El niño estaba sentado en una camilla demasiado alta para sus piernas. El borde del colchón le rozaba las rodillas, balanceándose apenas, como si el movimiento pudiera mantenerlo despierto.
La habitación olía a desinfectante y a silencio.
Frente a él, un hombre de bata blanca revisaba una tableta, con el ceño hundido en las sombras del rostro.
-Dave -dijo finalmente, levantando la vista-. ¿Sabes por qué estás aquí, verdad?
El niño asintió. Tenía los ojos grandes, verdes, y las manos temblorosas.
-Porque estoy enfermo.
-Eso es cierto. Pero también estás aquí porque eres valiente.
El hombre se acercó, se agachó hasta quedar a su altura. Su voz se volvió más suave, casi afectuosa.
-Este procedimiento podría curarte. No solo eso. Podría convertirte en alguien más fuerte, más resistente... en la mejor versión de ti mismo.
Dave dudó.
-¿Y si no funciona?
El científico lo miró en silencio un instante, luego exhaló despacio.
-Podrías no despertar.
El niño bajó la vista hacia sus manos. Las uñas pálidas, los nudillos marcados. Pensó en su madre llorando la noche anterior, en los tubos que le pinchaban los brazos, en los días en los que no podía respirar sin ayuda.
Después levantó la cabeza y, con una serenidad que no le correspondía a su edad, dijo:
-Quiero intentarlo.
El hombre asintió.
-Entonces prepárate, Dave... para convertirte en la mejor versión de ti mismo.
Una luz blanca lo envolvió.
Y el mundo se apagó.
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Radiohead sonaba en sus oídos cuando abrió los ojos.
"but I'm a creep... I'm a weirdo..."
El sol de la tarde caía sobre la ciudad, reflejándose en las ventanas de los autos. Dave estaba sentado en la vereda, los codos apoyados en las rodillas, mirando a la gente pasar. Todos parecían tener un lugar al que ir. Todos menos él.
El reflejo de una vidriera le devolvía la imagen de un cuerpo que todavía no sentía suyo.
Piel blanca como el papel, sin cabello, los músculos marcados bajo una superficie casi translúcida.
Una mirada cansada.
Una respiración que no fallaba nunca.
La canción siguió sonando, y por un segundo pensó en quitarse los auriculares. Pero no lo hizo. Era como si la voz de Thom Yorke dijera lo que él nunca se atrevía a decir en voz alta.
Cuando la música terminó, se levantó. Caminó entre los autos, las luces y el ruido. Cada paso le recordaba que seguía vivo, aunque no supiera para qué.
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La puerta de su casa se abrió antes de que tocara el timbre.
-Llegas justo a tiempo -dijo Marina, con una sonrisa cálida-. Se enfría la cena.
-Ya voy.
El olor a comida lo envolvió apenas entró: arroz, salsa, algo hogareño.
Lucía, su otra madre, lo saludó desde la cocina, levantando una mano cubierta de harina.
-Hola, cielo. ¿Cómo estuvo el día?
-Normal -respondió Dave, sin pensar.
-¿Normal bien o normal aburrido? -preguntó Marina, sirviendo los platos.
-Normal normal.
Las tres risas llenaron la mesa. Hablaron de cosas simples: una serie que iban a ver, un vecino que se mudaba, el precio del pan.
Dave sonreía, asentía, fingía atención.
Pero en algún lugar, detrás de los ojos, el eco de aquella voz seguía repitiéndose.
La mejor versión de ti mismo...
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Más tarde, en su habitación, el silencio volvió.
Encendió el pequeño parlante y dejó que la música sonara en un volumen casi imperceptible. Afuera lloviznaba.
Se miró en el espejo. El reflejo lo observó con una calma extraña, como si fuera otra persona.
Acercó una mano, rozó la superficie fría del vidrio.
-¿La mejor versión? -susurró-. No lo sé.
Apagó la luz y se sentó en la cama.
En la oscuridad, solo se oía el leve tic-tac del reloj.
Cerró los ojos. Por un instante creyó ver al niño que una vez fue, balanceando las piernas en una camilla, sonriendo con esperanza.
Pero ya no recordaba cómo se sentía ser él.
Y tal vez, pensó, ese niño había muerto aquel día en el quirófano.
BẠN ĐANG ĐỌC
Lo Único Permanente
Tiểu Thuyết ChungA los ocho años, Dave aceptó un experimento que prometía salvarle la vida y convertirlo en la mejor versión de sí mismo. Diez años después, sobrevivió. Pero ahora que ya no tiene que luchar por vivir, se enfrenta a una pregunta mucho más difícil: ¿c...
