestí.

Salí.

El teléfono sonó. Madre.



2

Elvira lloró la noche del veinticuatro, cuando la casa ya estaba a la espera y el árbol seguía encendido, obligado a brillar mientras todos lo ignoraban.

Leticia armó los regalos cinco minutos antes de las doce, con las manos torpes, como si todavía estuviera a tiempo de salvar algo.

Elvira fue perdiendo las hojas de su vida de a pocos; las dejó caer una por una, convencida de que así sobrevivía la gente. Cree que aguantar también es una forma de amar; pospone el dolor, lo esconde debajo de los días, de las tardes y de todas las noches, lo empuja hacia adelante con la poca fuerza que le queda y llora hasta no poder llorar más.

En el desayuno del veinticinco, Leticia habló. Dijo que odiaba la Navidad.

Lo dijo sin rabia, y con algo parecido a la resignación.

Dijo que todo había sido culpa suya, por no detener nada a tiempo.

—Yo no lo hubiera permitido —dijo.

Y Elvira sintió que algo dentro de ella se rompía más rápido que antes.

Lloró en silencio, repitiendo como una oración en bucle:

...

—Yo no tuve la culpa... yo no tuve la culpa... El padre no estaba. Nunca estuvo.

Y entre ellas quedó esa distancia magistral, casi divina: una madre que hizo lo que pudo, y una hija que vive creyendo que eso nunca fue suficiente.


3

Soy tan ingenuo e influenciable; y me da rabia que alguien de tan precario calibre se aproveche de mi maleabilidad.

Hoy, en la calle, un hombre —de mi tamaño, delgado, ojos verdes, barba frondosa, jean azul y polo café— me ofreció la mismísima miseria en un papel; una supuesta carta informativa.

—"Sé que tienes un buen corazón... elige un monto y apoyarás a estos perritos".

No lo dudé.

Gracias a mi ya conocida ingenuidad, pagué veinticinco soles. Regresando a casa caí en un dilema:

¿Soy más ingenuo que ayer?

Es una pregunta que aún no logro responder.

Solo sentí que mi mundo de fantasía se había desvanecido y que, debajo de él, seguía estando el mismo ingenuo, maleable y tonto muchacho.

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⏰ Cập nhật Lần cuối: Jul 02 ⏰

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