Prólogo.

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—Esa escoria está muerta. Ya no queda nada de él en toda la Tierra, ni siquiera alcanzó a tener descendientes.

—¿Está muerto? Pobre joven.

—¿Pobre? ¡Ja! En estos momentos debe de estar retorciéndose en el infierno. Nunca sirvió para nada en esta vida, solo complicaba las cosas. Lo justo era que pagara con su muerte.

Su mente, que siempre se encontraba trabajando y dándole vueltas a las cosas, por primera vez en sus años de vida se quedó en blanco.

No tenía respuestas coherentes.

Tampoco un pensamiento que pudiera darle lógica a las palabras de esas dos personas que se encontraban frente a él.

No entendía... o simplemente no quería entender.

Por un breve segundo creyó que se había equivocado de coordenadas con el universo que había elegido. Tal vez, y solo tal vez, estaba en un sitio donde no debía estar, preguntándoles a unas personas sobre algo incorrecto.

Así que miró su muñeca.

El suave parpadear de los números estaba allí, señalando dónde se encontraba.

El Universo 25.

Sus ojos escanearon el lugar, observando los cambios que habían ocurrido con los años. Todo era tan diferente que no podría reconocer absolutamente nada si no fuera por su mapa digital, que lo estaba guiando.

Parecía tan ordenado.

Pero al borde de un colapso que no podía describir.

Como si la pequeña ciudad colgara de un hilo.

No.

No estaba en el lugar incorrecto.

Era el mismo sitio que había pisado a sus nueve años, después de intentar ganar un proyecto de ciencias y descubrir cómo ir de universo en universo.

"La ciencia aún no ha podido comprobar si existen otros universos." Le habían dicho.

Pero él, a sus nueve años, lo había hecho.

Había llegado a ese lugar y había conocido un mundo nuevo.

No se detuvo allí.

Probablemente había sido su propia vanidad la que luego le costaría caro, pero siguió conociendo diferentes lugares, diferentes mundos.

Tantas dimensiones nuevas que le dieron el conocimiento necesario para ser envidiado.

Hasta que perdió por completo el interés.

Ya no era nuevo para él.

Algo que para muchos tal vez sería la mayor experiencia de su vida, ahora solo le resultaba aburrido.

Podía viajar a cualquier multiverso que quisiera, cuando quisiera y en el momento que deseara.

Poco a poco, como el niño idiota que era, perdió por completo el interés en algo que él mismo había creado y considerado un juguete.

Porque, claro, hacer portales a otros universos era algo común en la vida de Leander Collins.

¿Qué era imposible para él?

¿Hasta dónde se detenía su moral?

¿Cuál era el límite?

Nada.

Ni el cielo, ni las estrellas, ni las galaxias o los universos.

Pero ahora, escuchando la palabra "muerte", simplemente cualquier ecuación parecía carecer de resolución en su mente.

Por primera vez se sintió tan humano.

Y lo odiaba.

Porque claramente nunca esperó que su visita a ese universo, luego de tantos años sin aparecer, resultara así.

¿Qué era lo que había pasado?

¿Qué demonios se había perdido?

Se pasó una mano por el cabello castaño, sintiendo cómo sus rizos quedaban más desordenados de lo habitual.

La ansiedad empezó a apoderarse de él como una ráfaga violenta de pura desesperación en su más grande esplendor.

¿Qué estaba pasando?

Si era el lugar.

Si eran las coordenadas.

Si era el sitio.

Si era ese mismo universo, esa misma ciudad, ese mismo lugar.

¿Entonces?

¿Por qué todos le decían que Asher White había muerto tiempo atrás?

Era una suposición imposible.

Una variable que jamás estuvo en sus planes.

Porque aún le debía una explicación a Asher.

Le debía tantas palabras y tantas respuestas.

No, jamás quiso dejarlo solo y regresar a su dimensión enojado por aquella estúpida pelea que tuvieron a los dieciséis años, cuando claramente Asher siempre tuvo la razón, pero él había sido demasiado cabezota para aceptarlo.

Jamás quiso dejar a su amigo.

Jamás...

Pero cuando las variables empezaron a cambiar de rumbo y no le permitieron seguir conociendo los universos que había por descubrir, simplemente dejó de intentarlo, pensando que sería algo pasajero.

Pero, como cualquier joven idiota, ese "dejarlo" se convirtió en meses.

Luego en años.

Hasta hace unos días, cuando su más profundo estado de soledad lo llevó a recordar a Asher y se sintió realmente mal.

Buscó cómo reparar el reloj, y sabía que debía ir a verlo, aunque probablemente un perdón no sería suficiente y necesitaría ponerse de rodillas antes de cualquier otra cosa.

Un perdón no resolvería las cosas ni haría retroceder el reloj.

Necesitaría más que eso.

Y lo sabía.

Pero cuando las piezas estuvieron en su lugar y el reloj emitió el sonido característico que indicaba que podía viajar, todo dejó de importar.

Solo quería recuperar a su amigo.

Porque sí, era el único amigo que había tenido.

Pero ahora...

¿Qué se suponía que debía hacer con la idea de que Asher estaba muerto?

Su mente regresó de golpe a la realidad al contemplar el atardecer que iluminaba la pequeña ciudad.

El viento movió su cabello y la gente a su alrededor pasaba como si nada, ignorante de que, en ese mismo instante, el genio estaba apagado por completo.

Tragó en seco y miró una última vez el lugar.

Apretó los botones de su reloj para regresar a su dimensión y, cuando las paredes de su habitación lo tuvieron oculto, simplemente se dejó caer.

Inmóvil.

Sin reaccionar.

Como si cualquier movimiento pudiera desatar el caos.

Sus ojos permanecieron fijos en un punto mientras en su mente regresaban una y otra vez a las mismas palabras.

"Asher no podía estar muerto porque aún tenía mucho que explicarle."

Pero...

¿Ahora dónde estaba Asher?

Claramente convirtiéndose nuevamente en la variable que jamás podía descifrar.

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5527 caracteres y 869 palabras.

La Variable Asher ©Stories to obsess over. Discover now