El arte de mover el cuerpo y el corazón

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Dicen que los grandes desastres no siempre avisan con sirenas. A veces, el fin del mundo llega un martes cualquiera, mientras te ríes de un chiste flojo o te quejas del calor insoportable que hace en las calles de Aragua. Pero antes de que mi mundo se agrietara, mi única preocupación era terminar mis pasantías.
Estudiar Fisioterapia Ocupacional me apasionaba, y estar a solo unos meses de graduarme me hacía sentir que finalmente tenía el control de todo. Me miré un segundo en el espejo del salón de prácticas. Mi abuela siempre decía que saqué la elegancia de mi mamá: delgada, pero de esas figuras que no pasan desapercibidas aunque camine en pijama. Ese día, con el uniforme impecable y el cabello recogido, me sentía lista para comerme el mundo.
—¿A qué hora saldrá Paola hoy de la fábrica? —preguntó Stefany, rompiendo el silencio mientras guardábamos los equipos.
—Me escribió hace un rato que tenía un pedido grande de muebles —respondí, revisando mi celular—. Entre el ruido de las máquinas y el corte de las telas, dice que sale agotada, pero que nos ve en la plaza para el café de siempre.
A veces me preguntaba cómo lo hacía. Mientras yo me peleaba con los libros de anatomía, Paola se enfrentaba a las jornadas pesadas en el área de tapicería y armado. Éramos polos opuestos en lo que hacíamos, pero mi mejor amiga era el ancla que me mantenía conectada a la realidad fuera de la universidad.
Al llegar al punto de encuentro, vi a Omar. Mi primo ya estaba ahí, sentado con esa calma suya que siempre lograba contagiarme. Lo vi levantarse apenas divisó a Paola llegando a lo lejos, todavía con el cansancio de la fábrica en los hombros pero con la sonrisa intacta al verlo a él. Omar es de esos chicos que ya no abundan: atento, detallista y con una mirada que delataba lo que sentía. Él ya se le había confesado, y aunque Paola se hacía la dura entre bromas, yo sabía que ese trato especial de Omar le estaba moviendo el piso más de lo que quería admitir.
—¿Mucho trabajo hoy? —le preguntó Omar a Paola, acercándole una silla con una naturalidad que me hacía sonreír para mis adentros.
—No te imaginas, Omar. Siento que tengo serrín hasta en los pensamientos —rio ella, aceptando el gesto.
Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi bata. Un mensaje de WhatsApp.
Carlos: "Chama, vi que pusiste en Instagram que casi te gradúas. ¿Ya vas a dejar de ser tan intensa o eso viene con el título?"
Rodé los ojos. Carlos. Mi ex. Habíamos terminado hace tiempo, pero seguíamos en esa órbita extraña de hablarnos solo para pincharnos. Nuestra "amistad" era una mezcla de humor pesado y una frialdad que solo alguien que te conoció demasiado bien sabe usar.
Yo: "Por lo menos yo voy a tener un título, tú sigue practicando cómo ser un desastre. Saludos."
Bloqueé el celular y me enfoqué en las risas de mis amigos. Francisco, María, Katherine... todos planeando la salida a la piscina del sábado. La vida se sentía completa, equilibrada entre mis abuelos, mis estudios y mi grupo de siempre.
Lo que no sabía era que la verdad es como el agua: siempre busca una salida, por más pequeña que sea la grieta. Y mi grieta estaba a punto de aparecer donde menos lo esperaba.

Identidad de Cristal  Stories to obsess over. Discover now