Prólogo

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Lo primero que debo aclarar es que no siento culpa.

La gente espera que comience con un "Lo siento" o "Nunca quise hacerlo" o alguna otra mentira melodramática que los hace sentir mejor consigo mismos. No soy esa clase de persona.

Sí, maté a Lucas Walker.

Sí, lo hice con mis propias manos —manos que ese día dejaron de ser completamente humanas, aunque todavía no entendía por qué—. Y sí, lo hice porque tenía sus dedos envueltos alrededor de las muñecas de Enid Sinclair mientras la presionaba contra la pared del pasillo.

Pero no fue amor.

Odio tener que repetirlo, pero la gente se confunde tanto con esa palabra con la que prefiero ser redundante. No fue amor lo que me hizo cruzar esos quince metros de pasillo en el tiempo que una persona normal tardaría en parpadear. No fue amor lo que hizo que mis uñas se alargaran hasta convertirse en algo más parecido a garras, ni lo que hizo que mi columna se reconfigurara con un sonido de ramas quebrando. No fue amor lo que sentí cuando mi mano atravesó la distancia entre su cuello y mi palma, apretando hasta sentir cómo su tráquea se colapsaba como una lata vacía bajo el peso de una pisada.

Fue... otra cosa.

Más real que cualquier cosa que los poetas hayan llamado amor.

Lo que sentí fue posesión.

Lo que sentí fue: ella no te ve, ella no te pertenece, ella es MÍA y ni siquiera ella lo sabe todavía.

¿Eso es amor? Por favor.

El amor es frágil. El amor tiene condiciones. El amor se acaba cuando la otra persona deja de cumplir expectativas o cuando la rutina desgasta la novedad o cuando la biología decide que ya produjo suficiente oxitocina.

Esto que sentí —esto que siento, porque no se ha ido, no se irá, está anidado en algún lugar entre mis costillas como un parásito que aprendió a querer su hospedador— no es amor. Es peor.

Es un Hyde reconociendo a su loba antes de que ella misma se reconozca como algo más que una loba defectuosa.

Pero no aún sabía eso.

Entonces, en ese pasillo que olía a sangre recién derramada, solo sabía que mis manos sostenían el cuerpo ya inerte de Lucas Walker. Sabía que sus ojos seguían abiertos, lo cual fue decepcionante porque preferiría haber visto el momento exacto en que la luz se apagaba, pero supongo que uno no puede tenerlo todo. Sabía que Enid estaba allí, contra la pared, con los ojos también abiertos pero por una razón completamente diferente.

Ella no lloraba.

Eso es lo que más recuerdo de ese momento, lo que más me molestó y lo que más me perturbó: que después de que el cuerpo de Lucas cayó al suelo, Enid no lloró.

Había estado llorando antes. Cuando él la tenía contra la pared. Cuando él le susurraba esas cosas. Sí, había lágrimas en sus mejillas.

Pero después de que yo maté a Lucas, después de que lo solté y él cayó como un saco, después de que me di la vuelta para enfrentarla, Enid Sinclair no lloró.

Me miró.

Y en sus ojos había algo que yo no sabía cómo procesar.

No era miedo. Eso habría sido fácil. Eso habría sido correcto. Una persona normal ve a otra persona —¿persona? ¿era yo todavía una persona en ese momento?— con garras ensangrentadas y un cadáver a sus pies y lo normal, lo racional, es sentir miedo. Es correr. Es gritar. Es buscar ayuda.

Enid no hizo nada de eso.

Enid me miró como si estuviera viendo a alguien que llevaba toda la vida esperando conocer. Como si hubiera encontrado una respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía que estaba haciendo. Como si yo —yo, Wednesday Friday Addams, la chica que escribe necrológicas por diversión y toca el violonchelo en la azotea cuando llueve porque le gusta la compañía de los truenos— fuera de repente importante de una forma que ninguna otra persona lo había sido antes.

Hunting My Own DamnationStories to obsess over. Discover now