Capitulo 1. La chispa bajo el puente y la sombra de la corona

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El viento soplaba con una hostilidad que parecía personal, arrastrando partículas de polvo y el hedor a hierro oxidado que emanaba de los vertederos

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El viento soplaba con una hostilidad que parecía personal, arrastrando partículas de polvo y el hedor a hierro oxidado que emanaba de los vertederos. En los límites de la zona marginada, donde la civilización se desmoronaba en chabolas de lámina y barro, Gohan se despertó con el estómago pegado a la columna vertebral. 

A sus diecisiete años, su cuerpo era una contradicción: poseía la estructura ósea de un guerrero, heredada de un linaje que él mismo desconocía, pero sus músculos estaban consumidos por una desnutrición crónica. Su hogar era un rincón olvidado bajo un puente de piedra ennegrecido por el tiempo. 

No tenía a nadie. 

Los recuerdos de una madre de voz dulce y un padre de sonrisa radiante eran apenas destellos borrosos que el hambre se había encargado de devorar. Solo quedaba él, el frío y el silencio. 

 —Un día más —susurró con la voz rota, poniéndose en pie con un esfuerzo sobrehumano. 

 Se ajustó los harapos que alguna vez fueron ropa y comenzó la larga caminata hacia la Ciudadela. El contraste era un insulto a la existencia. Mientras él dejaba atrás el lodo y la miseria, las murallas de la capital se alzaban blancas y majestuosas, coronadas por el Gran Palacio donde residían el Rey Biel y la Reina Ai. 

Bajo su mandato, el reino prosperaba, pero era una prosperidad que se detenía abruptamente en las puertas de la ciudad. Gohan entró en el mercado principal con la cabeza baja. Sabía que su presencia incomodaba. Era un recordatorio viviente de que el sistema tenía grietas. A pesar de su juventud y su altura, la gente pasaba de largo como si fuera un fantasma. 

 —Por favor... —murmuró Gohan, extendiendo una mano temblorosa hacia un mercader de frutas—. Solo una pieza. Lo que vaya a tirar. 

 El hombre ni siquiera lo miró. Apartó su cesta de manzanas rojas como si el aire que Gohan exhalaba pudiera contaminarlas. Gohan continuó, arrastrando los pies por el pavimento de piedra pulida. 

Sus ojos, nublados por la debilidad, buscaban algo entre los desperdicios, pero incluso la basura de la Ciudadela parecía estar fuera de su alcance. Mientras tanto, en las arterias principales de la ciudad, una comitiva real avanzaba con paso firme. 

El Príncipe Tapion, heredero al trono, caminaba con una elegancia melancólica que lo caracterizaba. A su lado, el Consejero Real, un hombre de rostro afilado y ojos que solo veían números y protocolos, dictaba las actividades del día. Cerrando la formación, a una distancia respetuosa pero con una vigilancia letal, se encontraba Granola, el guardián personal del príncipe. 

 Tapion observaba a su gente. A diferencia de su padre, Biel, él poseía una sensibilidad que a menudo el Consejero intentaba reprimir. 

 —Es un día espléndido para el comercio, Alteza —comentó el Consejero, ajustándose la túnica—. La estabilidad bajo el reinado de vuestros padres es absoluta. 

Tapion no respondió. Sus ojos se fijaron en un tumulto que se formaba en un callejón lateral, cerca de la plaza de las fuentes. Un grupo de pueblerinos, azuzados por un desprecio irracional nacido del miedo a la pobreza, rodeaban a una figura encogida en el suelo. 

 —¡Lárgate de aquí, rata de alcantarilla! —gritó un hombre, lanzando una piedra que impactó en el hombro del muchacho. Gohan no gritó. Solo se encogió más, protegiendo su cabeza con los brazos. 

Otra piedra voló, golpeando su sien y dejando un hilo de sangre carmesí que contrastaba con su piel pálida y sucia. Los insultos llovían más rápido que los proyectiles. Tapion se detuvo en seco. El horror se reflejó en sus ojos claros. 

 —¿Qué es eso? —preguntó el príncipe, dando un paso hacia el callejón. El Consejero puso una mano en el antebrazo de Tapion, frenándolo con una frialdad burocrática. 

 —No es nada que deba preocupar al futuro Rey, Alteza. Es solo un paria, un despojo de las zonas exteriores. Ignórelo. No es incumbencia del príncipe mezclarse en los altercados de la plebe. Sigamos, el gremio de orfebres nos espera. 

Tapion miró al Consejero con una mezcla de incredulidad y asco. Luego, giró la cabeza hacia atrás, encontrando la mirada de Granola. El guardián, con su ojo derecho agudizado por la tecnología y su instinto de cazador, ya había analizado la escena. 

Granola no necesitaba palabras; leyó la súplica de justicia en el rostro de su señor. Tapion asintió levemente hacia Granola, un gesto casi imperceptible, pero cargado de autoridad. "Detenlo", decían sus ojos. Granola devolvió el asentimiento. 

 —Continúen, Alteza —dijo Granola con su voz monocorde y profunda—. Me he percatado de una posible brecha de seguridad en la retaguardia. Me quedaré un momento para asegurar el perímetro. 

 El Consejero, satisfecho con la diligencia del guardián, tiró suavemente de la capa de Tapion. El príncipe caminó, pero su corazón se quedó en aquel callejón. En el callejón, el grupo de hombres se sentía valiente ante la falta de resistencia de Gohan. Un carnicero de brazos gruesos levantó una piedra del tamaño de un puño, apuntando directamente a la espalda del chico, quien temblaba violentamente por la falta de azúcar y el miedo. 

 —¡Te dije que no volvieras! —rugió el hombre, iniciando el movimiento para lanzar el proyectil. Antes de que la piedra dejara su mano, una presión gélida rodeó su muñeca. El carnicero se quedó congelado. Giró la cabeza y se encontró con la bufanda ondeante y la mirada gélida de Granola. El guardián no había desenvainado su arma, no lo necesitaba. Su mera presencia emanaba una sed de sangre controlada que hizo que el aire se volviera pesado. 

—El Príncipe no desea que el suelo de su ciudad se manche más de lo necesario —dijo Granola, apretando la muñeca del hombre hasta que los huesos crujieron levemente. La piedra cayó al suelo con un golpe seco. Los demás pueblerinos retrocedieron, reconociendo instantáneamente la armadura y el porte del guardián real. 

 —¡Señor! Es solo un vagabundo... él... —intentó balbucear uno. 

 —Fuera —ordenó Granola. Fue una sola palabra, pero cargada de una promesa de violencia que nadie se atrevió a cuestionar. 

En segundos, el callejón quedó vacío, salvo por el guardián y la figura maltrecha en el suelo. Gohan, exhausto y al borde del desmayo, levantó la vista. Sus ojos negros, desenfocados, se encontraron con el visor de Granola. No había gratitud en la mirada de Gohan, solo un cansancio existencial que golpeó al guardián más que cualquier ataque físico. Granola se agachó. 

Observó las cicatrices viejas y las heridas nuevas. Aquel chico no era un criminal; era una víctima de la indiferencia de un reino que se jactaba de su luz. 

—¿Puedes levantarte? —preguntó Granola, suavizando un poco el tono. Gohan intentó apoyarse en sus manos, pero sus brazos cedieron. 

Un quejido sordo escapó de sus labios secos. Granola suspiró, mirando hacia donde la comitiva del príncipe se perdía de vista. Sabía que Tapion le pediría un informe detallado, y sabía que, a partir de ese día, la vida de aquel muchacho de la zona marginada y el destino de la corona estaban destinados a colisionar. 

 —Quédate tranquilo —dijo el guardián, extendiendo una mano enguantada—. El príncipe te ha visto. Y eso, para bien o para mal, lo cambia todo. Gohan cerró los ojos, permitiendo que la oscuridad finalmente lo reclamara, sin saber que bajo la sombra de la tiranía silenciosa de Biel y Ai, una pequeña chispa de rebelión acababa de encenderse en el corazón del heredero. 

El principe y el marginadoStories to obsess over. Discover now