Capítulo 1

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Las luces de neón de la Ciudad de México se filtraban a través de los cristales  de la discoteca,  Miguel Ángel Rivas Castellanos a sus veintidós años, la vida era ser libre, de llenar con colores vibrantes, música alta y una sonrisa que, según él, podía conquistar cualquier rincón de la capital.

Miguel Ángel, un omega de carácter fuerte y espíritu indomable, se movía entre la multitud con una gracia natural, simplemente disfrutaba de la adrenalina.

—¡Miguel Ángel, baja un poco la intensidad o vas a terminar desmayándote antes de las dos de la mañana! —gritó Jass, su amigo inseparable, acercándose para que pudiera escucharlo por encima del estruendo de la música electrónica.

Miguel soltó una carcajada, levantando su vaso en un gesto de desafío. Sus ojos brillaban con  picardía y euforia.

—¡Hay que disfrutar de que somos libres, Jass! —respondió Miguel Ángel, dejándose llevar por el ritmo—. ¿De qué sirve tener juventud si uno se la pasa encerrado estudiando balances financieros o pensando en el futuro? El futuro es mañana, y yo estoy viviendo el ahora.

Jass negó con la cabeza, aunque una sonrisa comprensiva asomó en sus labios. Él conocía la verdad que pesaba  sobre los hombros de Miguel Ángel, aunque este fingiera que no existía.

—Oye —Jass bajó el tono, su expresión tornándose un poco más seria, aunque todavía oculta tras las gafas de sol que usaba dentro del local—. Tu familia sigue creyendo que estás en la universidad, ¿verdad? ¿No te da miedo que tarde o temprano alguien en San Luis Potosí descubra que tu matrícula está inactiva desde hace meses?

Miguel se detuvo en seco, la sonrisa perdiéndose por un instante antes de volver a su rostro con una máscara de indiferencia. Se encogió de hombros, restándole importancia.

—No me interesa ser administrador de la hacienda, Jass. Mi padre cree que soy el heredero perfecto, el omega que se quedará allí, sumiso y eficiente, gestionando las tierras y esperando a un alfa que me "domine". Ellos piensan que seré el dueño de ese lugar, que seguiré sus pasos y me casaré con quien ellos decidan. Pero mi vida está aquí,  entre la gente, lejos de los apellidos y las expectativas de mi familia.

Miguel Ángel se volvió a perder en la pista de baile, tratando de ahogar esa pequeña voz de duda que, muy en el fondo, le recordaba que las mentiras tienen patas cortas.

En  San Luis Potosí, en la  Hacienda Rivas.

Edgar Rivas, el alfa de la familia, estaba sentado tras un escritorio de roble macizo. Frente a él, un informe detallado descansaba sobre el escritorio, una serie de documentos que confirmaban lo que había comenzado a sospechar semanas atrás. Sus ojos, fríos y calculadores, repasaban los datos una y otra vez. Su hijo, el orgullo de la familia, el omega en quien había depositado sus esperanzas, no estaba asistiendo a la universidad.

Dolores, su esposa, entró en el despacho.

—¿Es cierto? —preguntó ella, —. ¿Miguel Ángel nos ha estado engañando todo este tiempo?

Edgar  —No solo nos ha estado engañando, Dolores. Ha estado viviendo una vida de libertinaje en la capital, gastando nuestro dinero mientras se burla de sus responsabilidades. Creí que la libertad le ayudaría a madurar, que entendería el valor de su familia. Me equivoqué.

Dolores se acercó, apretando las manos contra su pecho.

—No podemos dejar que siga ahí, Edgar. Si esto se hace público,  que el heredero de los Rivas es un omega que prefiere la vida nocturna a su deber, seremos el hazmerreír de la región. Te dije que no debías darle tanta libertad, que estos jóvenes de hoy en día no saben lo que es la disciplina.

Edgar se levantó.

— Si Miguel no puede tomar las riendas de su propia vida, alguien más lo hará por él. Las tierras, el nombre, nuestra familia todo depende de su matrimonio. No permitiré que su egoísmo arruine décadas de esfuerzo.

—¿Qué piensas hacer? —dijo Dolores, aunque en el fondo temía la respuesta.

Edgar en su mirada no tenía rastro de piedad.

—Voy a casarlo, con ese hombre.

—Shawn Redmayne Bomer —murmuró Edgar —. Un hombre frío, calculador, alguien que sabe cómo domar a un omega indomable. Es perfecto.

Mientras tanto, en la Ciudad de México, Miguel Ángel reía a carcajadas, brindando con un vaso en la mano, ajeno al hecho de que su padre acababa de someterlo en matrimonio. El contrato ya estaba en marcha.

El futuro, ese que Miguel se negaba a mirar, acababa de encontrarlo.

El futuro, ese que Miguel se negaba a mirar, acababa de encontrarlo

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