Entre las olas

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El latigazo de las olas chocaba contra las rocas. El corazón de Marsali se apretó. Desde hacía diez años venía buscando un rastro, cualquier rastro, de lo que había sido su embarcación.

Pues hace diez años...

La perdió.

-Marsali -se acercó su compañero, ajustándose el abrigo-. Ha pasado mucho tiempo... Ya no creo que... Es posible que...

Fabien se quedó callado, sabía muy bien lo que quería decir pero no se sentía lo suficientemente valiente para hacerlo.

-Ya no es posible que... -su voz se quebró. Por favor entiende, la carne ya debe haber sido devorada por los tiburones. Los huesos deben estar flotando en el vasto océano, o quizá, encallados en alguna playa lejana... Marsali, es posible que... nunca vuelvan a encontrarse.

Su vista se posó en el perfil helado de su compañera. Se veía como una estatua, una criatura sin vida que miraba un horizonte cubierto de niebla, esperando divisar alguna luz que fuera capaz de... ¿Salvarla?

¿Pero salvarla de qué? ¿Del dolor? ¿De la tristeza? ¿Tal vez... de la soledad?

Fabien inhaló el aire helado y despegó los labios: -Creo... que es momento de parar.

-No -respondió Marsali, sin dejar de contemplar la niebla y oír el choque de las olas-. Ella está ahí. Lo sé. Quiere encontrarme... Lo sé.

Fabien bajó las pestañas, una nube helada salió de su boca: -Bien. Le diré al capitán que volveremos al puerto a la hora de siempre.

El joven se dio la vuelta escondiendo sus manos en sus bolsillos. Pero antes de que pudiera dar un solo paso, la voz apagada de Marsali se dejó oír a su costado:

-Gracias, Fabien.

Las estrellas comenzaron a brillar sobre la niebla espesa y asfixiante que envolvía el barco.

Los ojos castaños recorrieron cada centímetro del agua, como si quisieran ver a través de la oscuridad que albergaban las profundidades del mar.

-¿Dónde estás? -pensó Marsali, y al instante miró su palma. Ya había pasado una década, pero su piel todavía sentía el toque de su hermana.

Era de noche, todos los pasajeros yacían en sus habitaciones, dormidos o platicando charlas agradables. Estaba lloviendo.

-Te gané de nuevo -sonrió Edurne, dos años mayor que la joven de quince años frente a ella.

-Hiciste trampa -se quejó Marsali, arrojando los naipes a la cama.

-No puedes culparme -Edurne recogió todos los naipes, y los acomodó en su mano-. Eres tan tiernita. Vi la oportunidad, y la usé.

-¡Tú!

Edurne se lanzó a la cama, carcajeando. Era muy divertido ver a Marsali roja como un petardo, refunfuñando y acusándola de ser la tramposa número uno del mundo.

Mientras ambas luchaban entre risas y bromas, afuera, la lluvia se volvió cada vez más violenta, haciendo imposible ver a través de ella.

-¡Capitán! ¡Hay algo adelante!

-¿Qué es? -gritó el capitán, luchando por controlar el timón.

-¡Es-...!

La gran tempestad se mezcló con el rugir de las olas. El viento sacudió la embarcación como si se tratara de una pieza de papel, desgarrándola, hasta agujerearla.

Las aguas del océano se filtraron por las paredes, y los pasajeros espantados corrieron hasta lo más alto del barco.

Las velas se apagaron en un instante, y muchos de los que tan sólo en la mañana habían reído, bebido y compartido con sus familias y amigos, ahora se empujaban desesperados por subir la pequeña escalera que los llevaba a cubierta.

Lo que traen las olasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora