El aire de San Petersburgo no solo era frío, era cortante, pero dentro de la mansión de la familia de Sloane, el ambiente era aún más denso. El aroma a madera quemada y ámbar gris impregnaba cada rincón, una extensión olfativa de la presencia de Sloane que parecía asfixiar a Lance incluso cuando estaba solo.
Lance estaba encorvado sobre su escritorio en la biblioteca privada, una habitación de techos altísimos y estanterías de roble que devoraban la poca luz que entraba por los ventanales. Sus dedos delgados, manchados con un poco de tinta, temblaban ligeramente mientras intentaba terminar un ensayo para la facultad de artes. Sus lentes de borde negro se habían deslizado un poco por el puente de su nariz, dejando al descubierto esas ojeras rojizas que delataban noches de insomnio y una ansiedad constante.
Escuchó el eco de unos pasos firmes y lentos sobre el mármol del pasillo. El corazón se le aceleró. Conocía ese ritmo. Era una precisión felina, depredadora.
La puerta se abrió sin necesidad de llamar. Sloane entró con la elegancia de quien es dueño no solo de la casa, sino del aire que los demás respiran. Vestía un suéter de cuello alto de cachemira negra que acentuaba la palidez de su rostro y la frialdad de sus ojos grises. Se detuvo justo detrás de Lance, guardando un silencio absoluto que pesaba más que cualquier grito.
Sloane extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, acomodó los lentes de Lance sobre su nariz. Sus dedos rozaron la piel de Lance, fría y suave, provocándole un escalofrío que no pudo ocultar.
-Sigues despierto, Lance -dijo Sloane. Su voz era un barítono bajo, desprovisto de calidez, pero cargado de una posesividad asfixiante-. Te dije que la cena se servía a las ocho. Son las nueve y cuarto.
Sloane se inclinó, apoyando sus manos sobre el escritorio, acorralando el cuerpo delgado de Lance entre sus brazos y la madera. El olor a ámbar gris envolvió a Lance como una mortaja de seda.
-¿Acaso crees que tus estúpidas pinturas son más importantes que mi tiempo? -susurró Sloane cerca de su oído, su mirada gélida fija en el perfil tenso de Lance.
Lance bajó la cabeza, evitando el contacto visual que de todos modos el cristal de sus lentes protegía.
-Lo siento, Sloane... perdí la noción de...
-Mírame -interrumpió Sloane, su tono no admitía réplica. Era una orden disfrazada de sugerencia-. Sabes que no me gusta repetirme.
Sloane no era alguien que usara la violencia física de forma gratuita; prefería la demolición psicológica, el recordatorio constante de que Lance vivía bajo su techo, bajo su apellido y, sobre todo, bajo su mirada. Era una lealtad retorcida: Sloane destruiría a cualquiera que tocara a Lance, pero se reservaba el derecho de ser él quien lo quebrara un poco cada día.
Lance tragó saliva, sintiendo el nudo en su garganta apretarse con cada centímetro que Sloane recortaba. Lentamente, giró el rostro hacia él. A través del brillo de sus cristales, podía sentir la intensidad de esos ojos grises desnudando su miedo, su cansancio y esa extraña chispa de sumisión que Sloane tanto disfrutaba cultivar.
Sloane no se movió. Simplemente lo observó, detallando la palidez de Lance y cómo el canela de su cabello contrastaba con la oscuridad de la biblioteca. Con un movimiento lento, casi perezoso, Sloane llevó una mano a la nuca de Lance. Sus dedos largos se enredaron en los mechones descuidados, ejerciendo una presión mínima, pero suficiente para dejar claro quién tenía el control.
-Estás temblando -comentó Sloane con una frialdad quirúrgica. No era una pregunta, era un hecho que le causaba una satisfacción oscura-. ¿Te doy miedo, Lance? ¿O es que el frío de Rusia finalmente ha penetrado en tus huesos?
Lance no respondió. Sabía que cualquier palabra podía ser usada en su contra. Sloane soltó un suspiro corto, un sonido que apenas rozó la oreja de Lance antes de que el hombre se incorporara, aunque sin soltar su cuello.
-Levántate -ordenó Sloane-. He hecho que preparen algo en el comedor. Y después, vas a deshacerte de esa ropa de vagabundo. Apesta a pintura barata y a ese estudio mediocre de la universidad. Mañana no irás a clases.
Lance abrió la boca para protestar, pero la mano de Sloane se cerró con un poco más de fuerza, tirando ligeramente de su cabello hacia atrás, obligándolo a exponer la línea de su garganta.
-He dicho que no irás -repitió Sloane, bajando el tono hasta convertirlo en un ronroneo peligroso-. Te quedarás aquí, donde pueda verte. Donde sepa exactamente qué estás pensando. Me perteneces más a mí que a esa estúpida carrera de arte, ¿entendido?
Lance cerró los ojos un segundo, asintiendo levemente mientras el aroma a madera quemada de Sloane se convertía en su único oxígeno.
-Sí, Sloane... entendido -susurró, con la voz quebrada.
Sloane lo soltó finalmente, pero antes de alejarse, sus dedos rozaron las ojeras rojizas de Lance con una delicadeza que quemaba.
-Buen chico. Ahora, camina. No me hagas esperar un segundo más o haré que quemen cada uno de tus lienzos en la chimenea antes de que termine la noche.
Sloane se dio la vuelta, caminando hacia la salida con esa elegancia felina, sabiendo perfectamente que Lance lo seguiría como una sombra, roto pero fiel, exactamente como él lo quería.
El comedor de la mansión era una estancia gélida, decorada con mármol negro y una mesa de roble tan larga que parecía un altar al aislamiento. Lance entró con los hombros hundidos, sus botas desgastadas apenas haciendo ruido sobre el suelo pulido. El estilo grunge de su ropa -un jersey de rayas rotas y pantalones anchos- lo hacía ver aún más pequeño y frágil bajo los techos infinitos de la propiedad.
Sloane estaba sentado a la cabecera, con una copa de cristal tallado llena de un vino tinto tan oscuro que parecía sangre. No estaba comiendo; simplemente esperaba. El reloj de platino en su muñeca brilló bajo la luz de la araña de cristal cuando levantó la mano para señalar la silla a su derecha.
-Tardaste tres minutos más de lo que calculé, Cielo -dijo Sloane, su voz resonando en el vacío del salón.
El apelativo, dicho con esa frialdad cortante, hizo que Lance se detuviera en seco. Sloane amaba esos contrastes: usar palabras dulces con el tono de un verdugo.
-Perdón, Sloane... yo... -Lance empezó a balbucear, ajustándose los lentes con nerviosismo.
-Siéntate, Tesoro -lo interrumpió Sloane, clavando sus ojos gélidos en él-. El servicio ya se retiró. Estamos solos. Como debe ser.
Lance obedeció, sentándose al borde de la silla, como si estuviera listo para salir corriendo en cualquier momento. Frente a él había un plato de estofado humeante, pero el hambre se le había escapado en el momento en que entró en el radio de influencia de Sloane.
Sloane dejó su copa y se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal sin esfuerzo. Extendió un dedo largo y recorrió el borde del jersey de Lance, enganchando una de las hebras sueltas de la lana.
-Mírate -susurró Sloane con una mezcla de asco y fascinación-. Pareces un huérfano recogido de las calles de Moscú. ¿Por qué te empeñas en lucir tan... destrozado? ¿Es para que me den ganas de arreglarte, mi juguete?
Sloane tiró de la hebra, obligando a Lance a inclinarse hacia él por el tirón del tejido. La cercanía permitió que el aroma a madera quemada y ámbar gris golpeara a Lance de lleno, nublándole los sentidos.
-No lo sé -logró decir Lance, con la mirada fija en los nudillos pálidos de Sloane-. Solo... me gusta esta ropa.
Sloane soltó un sonido que pretendía ser una risa, pero no tenía rastro de humor. Sus dedos abandonaron la ropa para subir por el cuello de Lance, apretando ligeramente la mandíbula del chico para obligarlo a mostrar esas ojeras rojizas que tanto le obsesionaban.
-Mañana vendrá un sastre -sentenció Sloane-. No vas a salir de esta mansión con esas harapos nunca más. Quiero que cuando la gente te mire, sepan exactamente a quién le perteneces, pequeño Lance. Quiero que huelas a mí, que vistas como yo decida y que pienses solo en lo que yo te permito.
Sloane soltó su mandíbula y le dio una palmadita suave en la mejilla, un gesto casi cariñoso que resultaba aterrador.
-Come, mi buen chico. Necesitas estar fuerte. La noche en Rusia es larga, y tengo planes para ti que no incluyen dormir.
Lance bajó la mirada al plato, sintiendo el peso del reloj de Sloane marcando cada segundo de su cautiverio. Sabía que no había escapatoria; Sloane era su cárcel, pero también era lo único que lo mantenía en pie en ese país extraño y cruel.
DU LIEST GERADE
The Shadow's Possession...
SachbücherLance solo quería perderse entre sus libros, su música grunge y pasar desapercibido en los pasillos de la universidad. Es un espíritu libre, un caos de franela roja y cabello color canela que intenta escapar de un pasado que lo dejó roto. Pero el de...
