Cenizas que respiran

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El viento no era viento.

Lué lo sabía porque el viento, antes, tenía sonido. Susurraba entre hojas, golpeaba las paredes de madera, hacía bailar las llamas. Este... este solo arrastraba polvo.

Polvo gris.

Polvo muerto, era algo que veía muy a menudo en sus recorridos sin fin.

Apretó el pañuelo contra su rostro mientras avanzaba entre lo que alguna vez fue un bosque. Los árboles no tenían hojas, ni corteza en algunos casos; parecían huesos negros clavados en la tierra. Cada paso levantaba pequeñas nubes que se pegaban a la piel como si quisieran entrar.

Como si quisieran quedarse y marcar el dolor bajo esas cenizas.

Su mochila crujió al moverse. La había hecho él mismo, cosida con restos de cuero endurecido. Dentro llevaba lo único que le quedaba del mundo antiguo: frascos, vendas, hojas secas, y un pequeño cuchillo que había afilado tantas veces que ya no recordaba su forma original.

Y finalmente, se detuvo, no por cansancio...., fué por silencio. 

Ese silencio. 

No era ausencia de sonido, era... espera.

Lué giró lentamente la cabeza, observando entre los troncos retorcidos. Sus ojos, más acostumbrados a la sombra que a la luz, recorrieron cada rincón. Nada, nadie...

Aun así, su cuerpo no se relajó. Nunca lo hacía.

Se agachó junto a una raíz expuesta, rompiendo con cuidado una pequeña formación de hongos blanquecinos que crecían en la humedad. Los olió con cautela. Su padre le había enseñado eso.

"Primero huelen a tierra. Después, a muerte. Si solo es tierra, puedes probarlo." Cerró los ojos un segundo.

Su padre... 

El recuerdo no llegó completo. Nunca lo hacía, era como intentar sostener agua con las manos: siempre se escapaba algo.

Guardó los hongos en un pequeño envoltorio y se puso de pie. Entonces lo escuchó. Un crujido.... seco, cercano.

Lué no dudó. Se lanzó hacia atrás justo cuando algo atravesó el lugar donde había estado hacía un segundo. Una masa oscura, húmeda, con demasiadas extremidades para ser reconocida como un animal. La criatura emitió un sonido húmedo, como carne desgarrándose por dentro, sus ojos—si es que lo eran—brillaron con un tono opaco, enfermo.

Lué retrocedió, sin perderla de vista. Su mano buscó el cuchillo, no era suficiente, nunca era suficiente. La bestia avanzó arrastrando su cuerpo deforme, dejando un rastro viscoso. Parte de su estructura parecía... fusionada. Como si más de un animal hubiese intentado existir en el mismo lugar y hubiera fallado.

O peor, hubiera funcionado.

El corazón de Lué golpeaba con fuerza, pero su respiración era controlada. Había aprendido eso, el miedo no te mata.

El ruido sí, la criatura se tensó, y saltó...

Lué giró el cuerpo y rodó por el suelo, sintiendo el impacto sacudir la tierra detrás de él. Se levantó de inmediato, clavando el cuchillo en una de las extremidades blandas. La hoja apenas entró.Hubo un chillido, no de dolor, fué de furia...

La bestia se agitó violentamente, lanzándolo contra un tronco. El aire escapó de sus pulmones, el mundo se volvió blanco por un instante. Y en ese instante...Un recuerdo.

 Gritos, madera rompiéndose, sangre.

Lué apretó los dientes y forzó a su cuerpo a moverse. No...no otra vez.

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