Hana Akiyama se despertó con el corazón latiéndole en la garganta, como si alguien hubiera estado apretando su cuello durante toda la noche. El reloj digital marcaba las 6:47 a.m. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz grisácea que se filtraba a través de las cortinas raídas de su apartamento en el tercer piso de un edificio viejo en las afueras de la ciudad.
Se incorporó lentamente, sintiendo el sudor frío pegado a la espalda. Sus dedos temblaron al encender la lámpara de noche. La bombilla parpadeó dos veces antes de estabilizarse, proyectando sombras largas y deformes sobre las paredes cubiertas de posters descoloridos de bandas que ya no escuchaba.
-Otra vez... -susurró, pasándose la mano por el cabello negro y desordenado que le caía hasta los hombros. Tenía dieciséis años, pero sus ojos oscuros parecían los de alguien que había vivido el doble.
Sabía que no estaba sola. Nunca lo estaba.
Se levantó de la cama y caminó descalza hasta el pequeño baño. El espejo empañado reflejó su rostro pálido, casi translúcido bajo la luz fluorescente. Tenía ojeras profundas, moretones que no recordaba cómo se había hecho. Abrió el grifo y se lavó la cara con agua helada, intentando borrar las imágenes que aún flotaban en su mente: dientes rotos clavándose en carne blanda, el sonido húmedo de algo siendo desgarrado, y esa risa... esa risa gutural que no provenía de ninguna garganta humana.
Se vistió con el uniforme de la secundaria privada Sakuragaoka: falda plisada azul marino, blusa blanca y un suéter gris. Mientras se ajustaba la corbata, miró por la ventana. La calle abajo parecía normal: gente caminando hacia el trabajo, un perro callejero olfateando una bolsa de basura, el vendedor de takoyaki abriendo su puesto. Pero Hana sabía mirar más allá.
Allí, en el callejón entre la panadería y la lavandería, algo se movía. Una silueta alta, demasiado alta para ser humana, con extremidades que se doblaban en ángulos imposibles. Sus ojos -si es que eran ojos- brillaban con un amarillo enfermizo. La estaba observando.
Hana cerró las cortinas de golpe y retrocedió hasta chocar contra la pared. Su respiración se aceleró.
-No hoy... por favor, no hoy -suplicó en voz baja.
Agarró su mochila, metió dentro los libros de texto y un cuchillo pequeño de cocina que había envuelto en un pañuelo. No servía de mucho contra ellos, pero sentir el metal frío le daba una ilusión de control. Bajó las escaleras del edificio con pasos rápidos pero silenciosos, evitando el ascensor oxidado que siempre olía a humedad y algo más... dulce y podrido.
En la calle, el aire de la mañana era fresco pero cargado. Caminaba pegada a las paredes, mirando constantemente por encima del hombro. Los estudiantes de Sakuragaoka empezaban a llenar las aceras, riendo y hablando de exámenes y chismes. Hana envidiaba esa normalidad. Ella no podía permitírsela.
- ¡Hana-chan! ¡Espera!
La voz alegre pertenecía a Yumi Takahashi, una chica de su clase con mejillas redondas y una sonrisa permanente. Llevaba el cabello teñido de castaño claro y siempre olía a chicle de fresa. Habían empezado a hablar hacía tres semanas. Yumi era insistente, amable... peligrosa.
Hana se tensó pero forzó una sonrisa.
-Hola, Yumi. No te había visto.
- ¡Mentira! Te estaba llamando desde la esquina. ¿Estás bien? Pareces... no sé, como si hubieras visto un fantasma -rió Yumi, ajena al peso de sus propias palabras.
Hana sintió un escalofrío recorriéndole la columna. Miró hacia atrás. La silueta del callejón ya no estaba. Pero eso nunca significaba que se hubiera ido. Solo que se había vuelto más lista.
Caminaron juntas hacia la escuela. Yumi hablaba sin parar de un chico de tercer año que le había pedido el número y de la fiesta del viernes. Hana respondía con monosílabos, concentrada en los sonidos a su alrededor: el roce de las hojas, los pasos de otros estudiantes, el zumbido distante del tráfico.
Y entonces lo sintió.
Esa presión en la nuca. La sensación de ser observada desde todos los ángulos a la vez. Algo respiraba cerca de su oreja, un aliento húmedo y caliente que olía a sangre vieja y carne descompuesta. No se giró. Sabía que si lo hacía, vería algo que no podría olvidar.
Llegaron a la puerta de la escuela. El director estaba allí, como todas las mañanas, saludando a los alumnos con una sonrisa educada. Pero hoy sus ojos parecían hundidos, demasiado hundidos. Hana apartó la mirada.
Durante la primera clase -matemáticas- Hana se sentó en la última fila, junto a la ventana. Yumi se sentó a su lado, como ya era costumbre.
-Oye, después de clases ¿quieres ir a la cafetería nueva? Invito yo -susurró Yumi mientras el profesor escribía en la pizarra.
Hana sintió un nudo en el estómago.
-No sé... tengo que estudiar.
- ¡Vamos! No puedes seguir encerrada en ese apartamento todo el tiempo. Pareces un fantasma tú misma.
La palabra "fantasma" hizo que Hana apretara tanto el lápiz que la mina se rompió. Miró a Yumi. Por un segundo, imaginó lo que pasaría: la forma en que la cosa la seguiría a casa, cómo esperaría el momento perfecto, cómo los gritos de Yumi se ahogarían en su propia sangre mientras algo le arrancaba la mandíbula lentamente, saboreando cada segundo.
Ya había pasado antes.
Con Haruto, el chico tímido del club de literatura. Lo encontraron tres días después en un contenedor detrás de la estación, con el torso abierto como una flor sangrienta y los órganos dispuestos en un patrón que parecía casi artístico.
Con Mika, la de voz suave que tocaba piano. Sus ojos fueron encontrados dentro de su propio estuche de violín, todavía húmedos.
Cada amistad era una sentencia de muerte. Y Hana seguía acumulando culpas, traumas que se pudrían dentro de ella como carne infectada.
La campana sonó. Mientras recogían sus cosas, Hana sintió que algo se movía bajo su pupitre. Un roce húmedo contra su tobillo. Bajó la mirada y vio, solo por un instante, dedos largos y negros, con uñas astilladas, deslizándose de vuelta a la oscuridad.
Cerró los ojos con fuerza.
-Nunca estoy sola -murmuró para sí misma, tan bajo que ni siquiera Yumi la escuchó-. Siempre me están vigilando.
Al final del pasillo, al girar la esquina hacia la siguiente clase, Hana vio su reflejo en una ventana. Detrás de ella, borrosa pero inconfundible, había una figura sonriente con la boca demasiado abierta, llena de dientes que no eran dientes.
Y sonreía solo para ella.
VOCÊ ESTÁ LENDO
Los días normales de Hana
ParanormalHana cree que simplemente ignorar sus problemas hará que se vayan...pero ella sabe muy bien que 𝒆𝒍𝒍𝒐𝒔 no la dejarán en paz por lo mucho que los ignore...pero se irán eventualmente. ¿No?.
