Londres a los dieciséis años no se sentía como la ciudad de las oportunidades; se sentía como un monstruo de asfalto gris que respiraba neblina y devoraba los sueños de los incautos. Para Edward Christopher Sheridan, sin embargo, no había marcha atrás. Había dejado su hogar natal, empacando apenas un par de mudas de ropa, su guitarra acústica gastada y una libreta repleta de canciones que arañaban las paredes de su mente pidiendo salir. Había llegado a la capital con los bolsillos vacíos, pero el pecho lleno de una terca certeza: la música era su único camino.
Los primeros meses fueron una lección de supervivencia. Edward aprendió muy rápido lo que significaba el hambre real. Vivía de la caridad de amigos intermitentes que le prestaban un sofá por una noche, y cuando las opciones se agotaban, el banco de un parque o el suelo de la estación de metro se convertían en su cama, con la funda de su guitarra como almohada para que nadie se la robara mientras dormía. Tocaba en las esquinas, en pubs semivacíos donde la gente gritaba por encima de su voz, y en pequeños restaurantes a cambio de un plato de comida caliente que le devolviera la vida al cuerpo. El frío de Londres se le colaba en los huesos, y sus dedos, a menudo entumecidos, sangraban sobre las cuerdas de metal.
Fue una noche de noviembre especialmente hostil cuando el destino decidió cambiar el tono de su melodía.
Edward estaba de pie a las afueras de una estación en el West End. La llovizna fina empañaba las luces de los autos y el viento soplaba con fuerza. Casi no quedaba nadie en la calle, y él apenas podía mover las manos para rasguear los últimos acordes de una canción melancólica. Su voz, ronca por el frío pero cargada de una verdad cruda, flotaba en el aire húmedo. Tenía la mirada puesta en el suelo, resignado a pasar otra noche en vela buscando un techo donde guarecerse.
Entonces, unas botas desgastadas se detuvieron justo frente a su funda abierta en el suelo.
Edward levantó la vista lentamente, acomodándose el flequillo mojado. Frente a él estaba ella. Tenía unos dieciséis años, igual que él, pero sus ojos reflejaban una luz que desafiaba por completo la oscuridad de la noche londinense. No llevaba ropa lujosa, pero la forma en que lo miraba, con una mezcla de absoluta fascinación y profunda empatía, congeló el tiempo.
-Tienes el cielo entero en la garganta, pero te estás congelando -dijo ella, con una voz suave que cortó el frío como un bálsamo.
Dejó caer unas cuantas monedas en la funda, pero en lugar de seguir de largo como hacían todos los demás, se sentó en los escalones húmedos de la estación, ignorando la lluvia, dispuesta a escuchar. En ese momento, bajo las luces difusas de la ciudad y el frío inclemente, Edward no solo encontró a su primera espectadora real; encontró a su constelación en la tierra.
Se llamaba Ara Lovelace, y esa noche, sin saberlo, se convirtió en la musa que encendió la primera chispa del resto de su vida.
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El Primer Acorde
FanfictionEdward Christopher Sheridan tiene solo dieciséis años, una guitarra gastada y los bolsillos completamente vacíos. Tras dejarlo todo atrás para perseguir el salvaje sueño de vivir de la música, Londres lo recibe con su cara más hostil: noches durmien...
