Usopp llevaba tres meses intentando que la cuenta de TikTok de Mugiwara Creative Studio dejara de parecer el perfil abandonado de una ferretería de barrio. Cosa que hasta el momento no había conseguido.
Y no porque no se esforzara, se esforzaba muchísimo.
De hecho, si alguien hubiera medido el sudor, las ojeras, las horas extra no pagadas y la cantidad de cafés que había consumido durante ese último mes, habría llegado a la conclusión de que Usopp no llevaba el marketing de una pequeña empresa creativa, sino la comunicación de una campaña presidencial en plena crisis nacional.
Pero los números eran crueles. Eran fríos, miserables y, sobre todo, humillantes.
El último vídeo de la cuenta oficial de Mugiwara tenía veintisiete visitas. ¡Veintisiete! Usopp lo sabía porque llevaba toda la mañana refrescando la pantalla cada treinta segundos con la esperanza de que TikTok se hubiera quedado congelado por error, de que la aplicación hubiera decidido ocultarle sus millones de visualizaciones, de que el algoritmo estuviera preparando una entrada triunfal, como los grandes héroes antes de salvar una ciudad.
Pero no, seguía teniendo veintisiete visitas. Y dos likes. Uno era suyo y el otro era de Chopper.
—Ni siquiera los likes cuentan —murmuró Usopp, hundido sobre su escritorio—. Chopper le da like a todo lo que subimos porque cree que si no lo hace nos ponemos tristes.
Chopper, desde la mesa de al lado, levantó la cabeza con expresión ofendida.
—¡No es verdad! También le doy like porque quiero apoyar el trabajo en equipo.
—Eso es peor, Chopper.
La oficina de Mugiwara no era grande, aunque Luffy insistía en llamarla "la sede central" cada vez que alguien nuevo cruzaba la puerta. En realidad era un local reformado en una segunda planta, con grandes ventanas que daban a una calle ruidosa. Solo tenía cuatro salas: una zona común con escritorios desparejados, una sala de reuniones que también servía de almacén, un despacho diminuto que Luffy casi nunca usaba y una sala de descanso con un sofá gastado, una mesa baja llena de revistas antiguas y una mini cocina con una máquina de café que hacía ruidos preocupantes.
Aun así, tenía algo especial. No era elegante, pero estaba viva.
Había cables de Franky cruzando por el suelo, post-its de Nami pegados en cualquier superficie disponible, libros de Robin apilados en rincones imposibles, una guitarra de Brook apoyada junto a la impresora, cajas de material promocional que Zoro siempre movía de un sitio a otro, vendas y caramelos de Chopper en un cajón común, carpetas perfectamente etiquetadas por Jinbe y, por supuesto, comida de Sanji apareciendo en la mesa de la sala de descanso como si la oficina fuera bendecida cada mañana por algún dios culinario.
Y en medio de todo aquello estaba Luffy, dueño, fundador y principal fuente de caos de Mugiwara Creative Studio.
La empresa se dedicaba a campañas publicitarias, gestión de redes, diseño de marca, pequeños eventos, vídeos promocionales y cualquier cosa que sonara suficientemente creativa como para que Luffy dijera: "¡Sí, eso podemos hacerlo!".
A veces podían, otras veces no. Pero, de algún modo, sobrevivían.
El problema era que sobrevivir no bastaba. Necesitaban clientes nuevos, necesitaban visibilidad, necesitaban que la gente supiera que existían.
Y esa responsabilidad caía sobre Usopp.
Usopp, que aquella mañana tenía delante una libreta llena de ideas tachadas, tres tazas de café, un paquete de galletas vacío que no recordaba haber abierto y la sensación de que el algoritmo de TikTok lo odiaba de forma personal.
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El algoritmo del amor | zosan
Fanfiction-Hola. Soy Usopp, responsable de marketing de Mugiwara Creative Studio y, aparentemente, investigador oficial del romance corporativo más inesperado de esta oficina. Debido al interés público por la situación extremadamente íntima de las galletas, a...
