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La oficina de su padre olía a madera costosa y a decisiones irrevocables. Yoongi permanecía de pie, con la espalda recta no por orgullo, sino por la rigidez que le provocaba la humillación. Sobre el escritorio de caoba, su destino estaba sellado en un folleto satinado: el equipo de fútbol americano, los dragones de Hanyang.

-No es una sugerencia, Yoongi -dijo su padre, sin levantar la vista de sus documentos- Es una corrección. Te hemos dado todo: la mejor educación, el apellido, un futuro. Pero parece que tienes demasiado tiempo libre para... desviarte.

Desviarte. Esa era la palabra que usaban para referirse a su identidad. Como si fuera un error en el código, un bache en el camino recto que habían trazado para él.

-El deporte te enseñará disciplina. Te enseñará a ser un hombre entre hombres -añadió su madre desde el sofá, su voz tan afilada como su peinado- Mañana te presentas. Ya hablamos con el entrenador.

Yoongi no respondió. Sabía que cualquier palabra sería usada en su contra. Solo asintió, sintiendo cómo el peso de su propia vida dejaba de pertenecerle.

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El campo de la escuela era un caos de hormonas, sudor y gritos que Yoongi detestó al instante. Se sentía como un intruso, un gato doméstico lanzado a una jaula de lobos. El entrenador lo recibió con una mirada de escepticismo, sopló su silbato y señaló a un chico que salía de los vestidores ajustándose las hombreras.

-¡Park! -rugió el entrenador- Encárgate del nuevo. Dale equipo y enséñale que esto no es un club de ajedrez.

El chico, Jimin, se detuvo en seco. Tenía el cabello húmedo por el sudor y una sonrisa que parecía ser su estado natural, aunque se desvaneció un poco al ver la expresión de derrota de Yoongi.

-Hola -dijo Jimin, acercándose. Su energía era abrumadora, vibrante- Así que tú eres el proyecto especial del entrenador. Ven, sígueme antes de que te pisen.

Caminaron hacia la zona de utilería. El lugar estaba lleno de cascos abollados y el olor penetrante del detergente industrial. Jimin empezó a hurgar en los estantes con una agilidad que delataba años de práctica, sin notar que Yoongi lo observaba desde las sombras con los brazos cruzados sobre el pecho.

Desde esa posición privilegiada, Yoongi recorrió con una mirada lenta y hambrienta la espalda absurdamente ancha de Jimin, que tensaba la tela de su camiseta, y bajó la vista hacia sus muslos sólidos, cargados de músculos listos para el impacto. Cuando Jimin se estiro, Yoongi volteo a la curva firme de sus glúteos, soltó un suspiro imperceptible.

Sus padres lo habían mandado a ese equipo creyendo que la disciplina militar del fútbol lo "arreglaría", pero mientras contemplaba la fuerza bruta y la potencia física de su capitán, Yoongi solo pudo pensar que se dejaría taclear contra el césped mil veces con tal de sentir ese cuerpo colisionando contra el suyo.

-A ver... eres delgado, pero tienes hombros. Probablemente te sirva el equipo del 58, el se graduó el año pasado. Era enorme, pero es lo único que queda limpio.

Jimin le lanzó un montón de tela y plástico. Yoongi lo atrapó como pudo, espabilando de su análisis del cuerpo del capitan, sintiendo el peso muerto del uniforme. Cuando se lo puso en el vestidor, quiso desaparecer. La camiseta le quedaba gigantesca, las hombreras lo hacían ver como una caricatura y los pantalones le bailaban en la cintura.

Al salir, Jimin lo estaba esperando apoyado contra la pared. Soltó una pequeña risa, pero no era una burla cruel, era casi... comprensiva.

-Parece que te vas a ahogar en esa tela, Min -dijo Jimin, acercándose para ajustarle una de las correas del pecho- Pero bueno, mientras no se te caigan los pantalones, todo bien. Vamos, el sol no perdona.

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El campo de entrenamiento era un desierto de césped quemado. Yoongi sentía que el casco le pesaba una tonelada y el calor de la tarde empezaba a marearlo.

-Bien, básico número uno, la postura -dijo Jimin, colocándose frente a él. De repente, su actitud cambió. Ya no era el chico amable de los vestidores; sus ojos se afilaron- Si te quedas ahí parado como un poste, te van a romper las costillas en el primer segundo. Baja el centro de gravedad. Dobla las rodillas.

Yoongi intentó imitarlo, pero se sentía torpe. Sus pies, acostumbrados a caminar por pasillos silenciosos y museos, no sabían qué hacer con el pasto sintético.

-Más abajo, Min. Tienes que estar listo para que te lleven al piso. -Jimin se acercó y, con un movimiento rápido, pateó suavemente los talones de Yoongi para que abriera más las piernas- Así. Ahora, intenta correr hacia esa marca.

Yoongi arrancó, pero el peso del equipo lo hacía sentir como si corriera bajo el agua. Jimin lo seguía de cerca, dándole instrucciones a gritos que Yoongi apenas procesaba.

-¡Más rápido! ¡No mires al suelo, mira al frente!

De repente, sin previo aviso, Yoongi sintió un impacto. No fue un golpe seco, sino una fuerza imparable que lo golpeó de lado. El aire abandonó sus pulmones mientras su cuerpo colisionaba contra el suelo. El casco golpeó el pasto con un sonido sordo.

Jimin estaba encima de él, respirando con dificultad, con una rodilla clavada cerca de su cadera.

Yoongi sintió el impacto antes de verlo; fue como si una montaña de puro músculo le cayera encima, sacándole todo el aire de los pulmones mientras el césped lo recibía con un golpe seco. Con el rostro hundido en la tierra y el cuerpo pesado de Jimin inmovilizándolo contra el suelo, Yoongi no pudo evitar soltar un jadeo que no tenía nada que ver con el dolor. Tener a ese animal de 1.84 metros sofocándolo, con los brazos apretándolo con una fuerza bruta y dominante, le mandó un chispazo eléctrico directo a la entrepierna.

-Eso es un tacleo, Min -dijo Jimin, su voz seria, casi susurrada cerca de su oído-. Si no aprendes a tensar los músculos, la próxima vez no seré yo quien te tire, y no será sobre pasto suave.

Yoongi se quedó ahí un momento, mirando el cielo azul de Seúl, sintiendo el primer ardor de lo que seguramente sería un moretón en su brazo izquierdo. Le dolía, pero extrañamente, mientras Jimin le soltaba un regaño ronco sobre su técnica, Yoongi solo podía pensar, con la cara ardiendo bajo el casco, que si ese era el castigo por correr lento, pensaba ser lento en cada maldito entrenamiento.

Jimin le extendió la mano para ayudarlo a levantarse.

-¿Estás vivo? -preguntó, y esta vez sí dejó escapar una pequeña sonrisa de lado.

Yoongi tomó su mano. La piel de Jimin estaba caliente y áspera.

-Creo que sí -logró decir Yoongi con la voz raspada.

-Bien -Jimin tiró de él con fuerza, poniéndolo de pie de un tirón-. Porque apenas estamos calentando. Si quieres sobrevivir a este equipo, vas a tener que aprender a amar los moretones.

Yoongi se sacudió la tierra del uniforme gigante, mirando a ese chico que parecía ser lo único brillante en ese castigo infernal. No sabía que ese campo de fútbol, el lugar que sus padres eligieron para corregirlo, sería exactamente donde empezaría a perderse por completo en alguien más.

Tackle | JimsuCerita yang bikin terobses. Temukan sekarang