Hacía varios años que no visitaba el rancho de mis abuelos.
Estaba lejos del pueblo, rodeado de terrenos secos y algunas parcelas que se perdían en la oscuridad cuando caía la noche. La casa era antigua, de paredes
gruesas y ventanas de madera que mi abuelo revisaba todas las tardes antes de
dormir.
La primera noche, mientras cenábamos, mi abuelo me hizo una advertencia que en ese momento no me pareció importante.
-Si vas a dormir en el cuarto de atrás, no dejes abierta la ventana.
-¿Por qué?
Miró hacia la puerta que daba al patio.
-Por los animales.
No pregunté más.
Esa noche me acosté cerca de las once. El silencio del campo era extraño. No era
un silencio completo; siempre había algún sonido a lo lejos. Los grillos, el viento
moviendo las láminas del corral, algún caballo golpeando el suelo.
Me dormí sin darle importancia.
Hasta que escuché tres golpes.
Tac.
Esperé unos segundos.
Tac.
Después otro.
Tac.
Abrí los ojos.
La habitación estaba completamente oscura. Miré hacia la ventana. La cortina se
movía lentamente.
Recordé lo que había dicho mi abuelo y me levanté para cerrarla.
Cuando estuve a unos pasos, escuché algo del otro lado.
Una respiración.
Lenta.
Muy cerca del vidrio.
Me quedé inmóvil.
Entonces una voz habló desde afuera.
-¿Ya llegaste?
Era la voz de mi abuelo.
Abrí la puerta de la habitación.
Mi abuelo estaba en la cocina, sentado frente a la mesa.
Me miró sorprendido.
-¿Qué haces despierto?
No respondí inmediatamente.
-Pensé que me habías hablado.
Frunció el ceño.
-Yo no te hablé.
Volví la mirada hacia la ventana.
La cortina había dejado de moverse.
A la mañana siguiente le conté lo ocurrido. Mi abuelo guardó silencio durante varios
segundos.
Después dijo:
-Si vuelves a escuchar a alguien afuera durante la noche, no contestes.
