Capitulo 1

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Rick Grimes no solía tomar decisiones basadas en el miedo, ni tampoco actuaba sin pensar antes en cada paso que daba. Había sido un hombre de la ley, un policía, y luego se había convertido en un líder; ambas cosas le habían enseñado que la responsabilidad pesaba más que cualquier deseo propio, y que la vida de las personas que dependían de él siempre debía estar por encima de todo lo demás. Por eso, cuando decidió salir aquella tarde a revisar los límites del territorio que su comunidad había reclamado como propio, no lo hizo por imprudencia ni por arrogancia. Lo hizo porque confiaba en sí mismo, en sus capacidades, y porque creía firmemente que podía hacerlo sin poner a nadie en riesgo ni llamar demasiado la atención. Sabía que los Salvadores estaban cerca, lo sabía muy bien, pero también sabía que si no vigilaban, si no se mantenían alerta en todo momento, terminarían por perder todo lo que habían conseguido construir con tanto esfuerzo y tantas vidas perdidas.

Era finales de otoño, y el bosque tenía un aire denso, cargado y silencioso, de ese silencio que no es pacífico, sino inquietante, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo la respiración esperando que pasara algo terrible. Rick caminaba con paso firme y rítmico, su revólver descansando cómodo en su mano derecha, con el dedo cerca del gatillo pero sin llegar a tocarlo, en la postura exacta que había aprendido durante años de entrenamiento y servicio. Su postura era erguida, los hombros hacia atrás, la cabeza alta: la imagen perfecta de un hombre que sabía quién era y qué tenía que hacer. Nadie diría al verlo caminar de esa manera, con esa seguridad y ese aire de autoridad, que era un Omega. Para Rick, esa parte de su biología nunca había sido más que un dato, una característica física, igual que tener los ojos azules o el pelo castaño. No definía su fuerza, ni su inteligencia, ni su capacidad de mando, ni su valor. Había conocido Alfas que eran cobardes y débiles, y también había conocido Omegas que eran guerreros feroces y líderes natos. Él se contaba sin duda entre estos últimos. No se consideraba ni inferior ni superior a nadie por su condición; simplemente era quien era, y eso era lo único que importaba al final del día.

Llevaba ya más de dos horas recorriendo la zona cuando algo cambió. Al principio fue solo una sensación, un ligero escalofrío que le recorrió la espalda y que no tenía nada que ver con el frío del aire. Sus instintos, siempre muy agudos, se activaron de inmediato, poniéndolo en alerta máxima. Se detuvo en seco, levantando una mano para calmarse a sí mismo, para no dejarse llevar por las impresiones, y cerró los ojos un instante, concentrándose solo en lo que sus sentidos podían captar. El viento soplaba suavemente entre las ramas de los árboles, pero traía consigo un olor que le hizo tensar cada músculo de su cuerpo hasta dolerle. Era un aroma fuerte, denso, profundamente almizclado y cargado de una ferocidad y un poder que casi se podían tocar. No era un olor desconocido, porque había olido a muchos Alfas a lo largo de su vida, pero ninguno, absolutamente ninguno, había tenido un olor así: dominante, abrumador, posesivo y violento, capaz de hacer que la sangre se le helara en las venas y que su cuerpo reaccionara de formas que su mente rechazaba por completo.

—Están aquí —murmuró para sí mismo, apretando los dientes y abriendo los ojos de golpe, que brillaban con determinación y rabia, pero sin ni un rastro de miedo—. Maldita sea, sabía que esto era demasiado silencioso.

No era un hombre que se arrepintiera fácilmente de sus decisiones, ni que buscara excusas cuando las cosas salían mal, pero en ese momento no pudo evitar pensar que quizás había cometido un error al venir solo. Sin embargo, esa duda duró solo un segundo, porque Rick Grimes no era de los que se quedaban parados pensando en lo que podría haber sido. Era de los que actuaban, de los que buscaban la forma de solucionar los problemas, de los que luchaban hasta el final sin importar las probabilidades en su contra. Se giró con rapidez, listo para retroceder o buscar una posición más ventajosa, pero ya era demasiado tarde. De entre la espesura de los arbustos y los árboles salieron figuras, una tras otra, armadas con armas de fuego, con palos, con cuchillos, rodeándolo en cuestión de segundos y cortándole cualquier posible ruta de escape. Eran muchos, demasiados, y todos llevaban el mismo uniforme y la misma mirada vacía y obediente que caracterizaba a los hombres que servían a Negan.

Su posesión | Negan X Rick Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora