Untitled Part 1

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Sector Cuatro, que era donde vivía Aldur, las Fichas de Metal eran casi inútiles porque casi nadie las tenía en cantidad suficiente para que importaran. Aquí el sistema de intercambio era más directo: agua por comida, trabajo por techo, información por protección. La gente que llegaba del exterior con suministros los fraccionaba y los vendía en partes, un cuarto de litro de agua por tres horas de calor compartido, medio paquete de proteína comprimida por una semana de ocupar un catre sin que nadie te molestara.

En el Sector Uno, Aldur entendía, ni siquiera había sistema. Solo había lo que tenías y lo que alguien más quería quitarte.

Había aprendido a navegar el Sector Cuatro de la misma forma que había aprendido casi todo lo que sabía: observando, calculando, y tomando decisiones que la mayoría de la gente no consideraría éticamente impecables pero que tenían la ventaja de mantenerlo vivo. Robaba comida cuando podía, de los almacenes pequeños de los comerciantes del sector, nunca de personas individuales porque robarle a alguien que ya tenía poco era una línea que no había cruzado todavía y esperaba no tener que cruzar. Se escabullía de los censos de Reclutamiento con suficiente consistencia como para que su nombre apareciera en las listas con una frecuencia inversamente proporcional a las veces que realmente lo habían encontrado.

Era buscado en partes del Sector Cuatro. Menos por ser peligroso que por ser molesto, que a veces era peor.

Lo que nadie entendía, lo que él mismo no entendía del todo, era que robaba comida que no necesitaba en la cantidad que debería necesitarla. Comía porque tenía hambre, pero su hambre era notablemente más moderada que la de la gente a su alrededor con la misma actividad y el mismo tamaño. Su cuerpo parecía procesar el calor de una forma más eficiente que los demás, perdía menos energía manteniéndose tibio, necesitaba menos combustible para funcionar. No era algo que hubiera estudiado, era algo que simplemente había notado y guardado en la parte de su mente donde guardaba las cosas que no sabía cómo clasificar.

Como el hecho de que nunca se había enfermado.

Ni una vez en diecisiete años.

En un domo donde las enfermedades respiratorias y las infecciones eran las causas de muerte más comunes después de la violencia, eso era estadísticamente improbable hasta el punto de ser casi imposible. Lo sabía. Prefería no pensar en lo que significaba.

El salón de preparación estaba en el nivel sub-dos, accesible por una escalera de metal que resonaba con cada paso como recordándote que la estructura completa era una máquina vieja con partes que nadie sabía ya cómo reemplazar.

El hombre que estaba a cargo se llamaba Voss.

No lo sabía hasta ese momento, nadie usaba nombres completos en el Sector Cuatro porque los nombres completos creaban historia y la historia creaba vínculos y los vínculos eran vulnerabilidades, pero alguien murmuró "Voss" cuando entró y algo en la forma en que los veteranos del grupo ajustaron su postura le dijo a Aldur que ese nombre significaba algo.

Voss tenía unos cincuenta años y la constitución de alguien que había pasado esos cincuenta años haciendo trabajo físico en condiciones que el trabajo físico no estaba diseñado para resistir. Le faltaban la mitad del dedo índice y el dedo medio completo de la mano izquierda. La cicatriz en el cuello era vieja, blanquecina, del grosor de un dedo. No miraba al grupo cuando hablaba. Miraba un punto fijo en la pared opuesta como si el grupo fuera un detalle del entorno más que la audiencia.

—Afuera hace aproximadamente ciento cuarenta grados bajo cero —dijo sin preámbulo. Su voz era completamente plana, sin dramatismo, la voz de alguien que hacía tiempo había procesado que la información brutal dicha directamente era más útil que la información brutal dicha con suavidad. —A esa temperatura, la exposición de piel descubierta al aire exterior produce congelación en menos de dos segundos. La exposición corporal sin traje completo produce hipotermia de grado cuatro en menos de diez segundos. Grado cuatro es incompatible con la supervivencia. Los trajes mantienen una temperatura interna de veinte grados mediante resistencias eléctricas integradas en la tela. Las reservas de energía para esas resistencias, combinadas con el sistema de oxígeno, duran exactamente cinco horas. No cuatro horas cincuenta minutos. No cinco horas y veinte minutos. Cinco horas desde el momento en que activan el sistema al ponérselo. Después de cinco horas, el traje se vuelve una trampa de metal y tela que pesa doce kilos. Lo que hay dentro de esa trampa muere en diez segundos.

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⏰ Última actualización: May 24 ⏰

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