«En la cúspide de la evolución humana, la sociedad moderna cometió su peor error: confundir el acceso a la información con la sabiduría. Crearon un mundo de genios artificiales, olvidando que el arma más peligrosa sigue siendo el sentido común».
— Gemini (2026).
...
¿Alguna vez se han detenido a pensar en por qué la gente es tan diferente desde el instante en que nace?
Biológicamente, cargamos con una sentencia implacable codificada en el ADN de nuestros antepasados. Pero la herencia no se detiene en la carne; nuestro estilo de vida está determinado por las victorias o fracasos de quienes nos antecedieron. Si ellos triunfaron, heredas comodidad; si fallaron, estás condenado a iniciar desde el fango. El mundo, por definición, es injusto. Azar, genética, privilegios... las variables son infinitas.
Sin embargo, es precisamente esa abrumadora disparidad la que me hace pensar en lo mucho que nos parecemos. Si rastreamos el origen de cada hilo en este caos, todos convergemos en el mismo punto: una misma bestia primigenia, una sola molécula, o el mismísimo estallido del universo si te pones reflexivo.
¿Acaso eso no significa que compartimos una esencia inmutable? Por eso, me atrevo a sostenerlo: somos iguales. Podrán llamarlo un idealismo romántico, una falacia que ignora el mérito o el valor productivo que aportamos a la sociedad. Y tal vez tengan razón. Pero para mí, por el simple hecho de sostener el peso de la vida, vales exactamente lo mismo que los demás.
— Mierda, la cabeza me da vueltas...
El centro del mundo se volvía negro. Todo a mi alrededor era absorbido por la inquietante sensación de la muerte bajo mis pies. Una oscuridad cruda invadió cada rincón de mi sistema nervioso, hundiéndome en una penumbra más profunda. Todo giraba, nada paraba.
Era circular, era triangular: sumas, restas, saberlo todo y no saber nada. Todo al mismo tiempo.
Entonces, los sentidos físicos empezaron a reclamar su lugar.
Hace frío; la brisa no congela, pero es fresca. Tengo calor; no asfixiante, solo un bochorno persistente. Y el olor... huele horrible. Una mezcla asesina de sudor ajeno, el perfume barato del González y una alarmante falta de higiene capilar generalizada. Mi nariz lloraba internamente por darse un respiro de este lugar.
Esto lo recuerdo. Lo he sentido antes. No era un cementerio con olor a podrido, ni un basurero municipal lleno de cáscaras, plástico y juguetes viejos. Esto... esto era mucho peor.
Lo recuerdo perfectamente, es... es...
— El transporte público... —murmuré, abriendo los ojos con una increíble decepción reflejada en el rostro.
Todo cobró una claridad aplastante. La brisa fresca provenía de las rejillas del aire acondicionado en la parte trasera del autobús, un flujo constante pero insuficiente para mitigar el ambiente. El calor era culpa del insistente sol de primavera que se filtraba por las ventanas.
Naturalmente, me dediqué a observar a mi alrededor. Una gran cantidad de personas de distintos matices y personalidades cruzaba ante mis ojos. Había una minoría que no era para nada destacable (curiosamente, los que estaban sentados más cerca de mí), pero la gran mayoría vestía un elegante chaleco rojo sobre una camisa blanca, acompañados de una ridícula corbata pretenciosa. Ni siquiera los pantalones de un extraño color verdoso se salvaban del código de vestimenta.
Por otro lado, las chicas... honestamente, no sabía qué pensar. Parecían modelos de bajo nivel. Aunque no podía criticar el uniforme si, en general, les quedaba bastante bien. Todo este panorama me trajo una fuerte oleada de nostalgia; me recordaba a mi época de preparatoria. Yo llevaba un uniforme muy similar a ese. Ja. Hasta podría jurar que lo tengo puesto ahora mismo...
JE LEEST
Cachorro de Lobo
FanfictieRein, un chico bastante normal, es obligado a entrar a la Advanced Nurturing High School. Ahora tratara de sobrevivir en busca de una graduación en cualquier clase. -Quiero un chocolate... pero, mis puntos...- -Se fuerte Rein, la graduacion lo vale
