Prologo

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Había terminado sus croquetas hacía apenas unos minutos y ya estaba sentada al lado de la puerta del fondo, al igual que todas las noches, desde hacía cinco años. Esa era su rutina desde que la adoptaron. Alrededor de las diez, cuando su dueña terminaba de cenar, era hora de la última salida. Unos diez minutos de olfateadas y luego directo al sillón del living para dormir. O, si tenía suerte, en la cama grande del cuarto, algo que ocurría cada vez con más frecuencia desde que el otro humano había dejado de vivir ahí unos cuantos meses atrás. Llamarla cama grande quizás era una exageración, a menos que se dijera obvio desde la perspectiva de una caniche pequeña. Pequeña incluso para tratarse de una caniche.

Esa noche terminó su comida en tiempo récord, algo impresionante teniendo en cuenta que eran simples croquetas y no algo de carne o sobras. Permaneció en su lugar de siempre por casi media hora, observando fijo el pestillo, hasta que su dueña dejó los platos en el fregadero y se acercó.

—Qué ganas de salir tenemos hoy, ¿eh? No te demores, que en cualquier momento se larga a llover.

La perra la miró y movió la cola con entusiasmo. Apenas la puerta se abrió lo suficiente como para pasar, saltó ágil hacia la noche sin siquiera mirar atrás.

El fondo que tan bien conocía la esperaba iluminado únicamente por un foco blanco instalado en una de las esquinas de la casa. No era especialmente potente, pero bastaba para cubrir los pocos metros cuadrados del jardín. En antaño, cuando las tareas del cuidado se repartían entre dos personas, este gozaba de una respetable belleza; varios tipos de coloridas flores solían rodear el perímetro, el pasto siempre estaba perfectamente cortado y una gran fuente adornaba el centro, siempre llena de agua y rodeada de pájaros. Ahora solo era una sombra de lo que supo ser: casi todo el terreno estaba ocupado por unos feos arbustos que crecían en grupos irregulares y que, a mediados de enero, daban unas extrañas flores violetas sin olor. A ambos lados, otros arbustos más altos, conformados casi exclusivamente por ramas secas, formaban una pared natural que separaba la casa de los vecinos. La fuente estaba gris y seca.

La única sección que aún gozaba de cierto atractivo era el fondo. Este daba directo a un pequeño bosque repleto de altos pinos y grandes rocas, que surgian de la tierra como caparazones de tortugas prehistóricas. Uno podía perderse por varios minutos observando ese pequeño espacio de naturaleza aún sin domesticar. Era casi como un portal a otro mundo, un espacio detenido en el tiempo, que te miraba directo a los ojos y recordaba que ahí afuera aún existía una realidad salvaje sin conocer.

Cuando Flor avanzó unos metros y pisó el frío pasto, su aparente entusiasmo se disipó. Su cuerpo se tensó al instante, como si percibiera un peligro invisible, casi confirmando ese antiguo dicho sobre los animales y las tormentas cuando se aproximan. El aire ya olía a tierra mojada, aunque la lluvia aún no se hacía presente. Pudo sentir como el viento, que cada vez más aumentaba en velocidad, le erizaba el lomo. Miró hacia los costados, con extrema cautela para tratarse de ella, y se acercó a un gran árbol al final del terreno. Esa era siempre su primera parada: unas cuentas olfateadas al tronco y unas cuantas marcas, solo para asegurarse de que siguiera siendo de su propiedad. No había sonido alguno en el aire aquella noche, salvo por el zumbido constante del foco y los truenos, que empezaban a sonar cada vez más cerca.

Desde su posición podía verse una cálida luz amarillenta iluminando tenuemente las ventanas del dormitorio. Aquella noche probablemente dormiría en la cama; Su ama odiaba las tormentas casi tanto como ella. Ilusionada con esta idea, abrió su hocico mucho antes de lo usual para iniciar los ladridos de entrada. Justo en el momento en que un agudo sonido empezaba a salir de su garganta, le pareció escuchar un leve movimiento entre unos arbustos cercanos, ubicados a pocos metros dentro del bosque. Calló al instante y levantó las orejas. Olfateó el aire unos segundos y se quedó inmovil, a la espera de que ese sonido se repitiera.

No era raro que los gatos del barrio rondaran a esas horas. Posiblemente se tratara de un viejo conocido, un gato adulto blanco con manchitas cafés. Este solía trepar al techo y observar el jardín desde arriba mientras se lamía las patas. Odiaba mucho a ese gato. Odiaba principalmente que ni siquiera la mirara. Solo se posaba allí, mientras fingía bañarse y recibía los incansables y furiosos ladridos de ella como si de música se tratasen. Flor contaba que hoy podría ser su noche de suerte. Tal vez el gato, asustado por la tormenta, se encontrará más distraído de lo habitual.

Con ese único pensamiento en mente, se perfiló en dirección de los arbustos. Tenía el cuerpo rígido y apenas movía la cola. Se desplazaba lento, procurando que cada una de sus pisadas se oyera lo menos posible bajo la tierra, mientras los truenos ya se hacían escuchar encima de su cabeza.

—Florcita, dale! —gritó su dueña desde adentro, pero ella estaba tan concentrada que ni siquiera llegó a escucharla.

Ningún otro movimiento o sonido había surgido luego de esa primera señal, por lo cual Flor no tuvo más opción que entrar en los arbustos. Tenía que saber si el gato seguía en la misma posición, aun siendo consciente de que eso le daba ventaja a su enemigo, quien probablemente ya la estuviera esperando dentro con las garras listas.

Lo que pasó a continuación se desarrolló en pocos segundos. Visto desde lejos podría recordar a esas escenas del Animal Planet, donde una incauta gacela se acerca a un pequeño lago a beber agua, sin siquiera imaginar que un feroz cocodrilo la espera a escasos centímetros. Flor dio un último paso más. El arbusto se agitó, y de entre las ramas surgió algo, prensándola con una fuerza imposible y hundiéndola en la oscuridad.

Su dueña salió unos minutos después, fastidiada, cubriéndose con una revista las primeras gotas que comenzaban a caer.

—¡Flor! ¡Vení, dale que se larga! ¡Flor!

Al no obtener respuesta, encendió la linterna de su celular y comenzó a acercarse lentamente a los arbustos que aún se movían.

—Flor, dale! ¿Otra vez te metiste en la casa del vecino?

Habían pasado cincuenta años desde la última vez que en Sierra Chica se cometía un asesinato, y muchos más desde que ocurría algo remotamente misterioso. Y aunque la policía le repitió por vigésimo quinta vez, que los secuestros eran cosa de personas y no de mascotas, aquella primera desaparición daría más que hablar en Sierra Chica que cualquier otro suceso en su historia.

Edad de sospecha.Stories to obsess over. Discover now