Hombre pequeño, mujer promedio

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—¿Qué te pasa? Estás muy callado. ¿Qué pasó?

Ella se detuvo a medio camino entre la sala y el pasillo que llevaba a las habitaciones. Tenía un florero entre las manos, uno que pretendía llevar al recibidor de la casa.

Él estaba hundido en el sillón de la sala, mirando hacia el jardín interior del otro lado de la ventana.

—Hay días en los que no puedo dejar de pensar que desearías estar con alguien normal. Con una estatura normal —dijo él, sin mirarla—. Hoy es uno de esos días.

Ella dejó el florero sobre la mesa de centro.

No respondió de inmediato.

Primero se sentó junto a él. Luego buscó su mirada y se quedó así, observándolo en silencio. Sin juicio. Sin enojo. Solo mirándolo.

Fue un silencio largo. Lo suficiente como para decir algo sin necesidad de palabras.

—Sabes lo que voy a tratar de decirte, ¿cierto? —preguntó ella, con un tono suave—. Sabes que voy a intentar decir algo que te haga sentir bien.

—Sí... —respondió él.

Fue un sí susurrante. Un sí que venía desde la vergüenza de saberse patético por sentirse así. Otra vez.

Ella respiró hondo.

—Escucha, hombre pequeño —dijo con firmeza.

—¡Oye!

Decirle pequeño era como poner el dedo directamente sobre la herida. Tenía que frenarla antes de que siguiera ... ¿no?

—No. Escucha —lo interrumpió ella, apagando cualquier intento de indignación—. Eres un simple ser humano. Tienes defectos.

Él bajó la mirada.

—Yo también soy un ser humano —continuó ella—. También tengo defectos.

Se inclinó un poco hacia él.

—Eres una persona. Estás lleno de inseguridades. Yo también soy una simple personilla, y también estoy llena de inseguridades.

Él levanto la mirada.

—Eres un ser humano —dijo ella—. Tienes deseos que van más allá de mí. Me amas, y aun así, alguna vez has sentido deseo por otra mujer. —Yo también soy un ser humano. Tengo deseos que van más allá de ti. Te amo, y aun así, alguna vez he sentido deseo por otro hombre.

Eso no es algo que elegimos —dijo ella—. Eso es algo que simplemente sentimos.

Dejó pasar un segundo antes de continuar.

—Y en medio de todo eso, de esa vorágine de emociones, miedos y deseos que nos invaden como intrusos, está lo único que de verdad nos pertenece. 

Nuestra elección.

—Yo te elegí a ti, hombre pequeño.

La frase, esta vez, no dolió igual.

—Y tú me elegiste a mí, mujer promedio.

Una pequeña sonrisa triste se dibujo en sus labios.

—Y cada día lucho para que esa elección sobreviva al mar de emociones, miedos y deseos que la rodean. De la misma manera en que tú también luchas para que tu elección sobreviva al mar de emociones, miedos y deseos que la rodean.

—Eso es lo único que tenemos —susurró ella—. Somos simples humanitos luchando. Luchando día a día contra fuerzas primitivas que nos empujan hacia todos lados, menos hacia donde elegimos ir.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Ya no era un silencio espectante. Era reconfortante.

—Veamos cuánto tiempo lo logramos —dijo ella al final.

Las lágrimas llegaron a los ojos de él.

Ella no intentó limpiarlas. No todavía.

Dejó que ese mensaje habitara un poco más de tiempo entre los dos, antes de que se deshiciera en el aire.

Entonces él habló.

—En este momento, todo dentro de mí siente y empuja en la misma dirección —dijo, con la voz tomada por un alivio fresco, casi nuevo—. ...Amor...

La miró como quien regresa de un lugar oscuro.

—Eso es lo que siento. Y eso es lo que elijo.

Tomó su mano.

—Te amo.

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⏰ Last updated: Jun 16 ⏰

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