Montevideo, Uruguay.
Amanda Navarro
El olor a cloro debería estar considerado legalmente como un método de tortura. No porque oliera mal, exactamente. Había cosas peores: el bondi a las seis de la tarde, por ejemplo. O el aliento de un profesor explicando cadena de custodia después de tres cafés y cero ganas de vivir. Pero el cloro tenía esa capacidad horrible de quedarse pegado a una como si fuera parte de tu personalidad; después de una hora en la piscina ya no importaba cuánto te bañaras, cuánta crema te pusieras o cuánto perfume te tiraras encima. Dos horas después, seguías oliendo a club municipal.
Era injusto.
—Boluda, ¿me estás escuchando? —preguntó Romi.
Apreté el celular entre la oreja y el hombro mientras intentaba meter la malla mojada dentro de una bolsa que, claramente, había decidido no colaborar conmigo.
—Sí.
—Mentira.
—Te estoy escuchando con el corazón.
—Amanda.
—Bueno, no. Pero en mi defensa, estoy peleando con una bolsa.
Del otro lado escuché su suspiro. Ese suspiro que usaba cuando estaba a punto de decirme que yo era un caso perdido, una pelotuda o ambas, dependiendo del día.
—Te decía que hoy salimos.
Solté una risa seca y me senté en uno de los bancos del vestuario, todavía con las piernas húmedas, la marca de las antiparras alrededor de los ojos y el pelo pegado a la cabeza, con aspecto de haber sobrevivido a un naufragio bastante mediocre.
—No.
—Ni siquiera sabés a dónde.
—Me da igual. Si la frase empieza con "hoy salimos", mi respuesta es no.
—Sos joven, Amanda.
—Tengo veintidós, no noventa y seis.
—Entonces compórtate como alguien de veintidós.
—Estoy en criminología. Mi concepto de diversión es escuchar un podcast sobre una desaparición mientras ordeno apuntes.
—Eso no es diversión, eso es pedir ayuda en silencio.
Me reí, aunque no quería darle el gusto. Afueran golpearon dos veces la puerta del vestuario y una mujer preguntó si faltaba mucho. Siempre había alguien esperando, siempre había alguien apurado, siempre había alguien que parecía tener la vida más resuelta que una mientras yo todavía tenía una media puesta y la otra vaya una a saber dónde.
—Ya salgo —grité, aunque claramente no iba a salir ya.
Romina siguió hablando, obviamente.
—Vamos a ir tranqui. Tomamos algo, bailamos un rato y nos volvemos.
—Eso nunca pasa.
—Esta vez sí.
—La última vez dijiste eso y terminé comiendo un pancho a las cinco de la mañana sentada en el cordón de una vereda.
—Y fue un momento hermoso.
No podía discutir eso. Había sido un momento bastante hermoso, en realidad, pero no iba a darle la razón porque después se agrandaba. Encontré la media perdida debajo del banco, mojada en una punta porque la vida me odiaba de formas específicas, y me la puse igual, porque a veces una decide perder la dignidad en cuotas pequeñas.
—Tengo que estudiar —dije.
—Siempre tenés que estudiar.
—Porque estudio, ja.
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Indicios de quererte
RomanceAmanda Navarro siempre creyó que todo podía analizarse: las huellas, los rastros, las escenas, la evidencia. Lo que nunca supo hacer fue entender el amor. Bruno Álvarez siempre supo mirar. Encuadrar. Capturar eso que los demás dejaban pasar. Lo que...
